Mi juventud en libertad.


Ella iba ilusinonada, rogando a Dios que todo saliera bien. Después de cuatro horas de cabalgar por la montaña, un hombre salió de entre la espesura, saludó y pidió le siguiéramos. Minutos después, iniciábamos el camino de retorno con un viajero más.


Verano de 1987.

Viernes.

La candente noche ya estaba bien entrada en horas. Yo dormía a pierna suelta sobre la desarropada cama de mi habitación, sin nada sobre mi que cubriera mi desnudez. Habia dejado abiertas las dos ventanas de mi habitación para permitir el paso de la fresca brisa, si acaso esta llegara de madrugada. Yo, ingenuo, esperaba que un furtivo vientecillo se atreviera a soplar y secara el sudor de mi cuerpo. Afuera se escuchaban las voces de los vecinos que preferían desvelarse platicando a la intemperie mientras también esperaban a que la brisa empezara a soplar.

De pronto todo quedó en silencio, ¿o fué quizás que me quedé profundamente dormido? Sin embargo, me quedé sensible al ruido de los animales que merodeaban urgando en los botes de la basura y las lechuzas sorprendiendo a los aventurados ratones de la calle.

Alrededor de las 3:00 AM, voces femeninas se escuchaban más alto mientras más se acercaban a mi ventana. En un susurro, me llamaron por mi nombre. Desperté sobresaltado. Instintivamente alcancé mi almohada y me la coloqué encima para medio cubrir mi desnudez. Reconocí a mis visitantes. Me saludaron con pena: Eran Eda y Carmen, mis vecinas.

—¡Ay Mario, disculpa la molestia!

A mi, más que molestia, me dió temor que hubieran visto más de lo que es moralmente aceptado, o que llegaran a anunciar alguna tragedia.

—Si me lo permiten, me visto y les abro la puerta— sugerí.

—No es necesario, no queremos incomodarte más. Solo queremos pedirte un favor.

Lo más incómodo del momento era tener una almohada caliente sobre mis piernas.

Carmen era una dedicada enfermera. Era la profesión de todos en su familia. Sin excepción habían trabajado en el IMMS por varias generaciones. Jovial y de muy buen ver, de carácter alegre pero recatada. En sus charlas, invariablemente siempre tocaba el tema de lo mal que su cuñado trataba a su hermana; ella misma había tenido un noviecito de esos que respetan poco a la mujer; y pues, con esa experiencia, decidió que todos los hombres eran iguales y que nunca se casaría. ¡Que esperanzas que alguien se animara a invitarla a salir! “No es prudente ni correcto”, diría ella. Ella era cinco años mayor que todos los potenciales galanes de la cuadra. Eda, mi otra amiga, nos habia presentado. Los tres fuimos los mejores amigos mientras viví allá en mi casita del Modulo 2000 en Reynosa. Asistimos a la misma iglesia los domingos y viajamos juntos a los tantos retiros espirituales organizados por grupos cristianos.

Eda, por otro lado, me había adoptado como hermano en Cristo únicamente. Sus atenciones, el tiempo que compartimos y lo mucho que nos divertimos juntos, habían despertado en mi cierta fascinación y necesidad de estar a su lado, pero solo tenía ojos para su güero de ojos azules. Tuve que  conformarme con su compañía, su charla, su disposición para todo y su estado de ánimo siempre positivo y alegre. Todo eso era el alimento que me ayudaba a contrarrestar mi soledad en aquel cálido pueblo fronterizo.

Aquella noche me pedían de favor las llevará en mi auto a Aldama. Se retiraron después de que acepté a ayudarlas. Volví a recostarme pero ya no pude dormir pensando cómo pude haber aceptado sin pedir detalle, el motivo para hacer un viaje así de urgente.

Sábado.

Amaneció y me levanté a preparar el auto: Calibrar llantas, revisar niveles, asegurar herramientas, seguro, en fin, todo lo que se hace en preparación para un viaje.

Mi auto era un Chevrolet Celebrity 1985, era poco probable que me fuera a fallar en carretera, pero entraba en automático mi yo precavido. Cuando estuve satisfecho y seguro de mi exhaustiva revisión,  entré a mi casa. Me desayuné café y pan dulce —no tenía tiempo de prepararme algo más elaborado—. Le eché un vistazo al reloj, faltaban veinte minutos para las seis de la mañana. Entré al baño para orinar, no pensaba parar en el camino.

Un rato más tarde, ambas mujeres llegaron a mi casa ya listas para el viaje.

A las seis de la mañana en punto  estábamos arriba del auto. Poco tiempo después ya estabamos en carretera.

Fue entonces que me explicaron la razón de la urgencia del viaje: una mujer pobre del rancho —de donde Eda provenía—, daría a luz a un niño. Un niño al que no podrían sustentarle alimento y cuidado, por lo que habían decidido darlo en adopción.

Carmen había cargado con el deseo de ser madre por mucho tiempo. Alguien le había recomendado que se dejara preñar por algunos de sus amigos. La idea le parecía descabellada e imprudente. La oportunidad de ser madre le había llegado dias atrás con una llamada telefónica. Le avisaban del parto que se aproximaba.

Teníamos que llegar a un poblado llamado Las Yucas. La primera estimación del tiempo del trayecto que me ofrecieron mis amigas fué de tres horas de camino. La realidad fue otra.

Salimos por el camino a San Fernando; la mañana estaba fresca y no queríamos que nos agarrara el solazo de la tarde. Después de conducir por casi dos horas, llegamos a San Fernando, sin entrar al pueblo, continuamos hacia Soto La Marina. Decían que de alli, ya estaba más cerca. Llegamos a Soto, luego pasamos por la presa Lavaderos. No hice paradas en el camino mas que para cargar gasolina e ir al baño —ellas, no yo— y justo pasándo La Concepción, estábamos llegando al entronque de la carretera Costera del Golfo con Las Yucas; ya pasaba del mediodía.

Nos faltaban 22Km para llegar a a donde pasaríamos la noche. El camino era de terracería y pues, tuve que ir más lento. Nos tomó otras dos horas en llegar. Estábamos hambrientos y cansados. Casi daban las 3:00 PM cuando allá a lo lejos, divisamos un grupo de casitas blancas construidas alrededor de un valle verde como esmeralda.

Allí vivia la familia de Eda. Sus padres y hermanos menores eran los típicos pobladores de una ranchería. Personas amables y educadas, vestían bien, pero sin lujos. La señora era muy avispada, alegre y bromista; de inmediato nos ofreció de comer. Desde que bajamos del auto ya habíamos percibido el olor de un delicioso guiso de gallina, perfumado con las hierbas aromáticas del lugar. El señor era un poco menos bromista, más bien serio, pero igual de platicador y preocupado por nuestra comodidad.

Después de comer nos prepararon el baño.¡Ah, qué delicioso fué bañarnos a bote con agua fresca! Los chicos la habían acarreado desde el río para nosotros. Agradecimos el detalle y luego, ya mas frescos y relajados, iniciamos una larga, larga charla, para conocernos.

Eda tenía varios hermanos, dos de ellos, de mi edad o un poco mas jóvenes. El mayor, Fidel, un hombre robusto de piel oscura y de carácter similar al de su padre; el otro, Arim, mas jovial, muy blanco y rubio. El trabajo del campo había forjado en ambos un físico moldeado con gruesos músculos. Eran pura vitalidad.

Charlamos por largo tiempo hasta el anochecer. Las mujeres se fueron a dormir, yo me quedé un tato más con los hombres que aprovecharon para darme detalles del viaje que iniciaríamos al día siguiente a caballo, hacia la espesura de la montaña. Luego caminamos a otro lugar donde me presentaron con otros hombres de la ranchería y continuamos charlando con ellos hasta muy entrada la noche

Domingo, 4:00 AM.

Desperté por el ruido que se escuchaba en la cocina y por el olor a leña encendida. Fidel y Arim ya estaban ensillando los caballos allá afuera. La señora había acercado un lavamanos a mi cama y una toalla. Me lavé y en cuanto me vio, me llamó a desayunar. Me sente en una banca larga adosada a la rústica mesa donde ya me esperaban una taza de café y galletas de animalitos. Allí, cerca de la estufa, una joven cocinaba. Volteó para darme los buenos días, espere a que me diera su nombre pero sin presentarse, siguió en su trabajo. Salí a la caballeriza con mi taza de cafe en mano. Queria ver en qué podía ayudar, cuando les pregunté todos rieron a carcajadas pues, si en verdad tenía la intención de ayudar, no iba a salir con las manos ocupadas.

Salieron las mujeres cargando sendos itacates –nuestro almuerzo —. Eramos, Carmen, Eda, Fidel y yo. Fidel sería el guía pues el conocía el lugar donde vivian los padres del bebé que estaba por nacer —o que quizá ya había nacido, no sabíamos en ese momento. Con algo de pesar, nos habló de la terrible pobreza que se vive en esa zona de México y, especialmente entre los pobladores indígenas.

—¿Indígenas?— pregunté con asombro.

No era cosa de asombrarse. Ellos tenían una perspectiva muy diferente a la de la gente de la ciudad. Para nosotros, un indígena que vende sus mercancías en las calles no es más que un flojo; para ellos, son personas olvidadas por el gobierno. Viven en lo alto de la sierra, y se alimentan de lo que dá la tierra en esa costa del golfo y de los animales que logran cazar con sus rudimentarias armas. Tampoco tienen manera de desplazarse largas distancias, pues no poseen dinero para comprarse un burro o una mula. No tienen registrados a sus hijos; por lo mismo, no tienen papeles que les den identidad. No saben leer ni escribir; ir a la escuela más cercana implica un viaje diario de más de tres horas, a caballo. Las mismas que nos tomaría a nosotros llegar hasta donde ellos vivían.

El día empezaba a clarear y ya llevábamos un buen trecho avanzado. El sol no saldría para nosotros hasta más tarde, pero ya podíamos vernos las caras. Carmen iba muy seria y pensamos que el ajetreo del trote de su caballo le había incomodado. La verdad, ella iba ilusiononada, rogando a Dios para que todo saliera bien.

Después de casi cuatro horas de cabalgar por la montaña, un hombre salió de entre la espesura. Me asusté al ver su aspecto sucio, luego me tranquilicé cuando saludó y nos dio la bienvenida. Con un gesto pidió le siguiéramos cuesta arriba.

Nos apeamos y amarramos los caballos allá frágil tronco de un huizache. Fidel me señaló el camino y se quedó de guardia con las bestias. Esperé a las mujeres y luego todos caminamos siguiendo al hombre aquél. No estaba muy lejos, sin embargo, la subida era pesada para quienes no estábamos acostumbrados.

LLegamos a la cima. La primera imágen fue maravillosa. Era la hermosura de la naturaleza en todo su esplendor, toda ella plasmada sobre un vasto territorio cubierto por la densa vegetación de la montaña e iluminada por los rayos del sol matutino. Los riachuelos enclavados en los valles, iridaban mientras eran iluminados también. La siguiente imágen contrastó con toda aquella belleza: un pequeño refugio armado con troncos y ramas.

El hombre llamó a su mujer y esta salió agachada sosteniendo con una mano a un crío recién nacido envuelto en su rebozo y con la otra sosteniéndose ella misma. Detrás de ella salieron otros dos chamacos, sucios y desaliñados, de no más de tres años de edad. La escena era por demás triste y dramática de observar.

—¡Tome, lléveselo ya!— rogó la mujer—, usted le dará mejor vida que nosotros. Mire nomás como tenemos a estos —señaló a los otros chiquillos—, son como unos animalitos que, si Dios permite que lleguen a sus doce años podrán hacer su vida en otro lugar. Dios la ha llamado a ser madre de esta criatura, quiéralo mucho, y que nunca sepa dónde nació.

Para cuando la mujer terminó de hablar, yo ya había vaciado mis ojos, cuidando de que lo notaran. «México, cómo has olvidado a tus indígenas», pensaba en mis adentros.

No quise enterarme si había dinero de por medio en esa…transacción, o había sido solo una entrega voluntaria. No lo supe y nunca me quise enterar.

Bajé la lomita y trepé a mi caballo, apresurado, incómodo y apesumbrado. Momentos después llegaron los demás. Asi iniciábamos el camino de retorno… con un viajero más.

Domingo, 9:00 AM

La cabalgata inició en medio de un incómodo silencio. Nadie quisimos comentar nada. Fidel iba a la cabecera, me adelanté para alcanzarlo. Al escuchar mi cabello cerca, volteó y me regaló una sonrisa.

—La bajada es más rápido compa—dijo regresando su mirada al frente del camino.

—Así lo espero —contesté—, quiero llegar a buen tiempo para descansar. Mañana trabajo —dije con dejo de enojo por estar en esa situación—.

—Tranquilo, si llegas. Mientras mantengamos este paso.

Volteé hacia atrás. Los dos caballos detrás de nosotros venían a buen paso. Las mujeres que montaban sobre ellos lloraban de felicidad. El bebé estaba dormido. En ese momento me pregunté cómo le iba a hacer Carmen cuando el bebé despertará con hambre. ¿Habría que detenernos? ¿Lo amamantaría?

A las diez de la mañana, como si fuera despertador, reventó el bebé en un grito. Tuvimos que detenernos, pero solo un instante mientras Eda sacaba de la bolsa un biberón lleno de agua y mezclaba la fórmula. Agitó la botella un par de veces, luego extendió su brazo para entregársela a Carmen. Inmediatamente esta acercó la mamila a la boca del bebé y aquel, con un instinto increíble, la localizó y empezó a mamar de ella, desesperado. La calma volvió y reanudamos el paso.

El camino que nos llevaba de regreso no era terracería y mucho menos pavimento; los árboles y la espesa hierba apenas si abrían paso a una vereda creada por el tránsito de animales, vacas y cabras que pacían regularmente por ese apartado lugar; pero no vimos ninguna esa mañana. En ocasiones sentíamos que algo nos seguía, a juzgar por el crujir de ramas secas en lo alto del bosque. Nada vimos. Fidel, que recorría esos lugares en sus frecuentes cacerías, sabía que no podía prescindir de su escopeta. La llevaba al hombro en su brazo derecho. Las aves también desconocían a los extraños paseantes a caballo y graznaban nerviosas.

Llegamos a la casa de los padres de Eda a las 12:30, Carmen se apeó y entró con el niño casi corriendo a la casa, pareciera que no deseaba que los vecinos se enteraran; después de refrescarnos, la madre de Eda nos sirvió de comer; comimos rápido y empezamos a despedirnos agradeciendo a la familia por sus atenciones. De verdad, muy pocas veces había recibido tanta amabilidad desinteresada.

La noche anterior, Eda y yo habíamos dejado el auto cargado y listo para salir. Nos subimos, encendí el motor y tomé el camino de terracería. Para la 1:30 PM ya estaba llegando al entronque e iniciamos nuestro viaje de regreso.

Como dijo Fidel, el viaje de regreso se nos hizo más corto.

Eran las 10:00 PM cuando estábamos entrando al Módulo 2000, donde vivíamos. Llegamos con el auto hasta la puerta de la casa de Carmen. La ayudé a bajar sus cosas y las dejé sobre la mesa del comedor. Carmen me miraba. En su rostro una sonrisa grande, en sus ojos, la mirada de quien agradece un gran favor.

—No sabes lo mucho que aprecio esto que hiciste por mi—, dijo. Y continuó,

—No encontré al hombre que pudiera darme un hijo, pero hoy me consolido como madre con esta criatura. Yo se que tenías tus dudas de ayudarme o no. Ten por seguro que este fue un acto bendecido por Dios, él sabrá recompensarte. En cuánto a mi, siempre te estaré agradecida.

Me abrazó efusiva y fugaz. Así era ella. Era como si temiera darle entrada a cualquier sentimiento. La experiencia fue muy emotiva para Eda tambien que lloraba allá atrás. Era hora de despedirme.

—Este chico hallará una madre ejemplar en ti, eso lo sé. ¿Le contarás algún día todo esto?

—Probablemente tenga que hacerlo algún día; por lo pronto, solo me dedicaré a hacerlo feliz y convertirlo en un hombre de bien.

Eda sorbió sus mocos y desde la penumbra exclamó,

—¡Ay Mario! ¡Qué buena obra! Dios te va a bendecir.

Sonreí y me despedí.

—Bueno, pues suerte con las desveladas. Hasta mañana.

—Hasta mañana—, respondieron las dos a la vez.

Eda se quedó esa noche con Carmen.

Al siguiente sali a a trabajar como cualquier otro día y mi vida siguió su rumbo. Las siguientes semanas iríamos al templo, como siempre, en grupo. Esta vez, Carmen llevaba a su bebé en brazos, y en hombros pañalera y biberones, diría uno que todo normal, pero jamas olvidaré esa luz que de su rostro manaba. Era una expresión que reflejaba lo que había en su corazón, algo que ningún hombre le dio y que sólo ahora había encontrado en su hijo: una felicidad infinita.

Deja un comentario

Tendencias