Abril 24.
Tour a Brujas.
Era parte del itinerario general y el sueño de Nora. La línea Extime Travel, encargada del viaje, nos citó a las 7:00 AM. Acordamos levantarnos a las cinco para estar en el metro a las 6:00 AM, a más tardar. Fue un viaje de media hora desde la estación Porte de Champerret hasta Cour Saint-Émilion y, de allí, caminamos unos diez minutos. Llegamos y partimos a tiempo. Apenas avanzó el camión cuando volteé a ver a mis hijos: dormidos. Iban a ser tres horas de viaje hasta la frontera con Bélgica y una hora más hasta Brujas. ¡Qué más podían hacer!
Pasadas dos horas del viaje, el chófer hizo una parada en Assevillers para que desayunáramos y desalojáramos nuestros líquidos. Traíamos Nora y yo tantas ganas de un buen café y de una pieza de pan. Ahí sí que teníamos que hablar francés a huevo. Nora me la puso fácil: «A mí, pídeme un croissant«, me dijo. Yo tenía antojo de una empanada de manzana. El reto era pronunciarlo bien, porque todo el pan tenía una etiqueta con su nombre, así que, cuando identifiqué el mío, le dije a la señora que me atendía que quería un chausson aux pommes y un croissant. Los tomó con sus guantes de plástico y luego, en perfecto español, me preguntó: «¿Dos cafés?»
Cuando terminamos de comer, nos ponemos al tanto de los movimientos de Mayin, porque él tiene mucha experiencia en salir por otro lado y en perdernos. El chofer pidió que fuéramos puntuales; no podíamos ser los que retrasaran el viaje. Ya todos a bordo, continuamos el viaje.
En estos tours, donde viajan personas de varias nacionalidades, es común entablar largas conversaciones. Venía un tipo cerca de mí que no le paró la boca ni un solo momento desde que salimos. El tipo me cayó gordo desde que ostentoso hablaba de cómo se compró una casa en McAllen, Texas, y de que Monterrey ya no le resultaba atractivo. ¡Hdp!
Al entrar a Brujas, no parecía que estuviéramos en el pueblo medieval que nos habían prometido y del que tanto hablan en las guías de turismo: edificios modernos de departamentos bordeaban el camino. Hasta que el camión llegó a Bargeplein, una parada autorizada, y nos explicaron que aquel puente rojo —que se veía frente a nosotros—separaba el viejo pueblo del nuevo para mantener su fisonomía antigua, aquella que le había otorgado el reconocimiento como patrimonio de la humanidad. A partir de allí, nuestro guía inició la caminata hacia el Mrkt, o Plaza Mayor. Nuestro primer encuentro con la historia fue Minnewaterbrug, el puente de los enamorados —siempre hay una historia así—: la chica que se enamora de un plebeyo, cuyo padre no la deja casarse, y aquel que se la roba.
Caminamos de prisa, siguiendo los pasos del guía que, acostumbrado a hacer este recorrido casi a diario, sabe que, de no hacerlo, se acortará el tiempo que tenemos para explorar. El clima era agradable, pero el sol era implacable y picoso. Agarramos la calle Catalinad donde nos encontramos con la Catedral de Nuestra Señora con una torre que se eleva por encima de los 115 metros —la más alta del pueblito—; cuando llegamos al zócalo, la Grote Markt, ya habiamos caminado un kilómetro y medio. Nos dejó tomar fotos y luego, apresurado, nos llevó a tomar nuestro paseo en bote, luego advirtió: «Ahora si, de aqui en adelante les toca a ustedes explorar.» Estableció las 4:30 PM como la hora de reunión para regresar a Paris y se fué.
El tour de 30 minutos en bote por los canales del pueblo lo hace sentir a uno como en Venecia —je, je, nunca he ido a Venecia, pero dicen que es igual—. Además de ser un paseo reparador, se observan paisajes encantados que no se logran captar caminando y vistas completas de edificios como la Basílica de la Santa Sangre. La guía hizo un trabajo excelente explicando con tono pícaro y divertido la historia de cada edificio y puentes —que son el atractivo principal del trayecto—, hasta hay uno en que es de buena suerte darse un beso cuando se navega debajo de este. Cuando subimos al bote, la guía hacía rapport con los pasajeros bromeando en el mismo idioma de aquellos; cuando tocó nuestro turno se entusiasmó diciendo «¡Viva México, cabrones!» Son detalles que se quedan en la memoria y que te hacen sonreir después.
Desembarcamos y nos fuimos a comer. «Comeremos en el primer restaurante que se vea con buen menú» dije con el fin de no perder tiempo leyendo el menú de todos los restaurantes del lugar y luego no decidir donde. Elegimos y entramos para agarrar mesa. Con tan buena suerte que el mesero hablaba español, pues nos describió los platillos y ordenamos. Al terminar, con propina y todo, esa fué la comida más cara de todo el viaje.
«¡Tenemos que irnos ya!», alertó Raúl. Faltaban veinte minutos para la hora del regreso y estábamos considerablemente lejos del punto de reunión. ¡A correr! Llegamos a buen tiempo y listos para echarnos una siesta durante las cuatro horas del viaje de regreso.




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