Día de Prácticas en Yokohama

Alan se despertó temprano, adolorido por haber dormido en el piso. Me sentí culpable, pero en el catre no cabrían dos personas a menos que durmieran abrazados. Se metió a bañar, yo prendí el televisor. Algún mexicano habría de haber usado la habitación antes que nosotros pues este estaba sintonizado en Televisa. Giré el sintonizador mecánico, todo en japonés. De pronto encontré un canal que mostraba cómo llegaban los niños a la sede del concurso, el Pacífico Yokohama Conference Center.

Carlos tocó la puerta. Venía acompañado de otro hombre a quien yo nunca había visto. Me lo presentó; era el director de un prestigioso colegio de la Ciudad de México.

—Rodrigo Calvo, mucho gusto—. Estreché su mano y sonreí. El tipo tenía una mirada incómoda, era como si analizara la ropa que yo usaba, mi calzado…

—Vamos a desayunar—sugirió Carlos—,¿alguna idea?”

Todos estábamos hambrientos, nadie habíamos probado bocado desde que llegamos a Tokio. Salimos del hotel y caminamos por toda la avenida Ghinza. Pensábamos encontrar una fondita, pero no contábamos que en esa calle abundan las tiendas de marca; aparte de un 7-eleven, y restaurantes caros que abrían hasta más tarde, no encontraríamos nada. Nos aventuramos más allá por las entrecalles, pero seguíamos sin suerte. Ya rayaban las 10:00 de la mañana y mis tripas empezaban a fastidiarme. De pronto, al voltear la esquina de @@@@ una visión maravillosa nos hizo creer en los milagros: Una enorme y hermosa “M” amarilla se apareció frente a nosotros. Entramos emocionados. Todos pedimos lo mismo, un suculento McMuffin y café.

Las dos japonesitas

Mientras comíamos, Carlos y Calvo se veían uno a otro y sonreían asombrados. De por si, la mirada inquisitiva de Calvo era molesta. Les pregunté qué pasaba. Detrás de mi, dos japonesitas se intervenían una a otra sus párpados aplicando unas prótesis plásticas para redondearlos. Era una práctica común para hacer parecer sus ojos más “occidentales”. Era la moda.

En camino a Yokohama

—Hoy solo habrá prácticas en el Pacifico—anunció Carlos, luego preguntó —¿quieren que vayamos a ver el lugar y así mañana ya sabemos cómo llegar? —. Todos estuvimos de acuerdo y salimos a buscar la estación del metro más cercana.

En el camino comentamos nuestra experiencia en el pequeño hotel: la cama pequeña, el area común y esas cosas. Esperábamos que Carlos sugiriera algo; después de todo él nos había invitado. Después de pensarlo un rato, prometió que buscaría otra opción ese mismo día.

El JR, el metro japonés.

Caminamos hasta Ueno, y entramos a la estación del JR. Para nuestra suerte, varias líneas conducen a Yokohama, escojimos la línea verde de Yamanote, solo por no parecer tan turistas. Al llegar a la estación Osaki transbordamos a la línea roja de Shonan Sinjuku que minutos después nos dejaría en la estación principal en Yokohama.

Habíamos estado sentados casi una hora, al bajar, observamos a lo lejos, no tan lejos, el edificio del Pacífico. Decidimos caminar hasta allá. Fue mala idea; si que estaba lejos. Se nos reanimó el apetito.

El Pacifico Conference Center

Todo era tan familiar, los padres de los chicos robotistas cargando los sets de robótica, las madres acarreando comida, y los chicos apostados en mesas de picnic arregladas en largas hileras. Las pistas de prácica listas para el certamen, en ese momento podían ser usadas por cualquiera.

Lo primero que llamó mi atención fue el respeto de los turnos, todos hacia fila para usarlas. En las mesas, cientos de chicos de todo el mundo hablando sus respectivos idiomas y programando sus robots. Me fué todo tan familiar; idéntico a lo que ya había observado en los concursos en México. «Esto realmente cambiará al mundo», pensé.

La recepción estaba aglomerada con concursantes y sus coaches que apenas llegaban y se tomaban fotos junto a los anuncios alusivos a la X World Robot Olympiad.

Nosotros fuimos recibidos por los organizadores y nos invitaron a la sala del staff, saludamos, platicamos y nos tomamos fotos con unas japonesitas caracterizadas de Geishas. Y, bueno, era todo lo que se podía hacer ese dia.

Salimos del Pacifico y nos dirigimos al Yokohama Cosmo World que habiamos divisado a lo lejos, cuando bajamos del JR. La entrada es gratis, pero las atracciones cuestan una lana. Había muchas mas atracciones, sin embargo, no podiamos perdernos un viaje en la enorme rueda de la fortuna.

Pagamos 750 yuans cada uno por una viaje de 15 minutos. Nada mal, considerando que una comida callejera costaba entre 1,500 y 3,000 yuans. Los demás juegos estaban casi en el mismo precio. Trepamos todos en un solo carro, la rueda giraba unos cinco grados para permitir la subida de otros pasajeros. En cada movimiento, cada vez quedábamos más arriba. Cuando hubieron subido todos los turistas, la rueda inició su giro, primero lento deliberadamente, para que los pasajeros pudieran tomar fotografías; luego, más rápido, para darle emoción al corto paseo. Quince minutos son muy pocos, el viaje terminó y empezamos a bajar un carro a la vez.

Pronto caería la noche. Salimos del Cosmo World y caminamos hasta el InterContinental Yokohama Grand Hotel con intención de encontrar habitaciones. Tuvimos suerte. Ahora solo teníamos que ir por nuestro equipaje al Oak en Ghinza. Odié tener que dejar Tokio sin haberlo explorado suficiente, pero con el maravilloso sistema de transporte realmente no era problema volver. Esa noche dormimos como angelitos en mejores instalaciones y con servicios incluidos. Cuando llegué a mi habitación pude admirar la maravillosa vista nocturna del Cosmoworld que se apreciaba desde la ventana. Me fuí a dormir, el siguiente día nos prometía grandes sorpresas.

La inauguración de WRO

Llegó el día de la inauguración; ya no había recepciones ni reuniones especiales, el día estaba dedicado enteramente a dos cosas: el espectáculo de apertura y la competencia.

Ochenta equipos de todo el mundo, mayormente de países asiáticos y europeos, con una limitada participación de países americanos. Mexico no estaba presente. De hecho, para eso estábamos allí; teníamos el interés de llevar el concurso a nuestro país.

A las 8:00 A.M. ya se estaban registrando los diferentes equipos y pasaban a la zona de preparación. Hasta seis integrantes y sus coaches por cada equipo.

A las 9:30 A.M., dio inicio la ceremonia de inauguración. La conferencia inicial estuvo a cargo del Dr. Marcelo Ang, jefe del departamento de ingeniería mecánica de la Universidad Nacional en Singapore y fundador de la competencia de robótica en ese país, y la inauguración oficial la declaró el Dr. Akito Arima, un laureado de la física nuclear y orgullo del Japón que fungió como ministro de educación años atrás. La primera media hora de esta fue un espectáculo general de tambores taiko y danzantes ren, en una pequeña muestra del tradicional festival awa odori .

Posterior al espectáculo, una demostración de los más nuevos y avanzados robots que presumían de su equilibrio para desplazarse sobre ruedas: Seisaku-kun, un tipo humanoide en bicicleta diseñado por Murata Manufacturing, un robot en monociclo que no alcancé a escuchar quien lo diseño y la máxima atracción, Asimo, el robot caminante de Honda haciendo una demostración no solo de su habilidad casi humana para desplazarse y bailar, sino de su precisión para meter goles.

La Competencia

El final de la ceremonia de inauguración dió pie al inicio intempestivo de la competencia en sus diferentes categorias. Estas incluían la categoría junior, para chicos de primaria; la high school, para chicos de secundaria y la abierta, donde los equipos se habían concentrado en mostrar sus aplicaciones para salvar al planetañ eran muy frecuentes las aplicaciones de recolección y reprocesamiento de desperdicios, un tema que empezaba a ser de mucha discusión en esos días a nivel político.

Me entusiasmaba ver a tantos chicos y chicas de todas las edades demostrando sus capacidades en ese ambiente tan competitivo. Recorrí todas las instalaciones en el ánimo de no perder detalle.

La zona de competencia estaba dividida en tres: la primera, estaba dedicada a la construcción de los robots -nadie podía llegar con su robot ya construido-, los chicos podían basarse en plaos de construcción previamente desarrollados por ellos mismos o los que ya venian incluidos en el software de su equipo; la segunda era el área de programación, una mesa con suficiente espacio para una computadora y un tapete de prueba alli, los chicos daban ajuste fino a sus rutinas; y, la última y más importante, era la zona de competencia, un vez entrando a ella, los competidores estaban obligados a realizar las rutinas con las que obtendrían su puntaje. Aqui no había entrada ni para entrenadores ni para padres, so pena de descalificación de sus equipos.

Las rutinas de los robots

Había muy poca diferencia entre la complejidad de las rutinas entre categorías, si acaso, lo que las diferenciaba eran las rutas a seguir y los obstáculos; en general, todas las rutinas involucraban, recolección de piezas, discriminación de obstáculos, salir de laberintos y librar obstáculos.

Yo estaba fascinado con la capacidad de los niños asiáticos para resolver problemas, parecían estar entrenados para mantener la calma, definir el problema, buscar psoibles soluciones y elegir la más prometedora. Frustrarme no era una opción.

También era de asombro ver la complejidad de los mecanismos con los que armaban sus robots – a mi me daba la impresión que los entrenadores les daban la mano-: motoreductores que accionaban sujetadores de precisión, palancas simples que utilizaban la inercia para ejecutar una acción, disparadores de presión y otros tan descabellados que accionaban en secuencia mecánica.

-“No, esto no lo hicieron los niños» – pensaba yo.

La premiación

El segundo día, poco después del mediodía, los resultados finales fueron dados a conocer. Corea, Alemania, India, Rusia y Reino Unido tuvieron campeones. El maestro de ceremonias llamaba a los equipos ganadores que subían jubilosos al estrado, ¡eran campeones del mundo en robotica!

La piel se me erizaba al ver a los chicos recibiendo sus medallas de manos de un pequeño robot, más tarde, también al verlos levantar su presea: una copa amarilla construida solo con piezas de LEGO.

Carlos se acerca a mi -algo ajeno a mi entusiasmo-.

—Pues esto ya se acabó. Calvo y los demás estamos pensando en irnos de tour, ¿Nos acompañas?

Di un último vistazo a mi alrededor. Si, aún la ceremonia no concluía, pero la mayoría de los participantes ya empezaban a retirarse.

—Está bien, iré con ustedes.

No conocía su plan. Seguramente sería solamente ir a visitar lugares notables en Yokohama.

Cuando nos reunimos, una tupida multitud empezaba a salir del Pacífico. Las escaleras eran un río de chamacos y sus padres. El ambiente se llenaba de gritos, conversaciones, risotadas y de maletas que rodaban arrastradas por sus dueños. Hubiera sido bueno tomar una última fotografía del lugar…

La experiencia fue maravillosa. En mi cabeza dan vuelta las ideas para llegar a México e implementar muchas de las cosas que había presenciado esos dos días de la competencia. ¡Dos días! Viajar desde el otro lado del océano para ser parte de este evento valió el esfuerzo económico.

La fascinación de aquella experiencia me duró mucho tiempo; tanto, que al siguiente mes realice una operación descuidada que frustró en buena parte mis planes de promover a los chicos mexicanos para el siguiente WRO en Corea en 2009.

Mi vuelo de regreso estaba programado para el día 3 de noviembre. Tenía un día más para conocer Japón. Solo que no sabía si quería acompañar a Carlos, mientras Calvo estuviera allí aún. Salí con ellos esa tarde, pero al día siguiente me fui de tour acompañado únicamente de mi cámara y mis recuerdos de aquella experiencia inolvidable.

Ver Parte 1.

Deja un comentario

Tendencias