En 1948, Reynosa era una población pequeña de pocos recursos. Era una economía basada principalmente en la agricultura y la ganadería. La vida cotidiana era sencilla, con una fuerte dependencia de la naturaleza y las actividades tradicionales. 

El costo de vida en ese tiempo era relativamente bajo en comparación con las ciudades más grandes o las épocas posteriores. Los precios de los alimentos y otros bienes esenciales eran significativamente más bajos que en la actualidad. Las condiciones de vida eran difíciles, con acceso limitado a servicios básicos como agua potable, electricidad y saneamiento.

En ese ambiente, un chamaco se procuraba una vida. Originario de la extinta Camarón (hoy Anáhuac) en el estado de Nuevo Leon y vecino de Comales en Tamaulipas. Allí vivió con su madre pero, temprano, en su pubertad, salió de allí buscando educarse para luego perseguir fortuna. Anteriormente trabajó como corrector en el periódico El Mañana de Reynosa con un sueldo de cuatro pesos por dia. Necesitaba incrementar su ingreso.

Apenas con 14 años de edad, metió un cambio de ropa en su morral y se fue a buscar trabajo a las despepitadoras de algodón que estaban por el camino de la ribereña desde Diaz Ordáz hacia el sur.

Le preguntaba yo, «bueno, ¿y era su idea ganar algo de dinero durante las vacaciones?» Volteaba a verme y, soltando una carcajada, contestaba: «era para subsistir».

Afortunadamente, en ese tiempo, no había tanto control en la edad de los trabajadores, como ahora. Recuerdo que a mis trece años —veinte años después —yo también necesitaba trabajar, pero nadie me empleaba tan joven.

Cuenta que el camino de la carretera ribereña ya estaba trazado pero no estaba pavimentado de tal forma que los camiones dejaban un endemoniado terregal a su paso. Por el calor, las ventanas del vehículo se mantenían abiertas así que, sin remedio, la gente llegaba a su destino algo empolvada.

El camión hizo varias paradas en los primeros pueblitos, por lo que el tiempo en llegar se prolongaba. Casi dos horas después, llegó a Argüelles. Preguntó dónde estarían empleando jornaleros y con las señas que le dieron corrió al lugar. Allí, después de una rápida entrevista, le notificaron que quedaba contratado con sueldo de ocho pesos por día y que era necesario que iniciara ese mismo instante. Sin dudarlo, aceptó. La empresa era Anderson Clayton Company (ACCO).

El que sería su jefe, ordenó a un mozo que guiará al nuevo empleado al hangar para que dejara su equipaje, luego, que regresara inmediatamente para darle instrucciones de su nuevo puesto.

Encontró las habitaciones en el segundo piso del hangar. Era una sala larga ocupada a ambos lados por catres de lona plegables, muchos de los cuales ya tenían usuario —y quizá hasta residentes diminutos. La habitación tenía varias ventanas en sus paredes que permanecían abiertas durante la noche a manera de aire acondicionado. Le asignaron uno que estaba adosado a la pared. Lo desplegó y puso su ropa encima; inmediatamente después, salió de nuevo para conocer los detalles de sus actividades. ¿Cómo sería para un joven de 14 años aceptar un trabajo y ya no volver a su casa?¿Sería que nadie lo esperaba de regreso?¿Sería que así era el destino de los jóvenes que buscaban abrirse paso en la vida en aquellos días?

No llevaba ilusión ni deseo de ser uno más de los peones, así que se emocionó cuando le explicaron que llevaría el control de los recibos de embarques. Un trabajo de oficina. La decisión del jefe fue quizá influenciada por el antecedente de mecanografía. Quién lo sabe.

Como no era un muchacho que se quedara aislado y quieto en una oficina, dedicado solamente a sus papeles, él pronto salió a relacionarse con los peones y los capataces de la planta. De igual forma empezó a conocer todas las partes del proceso: la maquinaria, la herramienta, las medidas de seguridad y demás. Decía que le impresionaba el diseño de las máquinas; se imaginaba a los ingenieros inventando los mecanismos que harían posible despegar las semillas que venían adheridas al algodón mediante cuchillas que acariciaban sutilmente el material sin dañarlo, pero eliminando de forma genial las pepitas del algodón. Estos y otros residuos eran dirigidos por la acción de un soplador hacia un embudo por donde caían directamente a un quemador. Este permanecía continuamente encendido para quemar todos los residuos considerados inservibles.

Contaba que, en ese horno, los peones metían mazorcas de elote sin pelar y que después de un rato las sacaban para comerlas. Allí adentro, el fuego pasaba por arriba. Era una forma rápida de preparar los elotes para la hora de la comida. Se cocian en sus propios jugos.

Cuando terminaba la semana regresaba a Reynosa a la casa del que fuera su padre adoptivo —según decía del maestro Carrillo—, el esposo de su hermana Tula. Así pues, esperaba el camión y recorría el largo camino de regreso a su casa temporal en un trayecto que entonces le tomaba cerca de dos horas. Y era así de largo porque, el camión se paraba en cada pueblito o ranchería y, además, por la terracería que hacía difícil aumentar la velocidad. Después intentó transportarse en el tren de la ruta Monterrey-Matamoros sin mucho cambio, pues al igual que el camión, hacia paradas continuas. Era una monserga viajar en cualquiera de las dos opciones en aquel tiempo. Hoy, el camino de Reynosa hasta Argüelles no toma más de 25 minutos. Por supuesto, la carretera ribereña en estos días es una carretera de dos vías y está perfectamente pavimentada.

Al final de cuentas prefirió el tren para transportarse. En el ir y venir entre los dos pueblos, conoció a José Cruz Contreras[1] que laboraba para el ferrocarril como jefe de publicaciones. Este, joven también, más tarde sería líder ferrocarrilero y hasta alcalde de Reynosa. Decía mi suegro, más a modo de dato curioso que de mofa, que aquella jefatura consistía únicamente en entregar volantes a los pasajeros.

El salario de doscientos pesos al mes que recibió en la Despepitadora era el promedio para los trabajadores de ese sector en 1948.

La producción de la planta de Argüelles se mandaba por tren a Monterrey en 1950 a la mantequera, —como se le llamaba popularmente o ACCO. Aquella fábrica se construyó en un predio que pertenecía a la fábrica de Hilados y Tejidos La Leona.

Allí se producía la manteca Inca, crema de cacahuate Aladino, margarina Primavera, aceite vegetal Tesoro y grasa vegetal Tesoro.


En nuestros días, la empresa ya no está operando y actualmente es otro giro empresarial y se conserva una parte de su estructura. Todos los productos siguen en el mercado, solo que ahora los produce Unilever.

Pues el joven Raúl no se quedó en ACCO por mucho tiempo. Una nueva oportunidad lo llevo de nuevo a Reynosa para laborar en el incipiente Registro Federal de Causantes, pero esa es otra historia.

1.https://www.hoytamaulipas.net/notas/20271/Pepe-Cruz-Lo-que-no-se-dijo-de-Contreras.html
2. https://www.laprensa.mx/notas.asp?id=31387

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