Cuando fui miembro de un grupo juvenil cristiano, en el segundo año de haber llegado a Monterrey, se organizó el retiro espiritual en Aitek (Puebla, 1977). Aunque todos los jóvenes de Monterrey nos fuimos en grupo con fondos de la congregación, el retorno era por cuenta propia. Regresar en «aventón» no iba a ser fácil.
Al unirme a ese grupo de líderes entusiastas, aprendí que había una forma segura y confiable de sobrevivir a mis monstruos internos y a los traumas que me causaba una vida familiar tormentosa. Era una relación que rayaba en lo insoportable y altamente tóxica, de la que nunca huimos por no encontrar la oportunidad.
Durante las vacaciones nos llegaban oportunidades para ausentarnos y descansar, al menos, unos días; así nos enteramos de que afuera existía un mundo diferente.
Mi turno me llegó con aquel viaje a Puebla. Era una Semana Santa completa dedicada al ayuno, la oración y la convivencia con más jóvenes cristianos de todo México. Como siempre, nunca tuve que pedir permiso; solo avisaba y me iba. Si hubiera dinero, mamá o papá me apoyaría. En esa ocasión me dieron dinero para gastos incidentales. Si me lo gastara todo, ya tendría que buscar la manera de regresar.
La experiencia de conocer y hacer amigos nuevos fue gratificante. Los juegos, los cánticos y las charlas nocturnas fueron un catalizador importante para mi estado de ánimo. Las oraciones y el ayuno, un elixir delicioso para olvidar lo malo y aprender a ver siempre lo bueno de las cosas. «Ver siempre lo bueno de las cosas», un gran aprendizaje para mi vida,
La semana pasó rápido y la fecha para retornar a la realidad llegó. Algunos de los chicos la tuvieron fácil; sus padres pasaron por ellos. Los que asistimos de Monterrey: unos se regresarían en autobús y los demás, con la ayuda de Dios. —Yo estaba en este último grupo.
Alguien sugirió que era preferible irnos en parejas para incrementar la probabilidad de ser recogidos en la carretera por los buenos samaritanos: los traileros sin compañía. Decían que era más seguro, ya que estos estaban más dispuestos a levantar a viajeros para asegurarse de compañía durante el viaje. También porque son los que viajaban grandes distancias; la mejor oportunidad para los de a pie.
Cuando nos sorteamos, me tocó viajar con Óscar, un joven alto, de buena postura y tres años mayor que yo. Nos saludamos y preparamos nuestra partida. Era el mediodía. Bajamos al pueblo; la única forma de salir de allí era en autobús. Diez pesos por cabeza. Cada quien compró su boleto con lo último que nos quedaba; no había de otra. Es difícil recordar la localidad exacta de aquel lugar, pero estaba en una hondonada rodeada de verdes montes. Muy apartada de la ciudad.
El camión hizo una parada en la central de abastos local. Óscar sugirió que nos apearamos y allí buscáramos a alguien que viajara al norte. Los camioneros nos indicaron que desde allí sería difícil y que sería mejor buscar la forma de llegar a Querétaro. Uno de ellos se ofreció a trasladarnos hasta Texmelucan. Llegamos ahí rayando el sol. Al bajar del vehículo, no pudimos evitar asombrarnos ante la hermosura y la majestuosidad de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl. Los últimos rayos de sol coloreaban las cimas; el Popo ostentaba, orgulloso, su eterna fumarola.
Otro carguero nos llevó a Tepeji del Río. La verdad, yo me confiaba en la forma tan segura y amigable en que Óscar negociaba con los choferes. Él se estaba encargando de todo; empezaba a sentirme unútil.
«¡Amigo!¿Necesitas compañía para tu viaje? Somos dos, no ocupamos mucho espacio y somos muy platicadores», —les decía.
Ya era muy tarde cuando llegamos a Tepeji. Estábamos cansados y hambrientos. Óscar quiso parar a comer algo antes de continuar nuestro periplo.
La suerte de nuestro lado y otro aventón nos llevaría a Querétaro.
—Te va a tocar charlar con este chofer, Mario —adelantó Óscar—; me estoy cayendo de cansancio.
Yo andaba igual, pero no podía negarme después de todo lo que él ya había hecho por los dos. Fue la tarea más difícil del viaje. Lo único que me vino a la mente fue relatar mi experiencia como joven cristiano. —El pobre chofer hacía un esfuerzo mayúsculo por mantener la atención. —Antes no se quedó dormido.
En Querétaro tuvimos que buscar dónde dormir. Caminamos por el arcén de la carretera hasta que vimos una alcantarilla debajo de un paso vial. No era un lugar muy acogedor; tampoco era una cloaca; solo era un paso de agua fluvial con olor a lodo y a humedad. Ocasionalmente, el viento dejaba entrar el aroma relajante de las flores del campo. Nos recostamos sobre el talmúd y quedamos profundamente dormidos. —Si nos visitaron las ratas de campo, los coyotes o alguna otra alimaña, no nos enteramos.
A la mañana siguiente desperté con frío. Cuando abrí los ojos, vi a Óscar observándome, sonriendo.
—Ja, ja. Tengo diez minutos llamándote. ¿Te sobra algo de comida?
Saqué de mi mochila un paquete de galletas «Marías»; eran más bien migajas; mi trote las había quebrado. Vació la mitad del paquete en su palma y las engulló. Seguimos nuestro camino cuando ambos tragamos el mingüe bocado.
—¿Crees que lleguemos a Monterrey esta noche? —Pregunté.
—No. Solo que fuéramos muy afortunados. —Hay que orar… —sugirió.
Nos detuvimos frente a un merendero a la orilla del camino. Buscamos un lugar privado y pedimos apoyo a Dios. El señor respondió muy rápido. Unos gringos llegaron en su auto y nos vieron cuando entraron a almorzar. Desde adentro nos observaban con curiosidad. Nuestro aspecto y nuestras ojeadas ocasionales al interior del restaurante llamaron su atención. Cuando salieron, se acercaron a preguntarnos adónde nos dirigíamos y si podían ofrecernos algo de comer. Pues ¿quién puede negarse a un taco? Nos ofrecieron unas gorditas de maíz rellenas de chicharrón. Óscar y yo perdimos el recato y las devoramos con desesperación —¡qué sabrosura!
Ellos mismos nos llevaron hasta San Luis Potosí. Eran espeleólogos y comentaron que estudiarían la «fosa azul» —o algo así—, ubicada en el pueblo de Charcas. Fueron tan amables que todavía nos hicieron el favor de irse por la carretera 57 para dejarnos en el entronque de San Lorenzo, antes de virar hacia su destino. Cuando llegamos, bajamos; nos desearon suerte y desaparecieron por la 12 . En ese momento iniciamos la marcha hacia el norte a muy mala hora. Caminamos un buen trecho. Fueron muchas horas bajo un sol que nos abrazaba con inclemencia. A ambos lados del camino, solo las yucas nos saludaban con graciosas poses; todo lo demás era un árido y candente desierto.
—Ponte la chamarra de turbante, chavo —sugirió Óscar para evitar quemaduras en el cuello y la cabeza.
Unas horas más caminando bajo el sol y empezamos a sentir los efectos de la deshidratación. Nuestras bocas secas, sed, dolor de cabeza, debilidad… espejismos. El pueblo más próximo estaba a cien kilómetros. Varios autos pasaron ignorando nuestra señal rogando un «raid». Empezamos a perder la esperanza.
Ya habían pasado muchas horas. Teníamos hambre. El sol se perdía nuevamente en el horizonte. Llegó la noche y, con ella, el frío del desierto. La desesperación me llevó al llanto. Óscar tenía los ojos cerrados: oraba en silencio: «El Señor no nos abandonará». Cerré los míos.
—Señor —inició Óscar la oración—, tú que dijiste a los apóstoles «pedid y se os dará; buscad y hallareis; llamad y se os abrirá», escucha a tus hijos que claman por tu ayuda.
Lector, nunca menosprecies el poder de la oración. Rogar cuando ya la vemos muy difícil pareciera ser la acción instintiva, pero es la señal de que Dios está allí, esperando que lo llames. Ese día, en ese momento, aún teníamos los ojos cerrados en reverencia cuando un tráiler se detuvo a la orilla, cerca de nosotros.
—¡Chamacos!¿Qué hacen acá solos?¡Súbanse!
Dijo que se había detenido al pensar que éramos una pareja —me había pasado por mujer—. Pensamos que se iba a arrepentir, pero no fue así. Ya en camino, me pidió que alcanzara una caja de cartón detrás del asiento: contenía comida. Nos compartió su lonche y nos entretuvo con su amena charla durante un buen rato. Óscar cayó en un sueño profundo y fue entonces cuando el hombre empezó a comportarse de manera extraña. Posaba con frecuencia su mano en mi pierna —yo viajaba en medio—, incomodándome; otras veces llevaba su brazo por mi espalda y me sacudía el pelo. ¿Sería que le inspiraba ternura?¿Sería que me veía como carne de cañón —su cañón? Me sentí deseado y tuve miedo de que sus manoseos avanzaran más allá. Afortunadamente, el tiempo pasó ligero; Óscar despertó cuando nos aproximábamos a la gasolinera de la entrada a Matehuala y el hombre dejó de tocarme. Cuando nos dejó allí, soplaba una fría brisa que contrastaba con el calor intenso del día. «Ahora lloraremos por frío», pensé.
Eran más allá de la una de la madrugada. Nos sentamos a orillas de la gasolinera y nos abrigamos como pudimos.
—¡Chavos! Se van a enfriar mucho si se quedan allí —dijo un despachador que se acercó con intención de platicar. Óscar le contó que nos tocaba descansar allí y que teníamos la intención de pedir un aventón al día siguiente, esperando que alguien pudiera llevarnos a Monterrey. —Pues acá afuera se van a helar —dijo con la seguridad de quien conoce el desierto. Nos ofreció la sala de máquinas. —Hace mucho ruido allí, pero está calentito —dijo. Pues entramos y colocamos unos cartones que servirían de cama y de protección, ya que había aceite regado en el piso. Ya listos para dormir, pregunté: —¿Hacemos guardia?
—Duerme tranquilo, Mario. El señor vela por nosotros. Cerré los ojos, aún pensando en los avances del chofer aquel: ¿Qué habría pasado si hubiera viajado solo? Fue el único momento en que realmente me sentí en peligro.
Amanecía el segundo día de nuestro viaje. El hombre que nos ayudó ya terminaba su turno y entró al cuarto apresurado.
—¡Buenos días!¡Levántese rápido!
Nos había conseguido un aventón con un trailero que iba hasta la central de abastos de Santa Catarina. Corrimos emocionados. Para nuestra mejor oportunidad de llegar a nuestro destino. Un viaje de cuatro horas que, de no tomarlo, para nosotros significaría quizá dos días más de camino. Corrimos mientras agradecíamos al despachador, quien nos despedía con una sonrisa, como si recordara el tiempo en que también él anduvo de aventón.
La charla con el chofer del tráiler fue larga y Óscar y yo nos turnábamos para entretenerlo con historias. Óscar, más versado en deportes que yo, se encargaba de ese tema. Yo, contando mis aventuras de secundaria, los mantuve entretenidos y sonrientes.
«Monterrey 40 km» se leía en una señal al margen de la carretera. ¡Qué emoción! Eran casi las siete de la mañana cuando estábamos llegando a la central de abastos. —¿Me echan una mano bajando unas cajas? —Solicitó el chofer. Accedimos; era lo menos que podíamos hacer para corresponder al favor. A l terminar de ayudarle, le dimos las gracias y nos despedimos. Óscar también hacía lo mismo conmigo.
—Hasta aquí llegamos, Mario —dijo a la vez que extendía su mano hacia mí. —Yo vivo aquí cerca; caminaré a casa.
Me despedí de él con un abrazo, haciéndole ver cómo me había sentido protegido por él, como si fuera un hermano mayor. Sonrió y dio la vuelta para continuar su camino. Me quedé allí sentado, pensando, «¿Y ahora, yo cómo le hago?» Me senti desamparado. Aunque ya estaba en la zona metropolitana, aún faltaba un buen trecho para llegar a mi casa. Pensé que podía caminar —después de todo, ya venía con suficiente práctica—, pero en ese momento me llegó otra bendición: de la puerta del mercado salía una camioneta Dodge pickup azul marino. Reconocí el vetusto vehículo en el que yo mismo había llegado a recoger mercancía cuando viví con mi tía Gracey. El chofer era Trinidad.
—¡Trino!¡Trino! —Grité ansioso. Volteó su regordeta cara hacia mí, medio asustado, al reconocer mi voz. Era raro que yo anduviera por ese lugar tan temprano. Se detuvo. Corrí y me trepé del lado del copiloto. Luego, con el típico sonsonete norteño, me pregunta: —¿Qué andas haciendo acá, pela’o?
La casa de mi tía estaba a diez cuadras de la mía. Las caminé muy fresco, olvidando el hambre, la deshidratación y el cansancio por un rato. Entré a mi casa. Mamá estaba preparando el desayuno. Aunque mi estado era visible, ella se concretó a preguntar: —¿Cómo te fue?
Le conté todo lo que viví en el retiro, omitiendo la parte del trayecto de regreso y la de cuando me sentí desesperado. Aunque en parte lo intuía, lo sabía. —Las madres siempre acompañan a sus hijos.
Me sirvió un plato y continuamos la conversación.
El retorno peligroso me enseñó que el viaje por esta vida no se mide en kilómetros recorridos, sino en la conciencia con que enfrentamos cada trayecto.
En mi camino aprendí que en la vida hay que ser más fuerte que el cansancio y el hambre, que hay momentos en que pensar antes de actuar es importante, pero, más importante aún, que Dios responde a las oraciones.
-Fin




Deja un comentario