Abril 17.
La boda de Genaro.
Estando todavía en México, descargué una aplicación que tenía buenas críticas. Es ideal para reservar vuelos, trenes y camiones en toda la zona Schengen: Omio.
Ya en Madrid, compré los boletos para viajar a Valencia en un tren rápido: el AVE de Renfe. Anuncian que es de alta velocidad y que cubre la distancia de casi cuatrocientos kilómetros hasta Valencia en dos horas. Eso quiere decir que viaja a 200 kilómetros por hora —no es muy rápido.
Era viernes y nuestro tren salía a las 9:25 AM. El departamento de la calle de los Tres Peces queda a solo seis cuadras de la estación de Puerta de Atocha – Almudena Grandes, así que decidimos caminar. El empedrado de las calles y las banquetas dificultaba nuestro paso y las ruedas de nuestro equipaje hacían un ruido terrible. Era la hora de entrada de los niños al «cole» y, a veces, teníamos que darles el paso. Raúl, que desde que llegamos se postuló como guía, dirigía el rumbo poniéndose a la vanguardia de nosotros.
Hicimos veinte minutos en el trayecto y llegamos a la terminal. Atocha es enorme, con 8 andenes y creo que conté 12 vías. Las salidas y llegadas se anuncian claramente en los tableros electrónicos. Identificamos nuestro tren. Estaba a tiempo, aunque habíamos llegado una hora antes y debíamos esperar.
El acceso a los andenes está protegido, como en los aeropuertos, mediante una revisión del equipaje con rayos X. Cruzamos sin complicaciones. El voceador anunció que el tren a Castelló de la Plana —con escala en Valencia— saldría por el andén cinco. De pronto se formó una larga fila, dando la impresión del número de pasajeros que viajarían juntos. Entrando al andén debimos esperar aún más tiempo: eran las 8:40 y el acceso se da quince minutos antes de la partida.
Nos tocó el segundo vagón. Al entrar, una mujer india obstruía el pasillo con la carriola de su bebé. Me propuse a ayudarla. Cuando logré plegar la carriola, la gente entró en torrente para ocupar sus lugares. Los nuestros estaban en el segundo piso del tren; sabía que ya no encontraría lugar para mi maleta, así que la dejé en un rack libre allí abajo; luego me reuní con mi grupo. Arriba encontré comodidad además de funcionalidad. No era de lujo, pero parecía. Las ventanas panorámicas prometían vistas claras del paisaje campirano en el camino.
El tren arrancó puntualmente. Los primeros minutos corrió a baja velocidad, pues tenía paradas en pueblos cercanos. Pasando Cuenca ya sentimos que aceleró.
LLegamos a la estación Joaquín Sorolla, de Valencia, a eso de las 11:30 AM. Caminamos hasta la parada de taxis y busqué a quien tuviera una furgoneta para cinco pasajeros con sus maletas. El chofer era un árabe con aspecto de simpatizante de Al-Qaeda. Inicié una conversación que derivó en largos silencios. Cuando se fue, después de dejarnos en el hotel, Adrián comentó: «Creí que íbamos a morir.»
El plan ya estaba hecho: llegar al hotel, comer rápido y arreglarnos para la boda.
En Valencia nos quedamos en un Holiday Inn. Era lo más cercano al lugar donde se llevaría a cabo la ceremonia: el rústico hotel La Mozaira, a quince minutos en carro.
En España siempre traíamos hambre. Antes que pasara otra cosa decidimos comer donde estuviera mas cercano. Pues justo a un lado del hotel estaba un Burger King y nos fuimos «¡a la burger!»
Empezamos a prepararnos: bañarnos, planchar camisas, vestirnos y ¡listos!
Nos habiamos confiado de Google maps que mostraba el lugar a solo quince minutos desde el hotel. Ibamos puntuales, pero el tráfico lo echó todo a perder. A ocho minutos de llegar, la ceremonia estaba a punto de iniciar. Genaro envió mensaje preguntando, luego Ceci me llamó avisando que nos esperarían cinco minutos. «No, pues empiecen sin nosotros.» Pues llegamos justo a tiempo y tomamos nuestros lugares en silencio y con pena.
Boda y recepción.
Al frente están los novios. Él, ataviado en el elegante traje de lino color beige; ella, luciendo un sencillo vestido blanco con pechera de crochet, y, en lugar de velo sobre la cabeza, un fular de la misma tela que el vestido, pero de tono más oscuro. Sus rostros irradian la ilusión de una vida futura plena y armoniosa.
Ofició la ceremonia simbólica un amigo de ambos, valenciano de origen. Su discurso, emotivo, resaltando las cualidades positivas de los novios. Las lecturas estaban a cargo de su madre; luego, la elegía de su padre. Llamó el laico a Ceci cuando llegó el momento de los votos matrimoniales, pues ella entregó los anillos.
Los novios se pusieron de pie uno frente al otro. El laico se apartó un poco y tomó su lugar detrás para que el camarógrafo se concentrara en los novios. Genaro desdobla un escrito que ha extraído de la bolsa del saco. Empezó a leer:
Saraí,
Lo que mucha gente llama amor consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro; como si pudieran elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te obliga a replantear toda la vida…Te vi hermosa desde el primer momento, pero no me uno a ti por tu belleza. Noté tu inteligencia y tu capacidad desde que charlamos, pero tampoco es por eso…Amor, no te elijo yo, te elije Dios…
Los invitados se mantenían atentos y enternecidos mientras Genaro leía su mensaje. Palabras que él mismo escribió, inspiradas en ese amor verdadero y profundo. Tocó el turno a Saraí. La emoción le embargaba. Las palabras tardaban en salir a causa de un gran nudo en su garganta. Ella aguantaba las ganas de soltar el llanto. La gente aplaudió para animarla. Aún nerviosa, pudo guardar compostura para al fin dar su mensaje:
Eres el amor de mi vida. Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos encontrándonos…Eres la imagen de aquella lista de deseos que le pedí a Dios….Mi lugar está en el espacio que ocupas tú…Te prometo darte la mejor versión de mi misma…Siempre estaré a tu lado y viviremos juntos toda la vida.
El laico tomó de nuevo la palabra solo para culminar su participación diciendo:»los declaro marido y mujer»
Caminaron los novios por el pasillo que separaba a los invitados de ella y de los de él. Todos de pie prestos a lanzar sus deseos en forma de pétalos de rosa. ¡Vivan los novios! —gritaron a coro.
Yo, que me había mantenido estoico ante mis emociones, de pronto flaqueé y dejé salir toda la emoción acumulada en mi pecho. Lloré sin poder controlarme. «¡Es como mi hijo!¡Fue mi bebé!» —decía para justificarme.
Las bodas en España son muy diferentes a las de México. Acá nos gusta el desmadre y por eso hay juegos, baile, mariachi, el «after» que en algunos lugares dura varios días. Esa noche unos violines y un oboe ofrecieron música de fondo continuamente.
El sonido de un tenedor golpeando una copa se escuchó de pronto: ding, ding, ding. Era el padre de la novia, Mario, un viejo maestro de primaria que llamaba la atención. «Quiero decir unas palabras…» Deseó la felicidad de los novios y luego pronunció una larga elegía para resaltar las cualidades y los atributos de su hija.
Ceci, la madre de Genaro, no se quedó atrás. Mientras ella hablaba, el padre de Genaro me insinuaba que debía seguir yo en el turno:»Recuerdo que a ti te encantaba hablar en las reuniones.» Sin embargo me contuve. Era de él ese espacio.
La boda terminó a eso de las 11:30 PM. Nos despedimos de los novios y regresamos al hotel.




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