Abril 19.
En el camión hacia Barcelona.
En Instagram aparecen anuncios que dicen que puedes viajar entre ciudades de España por 2 EUR; es falso. Cada boleto de autobús me costó 36 EUR. El trayecto iba a durar poco más de tres horas. La central de autobuses en Valencia no es más grande que la de Monterrey. Al llegar, y puesto que íbamos justo con el tiempo, pregunté a una chica de ALSA, la línea de autobuses que había reservado, dónde se ubicaba el andén. Ya que me dijo, casi tuve que correr hacia allá. Había dos autobuses en dos andenes contiguos, pero solo uno tenía chofer, así que nos acercamos para subir las maletas. El maletero, un negrito con acento extraño, me preguntó algo que sonaba como «Sansón o qué «. Le dije: «No te entiendo». Ya cuando lo dijo despacio, entendí que preguntaba si íbamos a la estación de Sants o a la de Norte de Barcelona.
El camino nos sorprendía a veces con pequeños castillos en lo alto de los montes y ruinas en la campiña. No saqué fotos porque los vidrios estaban algo sucios —de tierra—. Todo empezó a resultar más interesante cuando aparecieron los parques industriales y, más adelante, los cruceros: estábamos entrando al puerto del Prado Bermejo. Minutos después estábamos bajando en la estación Sants-Nord —la norte a la que se refería Farina—.
Nuestra vivienda temporal la encontramos en Aspasios, un edificio de departamentos dedicado a AirBnB, en la calle d’Aragó, del barrio de L’Eixample. El nuestro estaba en el segundo piso. Pusimos las maletas en el elevador y los demás subimos las escaleras. Cuando entramos, vimos un espacio tanto acogedor como hermoso: tres recámaras, dos baños completos, dos balcones hacia la calle, techos altos. El interior estaba impregnado de un delicioso aroma que nos dio la bienvenida.
Comimos cerca del lugar; había mucho para elegir y, además, pasaría un amigo de mis hijos a saludarnos. Se trataba de Víctor Elizalde, un excompañero de Oxford School que había huido del fanatismo religioso y de la estricta vigilancia de su familia. Ahora era un DJ exitoso en Barcelona. Víctor llegó acompañado de una pareja —amigos suyos—. Después de saludar y hacer un repaso fugaz de sus recuerdos sobre nosotros, invitó a mis hijos a verle trabajar esa noche, así que decidieron regresar al departamento para ataviarse apropiadamente. Nora y yo nos quedamos solos.
Decidimos caminar hasta la basílica de la Sagrada Familia y ver si podíamos entrar. No había lugar. Era domingo y el municipio ofreció entretenimiento gratuito. La multitud de paseantes se sumó a la de turistas, dejando el lugar abarrotado. Se presentaban unos raperos colombianos que atrajeron a muchos fanáticos; el lugar estaba tan concurrido que no se podía caminar a gusto.
Donde vendían las entradas a la basílica, también vendían los boletos del autobús turístico Hop-on Hop-off. La ruta 2 estaba lista para salir y compramos dos boletos. Pues nos subimos al segundo piso del bus ya que el día estaba agradable y soleado. Y allá vamos. Esa ruta exploraba toda la zona oeste de Barcelona, en particular la de Montjuïc. Pasamos por la marina del Prat Vermell, la aduana, el estadio Camp Nou del FC Barcelona.
En una de las paradas vimos a mucha gente mirando al lejano horizonte y tomando el sol. Estábamos en Poblé Espanyol. Bajamos para explorar y no nos arrepentimos. Desde allá arriba se tiene una vista general de la ciudad, donde se aprecia el puerto, la playa de la Barceloneta, los edificios importantes y hasta aquellos que están lejos, al fondo, sobre los cerros, como el Expiatorio del Sagrado Corazón (Temple Expiatori del Sagrat Cor).
Después de un rato observando desde lo alto aquella hermosa ciudad, nos sentamos a observar a la gente: un grupo de viejos japoneses pasó a un lado de nosotros; más allá, dos chicas hacían «jogging»; en una banca cercana, un pobre indigente comiéndose unos mendrugos. Metí la mano al bolsillo de mi pantalón; quería revisar el horario de la ruta que nos llevó allí. Un autobús había pasado y lo ignoramos. El boleto indicaba que el servicio terminaba a las 7:30 PM; en ese momento eran las 7:40 PM. ¡Habíamos perdido el último autobús! Caminamos hasta la parada del urbano y, minutos más tarde, pasó de nuevo nuestra ruta 2. Trepamos, aliviados de la angustia de no saber cómo regresar, y llegamos de nuevo al centro de Barcelona cuando ya había oscurecido. Llegamos al departamento y nos echamos a dormir. No teníamos idea de a qué hora regresarían los chicos.




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