12 de abril
El vuelo
Juan Toledo, mi chofer de más confianza, llegó por nosotros muy puntual. Esa mañana sería él quien nos llevaría al aeropuerto Mariano Escobedo. Mientras todos subían al vehículo, entré al patio a cerrar la llave del gas del calentador de agua; ya está en sus últimos días y preferí prevenir cualquier problema.
Llegamos al aeropuerto a las 7:30 AM. Pues sí, ya que nuestro vuelo salía a las 10:30 y había que estar tres horas antes de la salida, lo cual es típico en viajes transoceánicos. Pasamos al escritorio de check-in. La amable señorita de turno nos atendió con buen humor, documentó nuestro equipaje y nos entregó los pases de abordar, con una sonrisa y deseándonos un feliz viaje. Sabíamos que este viaje traería muchas sorpresas; la de ese día fue que viajaríamos en asientos separados.
Mientras estábamos en la sala de espera, me percaté de que mis hijos aún no percibían la relevancia de estas vacaciones.
Era un vuelo lleno: un Boeing 787 Dreamliner con múltiples hileras de nueve plazas. Lo habíamos reservado con un par de meses de anticipación para un viaje de ida y vuelta. Hace unos días escuchamos en las noticias que se abriría un vuelo directo de París a Monterrey, pero no nos arriesgaríamos, así que compramos el redondo Monterrey-Madrid-Monterrey; ya veríamos después cómo regresar a Madrid.
Ya en nuestros lugares, cada uno buscó su compañero de conversación. Nos esperaban diez horas de trayecto y uno necesita la distracción de una buena charla.
Como el servicio era pet-friendly, y como la negra suerte está plasmada en mi piel… adivinen. Sí, me tocó con una señorita que llevaba su pomerania a bordo. Y bueno, aquella pregunta obligada acerca de si me incomodaba viajar con un perro —que sí— dio pie a una larga charla que hizo que el tiempo pasara ligero.




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