Abril 20.
«Dije que me mojaría los pies en el Mediterráneo.»
Desayunamos en el Billy Brunch de Carrer de Bailèn. Fue el primer restaurante donde servían frijolitos, que ya me hacían falta, y tazas grandes de café. Totalmente diferente del promedio. El mesero, un portugués que apenas hablaba castellano, nos dijo que al dueño le encantaría conocer nuestros comentarios. Cuando pagamos y estábamos listos para partir, el hombre vino y nos platicó su vida en cinco minutos. Era un tipo de unos treinta años y ya había vivido en México, Colombia y Filipinas. Dijo que en México trabajó como mesero en Holbox y en CDMX, que ahorró dinero y abrió su restaurante en Barcelona. Le ha ido tan bien que ya hay sucursales en Madrid y Valencia.
Ese día no había plan para turistear, solo caminar. Yo sí tenía el mío, mi único propósito, y no lo iba a dejar pasar. Nora sugirió ir a ver la Casa Batlló. Es una casa construida por un arquitecto en 1877, maestro de Gaudí. Fue Gaudí quien, en 1904, cuando la casa era propiedad de Josep Batlló, le dio su forma actual. Es un punto turístico muy popular y uno de los más caros. Nos lo saltamos y solo tomamos fotos. Esta casa forma parte de un conjunto que dicen que se construyó para competir en arquitectura y belleza; por lo mismo, la llaman la cuadra de la discordia. Luego caminamos hacia la catedral. Nos encontramos con un «mercadito», como decimos acá; venden antigüedades y artículos religiosos. Si no fuéramos turistas, podríamos quedarnos allí todo un día.
Nos enteramos de que se podía entrar a la catedral y aprovechamos. ¡Santo Dios! Si así está la catedral, ¡cómo está la Sagrada Familia! Lo mismo que todas las iglesias, cada una con su singular estilo, pero esta sorprende desde la misma entrada: bóvedas de crucería tan altas que apenas se ven los detalles, retablo en mármol, y enblas capillas, bañados en oro. Y la sillería de coro, situada al centro —entre los fieles y el altar mayor—, ostenta detalles tan opulentos que no me imagino cómo era para los pobres entrar allí y pedirle ayuda a Dios.
La catedral de Barcelona tiene acceso al techo donde hay varias terrazas desde donde se puede tener otra vista alta de la ciudad. Subimos.
Después de todo lo anterior, llegó el momento de caminar hasta la Barceloneta, la playa pública más famosa del lugar. Todos traíamos hambre, pero yo traía más deseos de mojarme en las aguas del Mediterráneo. Me separé del grupo que se reprimió de acercarse siquiera a la arena. Me hundía en la arena, pero llegué a la orilla, donde el agua la mojaba y la hacía más firme. Me quité los zapatos y subí mi pantalón, cuando observé que Adrián se sentaba a mi lado, haciendo lo mismo. Luego se unió Mario. Sentados allí, en silencio, observando la transparencia del agua y sintiendo sus frías caricias, casi a punto de congelar. Un chaval retozaba desnudo sobre las olas —me dio más frío—, allá a lo lejos, una chica hacía lo mismo, mostrando su pecho desnudo también —se me quitó el frío—.




Deja un comentario