Abril 23.
Ostentación Morbida.
Dicen que si vas a París y no entras al Louvre o no subes la Torre Eiffel, fuiste en vano. Yo no hago lo que todos dicen que hacen. Planee con tiempo una visita a Versalles, así que ese día sería exclusivo para visitar el palacio y sus jardines. Las entradas estaban marcadas para las 2:00 PM. Había tiempo para ir a desayunar.
Antes de salir, metí una carga de ropa a la lavadora. Yo solo puse tres mudas en mi equipaje —aunque lleve prendas que no use en todo el viaje—; necesitaba lavarlas o andar «a raiz».
Tomamos el metro en la estación Pereire hacia Saint-Lazare y transbordamos en Maillot. Desde allí, nos tomaría una hora llegar a nuestro destino. Llegamos una hora antes, así que comimos en un lugar de paso. Muy rico y todo, la mesera portuguesa sabía un poco de castellano —Gracias a Dios—. Al pagar la cuenta, casi me voy de espaldas y todavía me dice: «El 15 por ciento de propina no está incluido. Si tiene efectivo, mejor.» Pasé la tarjeta y sentí un calor recorrer mi espalda. —Y eso que no era mi dinero.
La fila para entrar estaba larguísima. Todos, confiados en que traíamos boleto marcado para las 2:00 PM, caminamos hasta la entrada, mientras admirábamos el perímetro enrejado y la fuente con estatuas de peces bañadas en oro.
Nora tuvo la impresión de que aquella larga fila era para nuestro horario, pero no hicimos caso. Llegando a la entrada, nos botaron pa’ atrás. De todas formas, la fila avanzó rápido.
Si quieres entrar al palacio para admirar detenidamente las obras, ¡olvídate! La corriente de personas que caminan te lleva como el agua de un río. Hay que sacarse de allí, pero luego te das cuenta de que no te alcanzará el tiempo si te quedas leyendo las cartelas (cédulas de cada obra o pieza del museo). Así que entré de nuevo en la corriente.
Aun así, de prisa, uno no puede entender las razones que tuvieron los monarcas de la antigüedad para, primero, mandar construir tan enormes palacios y amueblarlos con tan ostentoso lujo: oro por doquier, mármol, estatuas, pinturas, cielos grabados y enchapados, maderas labradas con un exquisito e inigualable detalle artesanal. Estoy seguro de que no todo era de fabricación francesa.
—Estoy sintiendo ganas de volver a decapitar a María Antonieta —exclamó Raúl.
Nadie debe tener tanto privilegio.
Salimos a los jardines ya sin fuerza en los pies. Están hermosos, pero de lejos se ven bien. No podiamos más. Luego que vimos a una pareja recorriendolos en un carrito de golf, exclamamos:
—¡No pues así, sí! —De haber sabido, fentábamos uno.
Animé a mis hijos a que caminaran hasta el laberinto, pero no lo hicieron. Fue entonces cuando decidimos regresar a París.
Eran las cinco de la tarde y aún quedaban lugares que no habíamos visitado. Así que el resto de la tarde fuimos a Notre Dame para verla de más cerca y de allí regresamos caminando por los Campos Elíseos hasta el departamento.




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