Abril 25.
El «homecoming».
Desperté temprano, con ganas de seguir en cama. Los demás seguían dormidos. Debíamos dejar el departamento antes de las once de la mañana. Intenté prolongar la salida preguntando al anfitrión de AirBnB. Contestó muy amablemente sugiriendo que me tenía que cobrar el día completo. Pas moyen!
«¡Arriba, chicos!», grité, incitando a todos a despertar y a prepararse para salir. Aunque todos hicimos maleta la noche anterior, bañarnos y vestirnos implicó volver a abrirla. Mientras los demás estaban listos. Mario y yo nos ocupamos de separar la basura según la costumbre y depositarla en los contenedores correspondientes: PET y hojalata en el amarillo, vidrio en el amarillo, marrón para lo orgánico y la demás basura en el blanco. Mario se encargó de depositarla. Los contenedores estaban colocados en una especie de sótano situado a la izquierda de la puerta principal del departamento. Cuando regresó, exclamó con admiración: «Nos hospedamos justo encima de las catacumbas de París y no lo sabíamos.» Salí para ver a qué se refería y descubrí que podía estar en lo cierto. Una puerta de acero dividía ese espacio y una escalera que se prolongaba varios metros hacia abajo. Un enorme candado impedía el acceso a los curiosos; quizá sí era una entrada clandestina.
Dejamos el lugar cinco minutos antes. Arrastramos nuestro equipaje hasta el metro. Decidimos dejar las maletas en uno de esos guardaequipajes de Bounce que abundan en la ciudad. Era la única forma de andar sin carga durante el resto del día antes de la hora de ir al aeropuerto; nuestro vuelo estaba programado para las 9:15 de la noche. Ya libres, nos fuimos a desayunar. Mientras comíamos, Raúl nos propuso un itinerario que incluía lugares que faltaban por visitar y que estuvieran cerca: el Museo Curie, el Panteón de París y el Jardín de Luxemburgo. Los recorrimos en ese orden, aunque solo él y Nora entraron al Panteón. Mientras salían, los demás nos fuimos a tomar el sol a Luxemburgo.
Al principio solo nos quedamos allí, recargados en un barandal de granito; luego nos sentamos a la orilla de la fuente donde veíamos que los niños tenían un pasatiempo divertido navegando sus barcos de vela en miniatura. Más tarde observamos que cualquiera podía agarrar una silla y llevarla a un lugar cómodo para reposar en ella. Y ahí estuvimos, cazando hasta que logramos hacernos de tres sillas. Las colocamos frente al palacio y ahí descansamos hasta que llegaron Raúl y Nora.
Regresamos al guardapaquetes y pedimos un taxi al aeropuerto de Orly. No es más grande que el Mariano Escobedo, pero sí más hermoso. Al entrar se aprecian muchos más quioscos que escritorios de autoservicio. Nuestra línea, Transavia, parecía ser la dueña de la terminal. Todos los quioscos eran de esa línea. Los que no documentaron equipaje se anticiparon a la inspección; los demás nos quedamos batallando para etiquetar las maletas y entregarlas en el drop-off. Una asistente, al ver cómo coloqué la etiqueta en mi equipaje, exclamó: «¡Oh, no, no ,no!», luego me puso la de Nora como ejemplo y se apresuró a corregir mi machetonada. Durante la inspección Nora y Adrián fueron revisados dos veces.
La entrada a las salas de espera está controlada por máquinas que actúan como inspectores de migración. El viajero necesita colocar su pasaporte en un escáner y dejar una imagen de su rostro; solo así se abre la puerta —así debiera ser en EE. UU.—.
Este vuelo iba a tomar solo hora y media y nos dejaría en el aeropuerto de Barajas de Madrid. Ahí empezó la peor pesadilla. ¿Qué pasó?
Pues resulta que nuestro vuelo de regreso a México estaba programado para las 9:00 AM; como en cualquier vuelo internacional, al pasajero se le pide registrarse tres horas antes, en nuestro caso, a las 6:00 AM. Yo no quise gastar dinero en un hotel para estar allí solo seis horas, así que nos quedamos en el aeropuerto.
Encontramos un restaurante de 24 horas y allí nos quedamos, siguiendo la línea de muchos otros pasajeros que se vieron en la misma situación al viajar a otros destinos. La pesadilla radicaba en lo difícil que es dormir sentado. Animé a mis hijos a tender una frazada en el suelo y ponerse a dormir a pierna suelta. Al principio a nadie le parecía buena idea, pero horas después ya todos yacían en el suelo. Raúl resultó un poco más discreto; se buscó un lugar más privado y allí se tendió. Yo me dormí acostado sobre el sillón de las mesas y dicen que hasta ronqué.
Cuando amaneció y los empleados del turno matutino empezaron a llegar mire el reloj; ya eran las seis de la mañana. Tomo cada quien su maleta y como robots, caminamos al escritorio del check-in.
A bordo del Boeing 787 Dreamliner y en asientos contiguos, la familia se dispuso a recuperar el sueño perdido la noche anterior. Algunos solo pudimos dormitar; Adrián se durmió durante las doce horas de vuelo y se despertó solo para comer.
Cuando llegamos a casa, hambrientos de carne asada, ordenamos para llevar en el Davila’s y después nos echamos a dormir. Eran las tres de la tarde y la casa estaba en silencio. Así, anocheciendo, luego amaneció. No fue sino hasta las diez de la mañana del día 27 que despertamos todos. Ya nos habíamos recuperado y estábamos listos para volver a la realidad de nuestra rutina en nuestra ciudad donde otros turistas se admirarían de las montañas, la arquitectura, la comida y su gente.
Ya lo dije al inicio de este relato: cualquier viaje es una aventura. La nuestra fue maravillosa y la experiencia quedará en nuestra memoria para siempre. Y quizá más adelante escriba el tomo dos para narrar la siguiente aventura en otros países.




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