Abril 14.

Amaneció. Era día de turismo libre. Mario y Adrián estaban entusiasmados con asistir al partido de cuartos de final entre el Atlético de Madrid y el Barcelona, que se jugaría esa noche en el estadio Riyadh Air, pero antes no podían perderse el tour del estadio de Chamarti: el del Real Madrid. Consiguieron sus entradas y ya no los vimos ese día. Quisieron aprovechar el «antes» del partido para beber cerveza, ya que dentro del estadio no se puede. Por su parte, Raúl se fue a charlar en un café con amigas suyas que viven en Madrid desde hace tres años. Él nos alcanzaría en el museo. Nora y yo tenemos intereses culturales antes que deportivos así que caminamos por el Jardín del Retiro con la intención de ver el castillo de vidrio, pero lo encontramos cerrado por remodelación. Luego, entramos al Museo del Prado —mala idea: Una caminata por el icónico jardín basta para un día.

Cuando entramos al museo, ya no teníamos fuerza para seguir caminando. Hice una lista mental de lo que quería ver y nos abocamos a ello: «Las Meninas» de Velázquez; «David, vencedor de Goliat», de Caravaggio; «Venus y Adonis», de Veronese; y la «Inmaculada Concepción», de Murillo. ¡Qué maravillosa experiencia estar frente al original de aquellas obras de arte! Paré de contar; mis pies no podían más. Con las últimas fuerzas que nos quedaban, regresamos a casa y nos echamos a la cama totalmente exhaustos.

Allá por la madrugada, se escuchó la puerta abrirse, señal de que llegaban los chicos.

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