Mi juventud en libertad.
¿Les ha pasado que lo que al principio parecía ser una buena idea…terminó en tragedia?
En este relato les comparto cómo fue que decidí convertirme en un adulto responsable por primera vez. Si, por primera vez. Luego intenté una segunda y una tercera, y una cuarta vez; es difícil saber cuando llegará el momento de dejar de ser un adolescente. Si tu lector, ya andas pisando los treinta y te sigue gustando el desmadre, entonces me entiendes.
La idea de contarles esta inolvidable aventura me nació de ver por undécima vez, la serie de películas «¿Que pasó ayer?», protagonizada por la banda de Bradley Cooper y sus cuates del alma. Muy entretenida, sobretodo porque me recuerdan situaciones muy semejantes que he tenido en mi vida.
Las películas inician con una gran idea para una despedida de soltero; luego los protagonistas se enfrentan a un problema que los mantiene angustiados durante un gran tramo del drama hasta que finalmente las cosas se resuelven favorablemente.
Lo interesante es que, a final de cuentas, disfrutaron su reunión como lo habían planeado, pero en algún momento, ésta tomó un giro salvaje y le siguieron así hasta que el cansancio los venció. Ese momento antes de caer dormidos, quedó en la inconsciencia guardado para siempre. Al siguiente día, nada recordaban.
Verdad universal. Todos los jóvenes que empiezan a disfrutar su libertad —y su dinero—, han tenido la experiencia de la «parranda», el gozo de compartir tiempo y correr aventuras con los amigos. Yo tuve mi momento y mis propias aventuras. No es que esté muy orgulloso de lo que hice, pero para mi, la juventud fue tanto peligrosa como divertida, otras veces vergonzosa y persuasiva; esta ultima ocasión fue el momento en que me pregunté:»¿será ya hora de aplacar el rabo?»
La Aventura
Pues les cuento: corría el mes de marzo de 1986. Yo vivía en una ciudad fronteriza cercana al Golfo de México y trabajaba en una de esas famosas maquiladoras. Un empleo maravilloso, fascinante y muy bien pagado. Era la isla del tesoro para cualquier recién egresado de ingeniería, —los empleos en la frontera pagaban 30% arriba que el resto del país—. Pues ahí estaba yo desde dos años atrás.
Aquella semana habíamos recibido la visita de los ingenieros diseñadores de un nuevo controlador del sistema de administración de edificios que fabricabamos allí. Eran jóvenes, de nuestra misma edad, alegres y desmadrosos; agarraron la onda de volada.
La empresa había rentado una camioneta Jeep Wagoneer para trasladarlos entre plantas y a sus hoteles. Me pusieron a cargo del vehículo —me vieron cara de ser muy responsable— Ese viernes, tuvimos la increíble idea de hacer una recepción en mi casa para entretener a los gringos. Ya habíamos invitado a algunas chicas, a un compañero que la hacia de DJ en las discotecas locales; habría «pisto» y comida; era el plan ideal, de hecho, ¡era genial!
La fiesta inició desde rayando el sol y se entendió quiensabe hasta que horas de la noche. El inventario de cerveza ya se habia surtido por segunda vez.
Cuando los ingenieros gringos llegaron, la fiesta ya había alcanzado un tono salvaje. Alguien sugirió que ellos debían ponerse a tono para estar todos en la misma «onda». Trajeron tequila y «jugamos» a acabarnos la botella.
Los invitados estaban enajenados y pedían subir el volumen a la música, como en las discotecas. El estrépito retumbaba en las ventanas de mi casa y, desde adentro, observaba yo los gestos de incomodidad de mis vecinos cuyas ventanas también vibraban estrepitosamente. Empecé a preocuparme, pero en cada trago de tequila me valía más quien estuviera incómodo.
Llego un momento en que sentí que el volumen de la música bajaba gradualmente y que mi cuerpo se había abandonado a la comodidad de un sofá. Allí me quedé sentado, sonriendo como idiota y participando en una conversación con alguien. Desde esa cómoda posición y mientras sentía que mi cuerpo se hundía poco a poco como en un profundo pozo, observaba cómo se formaban parejas que desaparecían furtivamente entre las sombras del jardín, hasta que mis ojos se fueron cerrando poco a poco.
Pasaron las horas…
De pronto una potente luz incidió en mis ojos aún cerrados. Me refugie en la tenue sombra bajo mi axila. La cabeza me dolía horriblemente; en cambio, mis oídos parecían disfrutar de un relajador sonido: algo así como de olas rompiendo en la playa. Unos minutos después la luminosidad aumentó y me vi forzado a medio abrir mis ojos. Lo que percibí frente a mi, terminó por desorbitarlos: era el mar.
Me hice una pregunta estúpida, «¿Donde estoy?» 👀
Volteé a mi alrededor y descubrí otros cuerpos yaciendo inconscientes. Al igual que yo, semidesnudos, vistiendo únicamente en bóxers, tirados sobre la arena, titiritando de frío y empapados por haber dormido al alcance de la marea alta.
Los despierto. Me preguntan dónde estamos. Yo no les digo nada, tampoco sé. «¿Dónde está nuestra ropa, güey?», preguntó uno de ellos. Me encogí de hombros. Alguien se puso a recoger las botellas de vidrio que había sobre la arena y exclamó, «¿que hicimos cabrones? ¿Ya se dieron cuenta donde estamos? ¡En la Isla del Padre! y ¡encuerados! ¿Y ahora, cómo regresamos a México? »
A lo lejos, el claxon de una camioneta nos llamaba. Sentimos tranquilidad al ver que era la Jeep Wagoneer. Conducía uno de los ingenieros gringos y venía a recogernos. Mientras nos acercamos, reía burlonamente al tiempo que nos ofrecía nuestras ropas y decía, «we all got f*** wasted last night, didn’t we?»
Nos contó que él había despertado junto a nosotros antes del amanecer y que entró en pánico al verse completamente desnudo. Afortunadamente recordó dónde habíamos dejado el auto la noche anterior y corrió hacia allá antes que el dia lo sorprendiera. Agarró la Jeep y se fue a recogernos, encontrando a su paso nuestra ropa. Esperábamos que pudiera explicarnos cómo es que habíamos cruzado la frontera. Se encogió de hombros y exclamó «don’t know shit, man».
Lo extraño de esta aventura fue que, no solo estábamos en otro país y habíamos conducido dos horas hasta el mar, sino que no portábamos documentos.
El lunes siguiente, la noticia llegó a oídos de mi jefe. Prácticamente, yo había hecho uso de los recursos de la empresa, para mi esparcimiento. Así iniciaba mi problema, ahora estaba en aprietos, mi empleo estaba comprometido; en el mejor de los casos sólo habría una reprimenda.
El jefe me visitóen mi oficina diciendo, «¿Quieres andar de vacaciones? pues vete a tu casa por una semana. ¡sin sueldo!».
Ese fue mi castigo.
¡Que bonito es ser joven y sentirse libre! Pasar aventuras memorables y tener anécdotas que contar a los amigos, a los hijos. Yo les digo a mis hijos que para eso es la juventud, solo hay que evitarse la vergüenza de que la historia no pueda ser contada completa porque una parte se quedó perdida en la inconsciencia que causa el exceso de alcohol.
Después de aquella burrada traté de ser más centrado y maduro y así lo hice. Solo que, la inquietud de mi juventud me volvió a traicionar. Pero esa es otra historia.
…………
Si estás en esa hermosa época
Vive feliz ahora, mientras puedas…nomás no en este episodio…, también las olvide.





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