Al cumplir treinta y cinco años, empecé a sufrir terribles dolores lumbares. Ni los remedios caseros ni las terapias me libraban del sufrimiento; ni siquiera los doctores encontraban la causa. Con el tiempo me acostumbré al dolor constante y a la incapacidad que ocasionaba que mi torso se girara adoptando poses monstruosas. De pronto, un día, el dolor desapareció y jamás volví a sufrir. Lo que pasó horas antes de aquel día nunca lo conté a nadie más, solo a mi escéptica esposa. Guarde silencio por el temor de que me etiquetaran como loco —como a Maussan—, o como un espécimen. Este año en el que el gobierno de los Estados Unidos ha afirmado la existencia de alienígenas y desclasificado videos de avistamientos de fenómenos anómalos no identificados (UAP, por sus siglas en inglés) el 1 de mayo, me anima a incluir esta experiencia en mi diario. Al fin que ahora es aceptado.
Al hablar de problemas lumbares en jóvenes menores de cuarenta años, se evoca su relación con el deporte o con el esfuerzo físico extremo. Yo no fui un atleta, pero tampoco llevé una vida sedentaria. Mi rutina diaria durante mi soltería incluía treinta minutos de ejercicio dinámico por las mañanas y cinco kilómetros de trote por las tardes; tenía que mantenerme en forma para poder mover y asear a mi hermano inválido. Después de casarme, cambié a las mancuernas por la mañana y continué trotando después del trabajo.
Un día, mucho antes de pensar en casarme, preparaba mi maleta para viajar a Wisconsin por cuestiones de trabajo. Al inclinarme para doblar mi ropa, sentí un tirón extraño en la parte baja de mi espalda; le siguió un dolor tan intenso que me hizo gritar. Me incorporé de inmediato y la molestia desapareció al instante, como si solo hubiera sido un mal pensamiento. Esa noche dormí profundamente, como siempre, y al día siguiente tomé mi vuelo.
Allá en las alturas, inicié mi viaje de cuatro horas, recliné mi asiento para ir más cómodo y me eché a dormir; así volé hasta mi destino. Cuando llegamos, ya no podía moverme sin sentir un gran dolor. Con ayuda de la azafata —así les llamábamos antes—, me levanté y con algo de esfuerzo y el dolor constante, pude salir del avión. En esas condiciones, todavía logré tomar un taxi y llegar al hotel. ¿Cómo me sentiría que pedí que me viera un médico de inmediato? Le conté del tirón, palpó mi zona lumbar y diagnosticó un posible pellizco de nervios. Me inyectó cortisona y prometió volver a la siguiente noche. Ya sin dolor, me quedé dormido. —No recuerdo haberle pagado por su servicio. Al día siguiente sentía el mismo dolor, aunque disminuido, y pude ir a trabajar con la confianza de que, lo que fuera, se estaba arreglando. Realicé mis tareas del trabajo sin mayores complicaciones; cuando regresé a casa, aún me quedaba la reminiscencia de aquel dolor. Con el paso de los años, la sensación persistía; entonces supe que esa era mi zona débil y aprendí a cuidarme.
Diez años más tarde, ya casado y con hijos, me integré a un torneo interdepartamental que la empresa organizaba en verano. Entré a los equipos de fútbol rápido y de voleibol. Todo fué bien durante las prácticas y las eliminatorias, hasta que un día, después de lidiar un reñido partido por el campeonato de vóley —que perdimos—, me fui a mi casa sin imaginar que al día siguiente no podría ponerme de pie.
Aunque me aplicaron inyecciones para mitigar el dolor y desinflamar los músculos y los nervios, el alivio fue temporal y el dolor persistió. Ya no se quitó. Se quedó allí como parte de mi biología.
El problema era tan crítico que con un solo movimiento descuidado, mi anatomía se transformaba en un ente retorcido y jorobado. Esa condición protegía el nervio pellizcado y me liberaba del fuerte dolor; mientras me recuperaba, así tenía que andar por la calle; así tenía que trabajar. Otras veces, con el apoyo de mis hijos, que me servían de bastón, podía enderezarme un poco. Pero el dolor… obstinado en permanecer.
El traumatólogo a cargo agotó todos los medios a su alcance para encontrar la causa —rayos X, TAC, MRI— sin éxito. La recomendación más efectiva fue «debes aprender a moverte.»
El alivio me llegó de la forma más insólita e inesperada una noche mientras dormía:
Aquella noche yacía en mi cama, recostado boca abajo con una almohada en mi barriga; una posición que me disminuía la presión y el dolor. Dormía y despertaba intermitentemente para acomodarme. No descansaba bien; mis ojos permanecían entreabiertos; inconscientemente, evitaba hacer movimientos que me lastimaran. En un momento insólito, me pareció sentir que algo frío penetraba en mi piel, proporcionándome cierto alivio. Cerré los ojos, deseando que al fin hubiera sanado y pudiera dormir un poco. Luego, aquella extraña sensación se desplazó por mi espalda como cilindros guiados por alguien. Abrí mis ojos con curiosidad. Vi primero la pared de mi habitación, tenuemente iluminada de un azul eléctrico; unas sombras grotescas se deslizaban suavemente y sugerían la presencia de dos personas a mi espalda. Levanté un poco el cuerpo para poder girarme y ver lo que había detrás. Con el rabillo del ojo detecté la figura de un hombre; un escalofrío me agobió por un instante. Volteé mi cuerpo hacia el lado contrario y pude ver la anatomía del otro hombre; entonces me di cuenta de que no eran humanos. Tenían un cuerpo grisáceo que parecía un traje ajustado; el volumen de su cabeza, un poco mayor que el mío; y enormes ojos negros que carecían de párpados. La visión de esos dos seres me inquietó tanto que intenté incorporarme. En ese momento, uno de ellos se inclinó hacia mí y, sin que emitiera palabra alguna, entendí que debía calmarme. Descansé mi cuerpo sobre la cama nuevamente, sin apartar la vista de aquel que me calmó. Siguieron trabajando en mi espalda y yo sentía calor, luego frío, luego vibraciones. Empecé a relajarme. Cerré los ojos y entré en un sueño profundo, ya liberado del suplicio constante.
Amaneció y me desperté consciente de lo ocurrido durante la noche. Confundido por creerlo un sueño creado en mi mente por un deseo ferviente de acabar con el dolor. Entonces me di cuenta. Ya no tenia dolor. No obstante, para incorporarme, realicé la rutina de movimientos recomendada por el traumatólogo —ahora son movimientos muy naturales para mí—. Los hice con cuidado, aunque ya nada me lastimaba.
Al verme sentado en la cama a tan temprana hora, mi esposa preguntó si me sentía bien. Volteé hacia ella y contesté: «Demasiado bien». Luego le pregunté si había visto algo inusual durante la noche, pero nada vio ni oyó. No preguntó a qué me refería. Se recostó de nuevo y volvió a su sueño. Pensé que la preocupación también la había mantenido en vigilia.
Aún sentado, repasé en mi mente lo sucedido para no olvidar ningún detalle. ¡Me sentía tan aliviado! Aun así, procedí a levantarme con la precaución de siempre. No quise desafiar mi buena fortuna. ¡Era otro hombre! Podía moverme con libertad. ¡Me sentía fuerte! ¡Renovado! Estaba listo para irme a trabajar, pero en esos días estaba incapacitado. Cuando al fin pude retornar a mi oficina, la gente se alegró de verme caminar erguido y radiante de salud.
Han pasado más de veinticinco años. Y cuando doy gracias a Dios, también se me viene a la mente la imagen de aquellos dos hombrecillos grises.
Intervención Alienígena (1998).




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