Conversar con mi suegro es como escuchar un audiolibro narrado en vivo. Es un hombre con un conocimiento tan vasto que hace que cualquiera a su alrededor se sienta un poco torpe. A veces me pregunto si nació con esa memoria privilegiada o si la ha ido perfeccionando con los años. No importa el tema que se le ponga sobre la mesa, él puede improvisar una conferencia magistral.
Le mencioné, casualmente, si había oído que los productores de James Bond estaban filmando en la Ciudad de México. Y, por supuesto, no solo lo sabía, sino que me respondió con cifras exactas sobre cuánto había gastado el gobierno mexicano para asegurar que México brillara en pantalla. Luego, como quien recita un poema aprendido de memoria, empezó a enlistar todas las películas de 007: títulos, años, escenas icónicas, actores… y la lista parecía interminable.
Mientras él desplegaba su arsenal de datos, me di cuenta de algo: estoy en un extraño proceso de reinicio. No leo noticias, no opino sobre nada, ni me interesa lo que piensen los demás. Es como si estuviera tratando de formatear mi mente, despejarla de ruido y empezar de cero.
Si continúo en ese estado, jamás podré tener una charla con el que iguale su nivel cultural.





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