Abril 21.

Corriendo a la Estació Sants.

Compartí los boletos del tren con cada integrante, así como las instrucciones para entrar a la vivienda temporal en París. El tren partía a las 9:26. Después de enjuagarme de nervios porque los taxis no aceptaban mi viaje en la aplicación, opté por llamar a un taxi en la calle. Sí funcionó.

Tomamos dos taxis; los chicos se fueron en uno y Nora y yo en el otro. Llegamos los primeros aun cuando el de los chicos salió antes. En la estación de Sants ya se anunciaba la salida de nuestro tren. Cientos de personas ya hacían fila en el carril 5. Nuestros boletos decían «segunda clase»; me sentí como Jack, el de Titanic. Una mujer india me pidió ayuda para subir al tren; llevaba un bebé en una enorme carriola y su maleta. Ahí perdí casi diez minutos. Al terminar, busqué mi asiento. Ahí estaban todos.  Esta vez, todos teníamos asientos contiguos. La familia viajó junta hasta nuestro siguiente destino.

El trayecto prometía paisajes fantásticos y el primero se nos dio justo en la frontera con Francia. Después de haber hecho la última parada en suelo español, en Figueres, y de salir en dirección a Perpignan, Francia, apareció una formidable montaña nevada que forma parte de los Grandes Pirineos. Admirando su belleza, agarré la cámara del celular y esperé el momento de capturar mis mejores tomas. Luego, Google me dio el detalle: lo llaman el macizo de Canigó y tiene una altitud de 2.785 metros. Después de eso, nada más llamó mi atención.

LLegamos a París a eso de las 4:00 PM.  Salimos de la estación y Mario ya no iba con nosotros. Regresamos a buscarlo. Caminamos por aquí, por allá, y nada. Al señor se le ocurrió ir a mear y no avisó. Ya juntos todos salimos a buscar un taxi.

En París —como en todas partes—, el servicio de transporte está amafiado. Al salir de la estación, lo más prudente que hace toda la gente es hacer fila para tomar un taxi seguro. Sin embargo, los buitres vuelan bajito para sorprender al turista descuidado. Alguien nos divisó y preguntó cuántos pasajeros éramos; luego se ofreció a llevarnos en su furgoneta. Sabiendo de aquellas mañas (ya me había pasado en Chicago), no le hice caso; tomamos nuestro turno en la fila. Unos momentos más tarde, llega otro tipo con camisa institucional que pregunta, muy quitado de la pena, pero dirigiendo la mirada hacia nosotros: «¿Quiénes son los cinco pasajeros?»

Nos sacó de la fila y nos llevó con aquel primer taxista. Aunque ya veía venir el timo, nos subimos e iniciamos el viaje. Raúl nos sorprendió cuando inició una conversación en francés con el chófer para pedirle su opinión sobre un lugar cercano y económico para comer. Él muy diligente le dio un par de recomendaciones. Treinta minutos después, llegamos a nuestro destino. Ya que bajamos y el bajó las maletas me hizo la cuenta, en voz alta: «56€ del viaje, 12€ por cargar maletas y 2€ por recomendaciones turísticas; serían 70€. ¿Paga con tarjeta o en efectivo?»

Nos dejó justo en la 1 Rue Galvani, la dirección del AirBnB. El lugar parecía poco concurrido, aunque los alrededores estaban repletos de turistas. Primerizos en eso de las llaves secretas y los códigos, pasamos diez minutos antes de poder abrir la puerta. Cuando al fin entramos, nos encontramos con un departamento por demás extraño. No nos decidíamos por qué habitación escoger. Dejamos las maletas y salimos a comer.

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