Abril 15.
Tour a Toledo y Segovia.
Despertamos a la hora acordada por todos la noche anterior. Tomamos un Uber hasta el lugar indicado frente a la antigua plaza de toros Las Ventas. Ya había un grupo de personas de distintas nacionalidades esperando para subir. El autobús que nos llevó a Toledo salió puntual a las 9:00 AM. Después de una hora de camino observando verdes campos de cultivo y rústicas construcciones antiguas a lo largo de la moderna autopista, llegamos a Toledo.
El camino se hizo corto con la amena reseña histórica de la gran «Toletum», proporcionada por los guías de Amigo Tours, Javier y José Javier, con un marcado acento: uno cordobés y el otro madrileño.
Con una historia que empieza en el Neolítico, es desde la época del auge romano cuando se puede contar con algo de precisión. Cuando el imperio romano cayó ante las huestes visigodas, la ciudad se convirtió al cristianismo. Años después, España fue conquistada por los musulmanes, quienes respetaron la diversidad religiosa y, desde entonces, judíos, musulmanes y cristianos convivieron en perfecta armonía. En el siglo XIII se convirtió en la sede de la corte de Castilla y León (la de los Reyes Católicos).
Dicen que Toledo empezó a perder habitantes cuando al rey Felipe II se le ocurrió trasladar su corte y la sede a un pueblecito, entonces insignificante, llamado Madrid.
Al bajar del autobús, nos reunimos en la entrada del llamado puente de San Martín que da acceso a la ciudad, amurallada por un excelso precipicio y rodeada por un alegre río que tilila al impacto de los rayos del sol.
Nuestra visita a Toledo comenzó con una caminata por una pendiente muy pronunciada. El sol nos abrazaba, aunque no sentíamos su calor bajo la suave y fresca brisa que soplaba en ese momento.
Salimos de la primera pendiente para luego encontrar otra. Yo sentí que debía parar, pero no me detuve para no alarmar a mi esposa. Ya la oía: —¿Qué tienes, Mario?¡Qué te pasa?
La primera parada fue en un taller artesanal del arte damasquino. Allí nos hicieron una demostración —sin mucho atractivo— de cómo se forja el metal y se le da el inigualable grabado hecho a mano. También allí, otro artesano hacía su labor terminando de adornar un anillo con filigrana de oro. El verdadero objetivo era guiar al grupo hasta la tienda de curiosidades. Me aguanté las ganas de comprar una daga.
Cada rincón de Toledo cuenta su historia. Sus calles empedradas y las viejas casas ostentan orgullosas la fecha de su edificación; callejones angostos de pronto aparecen despertando la curiosidad del turista. Al llegar a la ciudadela (así le llaman al zócalo), se yergue una gigantesca construcción gótica que, dicen, tardaron más de doscientos años en terminar: la catedral primada de Santa María. La inauguró Felipe III con gran pompa —saludando con un sombrero ajeno—. No entramos; el guía nos advirtió sobre el costo exagerado de la entrada. Aunque me hubiera gustado ver su arquitectura interior. Dicen que tiene más de 70 bóvedas de crucería y como 750 vitrales. (Si les interesa este concepto arquitectónico del siglo XIII, lean Los Pilares de la Tierra de Ken Follett, que lo explica en detalle.)
Adonde sí entramos fue al Alcázar de Toledo. Todavía es una dependencia y un museo militar. Para entrar hay que pasar una estricta revisión con arco y rayos X. Yo siempre tengo que avisar que traigo este aparatito para el corazón antes de cruzar un arco, porque si suena y no les avisé, se hace un escándalo, qué para qué quieres. Pero pues no me salvé: le dije al guardia y me apartó. Me pidió la cédula del marca pasos. Pues con tan mala suerte que no la pude encontrar en mi teléfono. Me dije «Ya me quedé afuera». Mientras tanto, parado allí, solo estaba obstruyendo el paso a los demás turistas y el propio guardia terminó gritando: —¡Ya, pásele, pásele!
El boleto incluía la comida, así que nos llevaron al restaurante de inmediato. Comimos delicioso a tres tiempos. El platillo que pedí yo, de las dos opciones que teníamos, era el regional llamado carcamuza; sabía a «Soco Special» —sin chile—.
Al terminar de comer, salimos al Alcázar, tomamos fotos y nos pusimos a charlar con una anciana que no paraba de hablar. Se nos hacía tarde y tuvimos que despedirnos abruptamente. La visita al baño era obligatoria; aún no se acababa el tour.
Regresamos al autobús. Ahora partíamos hacia Segovia, a dos horas de distancia.
Al llegar, fuimos recibidos por un enorme acueducto de arcadas de dos niveles, construido por los hábiles arquitectos romanos. A la entrada de la ciudad, se encuentra un monumento donado por Roma en 1974, en conmemoración de los dos mil años de su construcción. Luego, nos dirigimos a la Plaza Mayor, donde tuvimos la oportunidad de visitar la imponente catedral de Nuestra Señora de la Asunción, otro tesoro histórico que se alza con orgullo desde 1525. Lo que más llama la atención es su impresionante órgano, por sus enormes dimensiones y su brillante acabado dorado, logrado mediante un chapado en oro de forma artística. Intentar describirla con palabras resulta inútil; es mejor contemplar sus infinitos detalles y quedarse allí, simplemente admirando esta maravillosa obra del pasado.
Así concluyó el tour. Regresamos a Madrid justo a la hora de cenar. Para entonces ya traíamos el acento madrileño muy marcado. Entramos a un restaurante italiano y pedimos la carta como cualquier lugareño. «Pero es que los precios parecen de fonda de lujo, tío.»




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