“Hay momentos en la vida que no se entienden hasta que se recuerdan. Y hay recuerdos que no se valoran hasta que se han vivido con el corazón abierto.”
Editorial: Ecos de una transición
Hay etapas en la vida que no se anuncian con fanfarrias, pero que marcan profundamente. La transición de la niñez a la juventud es una de ellas: silenciosa, a veces confusa, pero siempre reveladora. En este texto, el autor no pretende dar lecciones ni ofrecer fórmulas mágicas. Lo que aquí se comparte son fragmentos vividos, pensamientos que nacen del recuerdo y emociones que aún resuenan.
Vivir en libertad es más que una reflexión: es una colección de momentos que muchos hemos sentido pero pocos nos detenemos a nombrar. Cambios físicos que no se perciben pero se notan, amistades que se transforman, decisiones que nos empujan hacia lo que seremos. Cada párrafo es una ventana a ese proceso de descubrimiento, donde el autor se desnuda con honestidad para mostrar que crecer no es solo avanzar en edad, sino aprender a elegir con conciencia.
Este texto invita a mirar atrás con ternura y hacia adelante con valentía. Porque entender el camino recorrido es también una forma de prepararse para lo que viene. Y en ese trayecto, la libertad no es un destino, sino una forma de vivir.
Capítulo 1. Cuando el cuerpo empieza a hablar
Los cambios físicos durante la pubertad no solo transforman el cuerpo, también alteran la forma en que el entorno nos percibe. A veces, esa mirada externa llega antes que la aceptación interna. Es normal sentirse confundido, incluso avergonzado. Pero cada paso en ese camino es parte de crecer. El consejo: no apresures tu identidad por lo que otros ven. Tu cuerpo cambia, sí, pero tu esencia se forma con tiempo, con experiencia y con conciencia.
Crecer también es aprender a mirar sin miedo. El cuerpo cambia, y con él, nuestra percepción del futuro. A veces, lo que vemos en otros nos inquieta, porque nos obliga a pensar en lo que vendrá. Pero cada etapa tiene su belleza, su propósito, su fuerza. El consejo: no temas al futuro por lo que ves hoy. Tu camino será único, y tu cuerpo, como tu historia, merece ser vivido con dignidad, no con temor. La reconciliación con el futuro comienza cuando dejamos de verlo como algo que nos sucede y empezamos a entenderlo como algo que construimos. Cada etapa de la vida tiene su belleza, su fuerza, su propósito. El consejo: vive con plenitud, sin prisa, sin miedo. El futuro no está escrito… lo escribes tú.
Artemio y el espejo
Artemio estaba por cumplir trece años. Desde finales del año anterior había notado el nacimiento de un vello incipiente en su cuerpo. Le producía una mezcla de orgullo y curiosidad. En la privacidad de su habitación, emprendía pequeñas excursiones frente al espejo, observándose con atención, imaginando cómo luciría su cuerpo cuando aquel vello se hiciera más grueso y oscuro.
No era el único. Sus amigos recorrían la misma senda, compartiendo experiencias similares. Sus cuerpos, aún delgados y algo torpes, comenzaban a adquirir la forma de aquellos adolescentes mayores que hacían suspirar a las chicas de tercero de secundaria. El cambio era lento, pero evidente. Y aunque cada transformación parecía íntima, el mundo empezaba a notarla también.
El salto inesperado
Su padre les había inculcado el amor por el deporte a él y a sus hermanos desde pequeños. Con disciplina y entusiasmo, asistían con regularidad a la Unidad Deportiva Cuauhtémoc del IMSS en Naucalpan, ese recinto que hoy se distingue con claridad desde el Viaducto Bicentenario, como un recuerdo visible en el paisaje urbano.
Uno de aquellos días, Artemio se preparaba para su clase de natación, como era costumbre, en los vestidores destinados a niños. Un letrero lo dejaba claro: “Uso exclusivo para menores de quince años”. Aunque el vello que comenzaba a poblar su cuerpo era motivo de orgullo —una señal de que estaba creciendo, de que algo en él se afirmaba como varón—, aún se desvestía con cierta prudencia, con ese pudor que acompaña los primeros cambios.
Así lo hacía aquel día, hasta que una voz lo interrumpió con brusquedad. Un hombre, desde la jaula donde se guardaban visores, flotadores y aletas, lo señaló sin rodeos:
—¡Hey tú! ¡Agarra tus chivas y vete al vestidor de adultos!
El pudor se transmutó en vergüenza. Artemio se quedó quieto, confundido. Sabía que su cuerpo estaba cambiando, lo entendía. Pero… ¿adulto? Nunca pensó que el proceso lo llevaría tan rápido a ese nivel. No era solo un cambio físico. Era el mundo diciéndole que ya no era niño, que debía asumir una nueva identidad, aunque él aún no se sintiera listo.
El espejo ajeno
Los días de práctica posteriores fueron incómodos para Artemio. El cambio de vestidor no solo alteró su rutina, sino también su mirada. Ahora compartía espacio con cuerpos que hablaban de otras etapas, de otros ritmos. Veía a los adolescentes que le llevaban dos o tres años, ya más definidos, más seguros. Observaba a los jóvenes de veinte, con músculos marcados y gestos confiados. Y también a los adultos, incluyendo a su padre, hombres casados cuyos cuerpos comenzaban a perder la gallardía varonil que alguna vez los distinguió.
Ese desfile de formas y edades lo confrontaba. Era como mirar el futuro en fragmentos: algunos deseables, otros inquietantes. En silencio, se preguntaba si ese destino era inevitable, si el cuerpo que ahora apenas comenzaba a transformarse terminaría también por rendirse al tiempo. No quería llegar ahí todavía. No así. Su orgullo se mezclaba con una extraña melancolía, como si el espejo ya no reflejara solo lo que era, sino lo que podría llegar a ser.
El tiempo como aliado
Artemio volvió a la alberca la semana siguiente, con el mismo maletín, la misma toalla, pero con una sensación distinta. Ya no era solo el niño que se escondía en los vestidores infantiles, ni el adolescente confundido por el juicio ajeno. Era alguien en tránsito, sí, pero también alguien que empezaba a entender que crecer no era una traición a sí mismo, sino una forma de descubrirse.
Mientras se cambiaba en el vestidor de adultos, observó de nuevo los cuerpos que antes lo habían inquietado. Esta vez, no con temor, sino con curiosidad. Algunos mostraban fuerza, otros desgaste, pero todos hablaban de historias vividas. De hijos, de trabajos, de sueños cumplidos o abandonados. Y en ese instante, comprendió que el cuerpo no es solo una forma: es un testigo. Un archivo silencioso de lo que hemos amado, sufrido, deseado.
Esa tarde, al salir del agua, el sol le dio en la cara con una calidez especial. No era el mismo de antes. No por el vello, ni por el cambio de vestidor, sino por lo que había entendido: que cada etapa tiene su plenitud, si se vive con conciencia. Que no hay que temerle al futuro, porque el futuro no es una amenaza, sino una creación. Y que el cuerpo, aunque cambie, siempre será hogar si se habita con dignidad.
Artemio caminó hacia su padre, que lo esperaba como siempre, con una sonrisa tranquila. No dijeron mucho. No hacía falta. Su padre fue testigo mudo de esa transición. En ese silencio compartido, había una certeza: crecer no es perder, es ganar perspectiva. Y el tiempo, lejos de ser enemigo, puede ser el mejor aliado cuando se vive sin miedo.
La reconciliación con el futuro comienza cuando dejamos de verlo como algo que nos sucede y empezamos a entenderlo como algo que construimos. Cada etapa de la vida tiene su belleza, su fuerza, su propósito. El consejo: vive con plenitud, sin prisa, sin miedo. El futuro no está escrito… lo escribes tú.
Capitulo 2. De la fuerza física y la salud.
El cuerpo comienza a hablar antes de que sepamos escucharlo. En la transición de la pubertad a la adolescencia, cada joven descubre que crecer no es solo una cuestión de tiempo, sino también de herencia. La genética, silenciosa y persistente, dibuja los contornos de nuestra complexión con una firmeza que a veces desafía el esfuerzo. Algunos cuerpos responden con rapidez al ejercicio, a la proteína, al sueño reparador. Otros, en cambio, parecen resistirse, como si estuvieran comprometidos con una forma que no quiere ceder.
Los hábitos alimenticios juegan su papel: nutren los músculos, despiertan el ánimo, dan energía al día. Pero no todos los cuerpos revelan sus cambios de la misma manera. Hay quienes, pese a la disciplina, conservan una delgadez que parece eterna; otros desarrollan volumen con facilidad, como si su genética estuviera esperando el momento justo para activarse. Y en medio de esa diversidad, cada adolescente se pregunta si está creciendo “bien”, si su cuerpo está cumpliendo con lo esperado.
Pero crecer no es una competencia. Es un proceso íntimo, único, profundamente influenciado por lo que heredamos y por cómo decidimos vivir. La complexión no define el valor, ni el ritmo del desarrollo determina el destino. Lo importante es entender que el cuerpo, aunque guiado por la genética, también responde al cuidado, a la paciencia, y sobre todo, a la aceptación.
Compararse es humano, pero también es peligroso. Cada cuerpo tiene su ritmo, su herencia, su historia. La genética puede marcar límites, pero no define el valor. El consejo: en vez de mirar lo que otros tienen, cultiva lo que tú eres. La verdadera fortaleza no siempre se mide en músculo, sino en la capacidad de aceptar, aprender y seguir creciendo desde donde estás.
La forma que nos toca
Juan Balyan era nuevo en el barrio. Su familia se había mudado apenas unos días antes, a tres casas de la de Artemio, en Balcones del Valle, un vecindario montado sobre una loma en los límites de Atizapán y Tlalnepantla, donde las calles parecían trepar hacia el cielo y los atardeceres pintaban de escarlata los desnudos tejados.
Juan, de la misma edad que Artemio, era un poquitín más alto, rubio, pecoso, con unos ojos amielados que brillaban como si guardaran secretos. Le gustaba el fútbol, aunque le iba al Necaxa —»el muy tonto», pensaba Artemio con una sonrisa burlona. Su hermana Victoria ya se había integrado con naturalidad, haciendo migas con los tíos de Artemio que solían visitarlo los fines de semana. Pero entre Juan y Artemio, aún no había palabras.
Un día, mientras Juan hacía dominadas con el balón frente a la casa, Artemio descansaba sobre la barda, mirando sin mirar. Victoria, que observaba la escena desde la acera, rompió el silencio con la espontaneidad que solo los niños conservan:
—¡A ver ustedes! —gritó con ese tono mandón que le era muy propio— ¡Preséntense! ¿Qué es eso de que aún no sean amigos?
Artemio obedeció al instante, como si ya deseara entablar esa incierta amistad desde hacia rato. Juan tendió la mano, intercambiaron nombres, y así, como si nada, se fueron a jugar. Así de fácil era convertirse en amigos. O al menos, eso parecía.
Pero el juego reveló más de lo que las palabras podían decir. Artemio notó pronto una diferencia marcada entre ambos. Él era más hábil, más fuerte, con una resistencia que lo hacía destacar. Sin embargo, cuando el juego se volvía físico, cuando las risas se transformaban en luchas sobre el césped tupido del jardín público, Juan siempre terminaba sometiéndolo. Con agilidad, con técnica, con una energía que parecía inagotable.
Y entonces, nuevos nubarrones comenzaron a menguar la autoestima de Artemio. La genética, que antes le había dado orgullo por su incipiente vello y su cuerpo en transformación, ahora parecía obstinarse en mantenerlo en una complexión definida, limitada. Su baja resistencia física y habilidad deportiva lo ponían en desventaja frente a Juan, que parecía crecer sin esfuerzo, como si su cuerpo supiera exactamente qué hacer.
La diferencia como punto de partida
“¿Por qué soy diferente?” —se preguntaba Artemio, con esa mezcla de frustración y tristeza que suele acompañar el despertar de la conciencia corporal. Pensaba que aquellas diferencias lo hacían menos capaz, y en su imaginación ya se dibujaba un mundo donde los demás se burlaban de él por no brillar en el deporte. Buscaba consuelo en la comparación: se medía en fuerza y habilidades con sus amigos, analizaba su estructura, su complexión, y aunque sí encontraba muchachos con una figura similar, el alivio no llegaba. Lo que le molestaba no era estar solo en esa condición, sino ser él quien la vivía.
La incomodidad creció hasta que decidió hablar con su padre. Fue una conversación honesta, sin dramatismos, pero cargada de significado. Su padre lo escuchó con atención y luego le dijo:
—La disciplina en el ejercicio y la buena alimentación son vitales para tener un cuerpo sano y resistente.
Le hizo ver que, aunque Artemio mantenía cierta rutina física, sus hábitos alimenticios estaban más guiados por el disfrute de la comida regional —sabores intensos, porciones generosas— que por la salud. Si realmente quería cambiar, debía empezar por ahí. No se trataba de renunciar al placer de comer, sino de aprender a equilibrarlo con lo que su cuerpo necesitaba.
Al final, ambos acordaron que el ejercicio debía formar parte de su rutina diaria, no como castigo ni como obsesión, sino como una herramienta para conservar la salud, fortalecer la resistencia física y prevenir enfermedades. Artemio, decidido, pidió una guía de ejercitamiento físico por correspondencia —una de esas que llegaban por correo, con ilustraciones y tablas semanales— y se aplicó con constancia.
Pero algo más cambió en él. Al dejar de compararse, empezó a enfocarse en lo que sí tenía: su capacidad de observación, su facilidad para escribir, su sensibilidad para entender a los demás. Poco a poco, esas habilidades comenzaron a definir su personalidad. Ya no era el chico que no destacaba en el deporte. Era Artemio: el que sabía escuchar, el que escribía historias, el que entendía lo que otros no sabían decir.
La autoestima no nace del parecido con los demás, sino del reconocimiento de lo propio. Compararse puede ser útil para entenderse, pero vivir en función de esa comparación es perderse. El consejo: acepta tu cuerpo como es, cuídalo con conciencia, y deja que tus verdaderas habilidades hablen por ti. La diferencia no es debilidad… es identidad.
Capitulo 3. De la relación con los padres.
Durante la pubertad, el cuerpo cambia, la mente se agita y las emociones se vuelven más complejas. Es una etapa de descubrimientos, pero también de silencios. Muchos hijos, aunque rodeados de amor y cuidados, guardan para sí lo que les pasa… todo lo que les pasa. No por falta de confianza, sino por pudor, por miedo a no ser comprendidos, por esa necesidad de construir una identidad propia sin sentirse invadidos.
La comunicación con los padres se vuelve entonces un terreno delicado. Ellos quieren saber, quieren ayudar, quieren guiar. Pero los hijos, en su afán de autonomía, a veces se cierran, se esconden detrás de respuestas breves o gestos esquivos. Y sin embargo, cuando esa barrera se rompe —cuando hay espacio para hablar sin juicio, para escuchar sin prisa—, algo poderoso ocurre. El vínculo se fortalece, la confusión se disipa, y el adolescente descubre que no está solo en su proceso.
Hablar con los padres no siempre es fácil, pero es necesario. Porque en ese diálogo, aunque imperfecto, se siembra la confianza que acompañará toda la vida.
Lo que no se dice.
El cuerpo de Artemio vivía una revolución silenciosa. Ya no era solo el vello que crecía sin tregua por su piel, ni la voz que se quebraba entre tenor y contralto como si no supiera a qué registro pertenecer. Sus movimientos eran torpes, como si sus extremidades se alargaran sin previo aviso y tropezaran con el mundo. Pero una noche, el temor se apoderó de él.
Habían regresado a casa después de una salida al cine. El Variedades estrenaba El Último Tango en París, una película marcada “Solo para Adultos”. Los jóvenes mayores de trece podían entrar acompañados de sus padres. El padre de Artemio pensó que sería un buen regalo para celebrar su catorceavo aniversario.
Y allí estaba Artemio, sentado entre sus padres, disfrutando la trama con curiosidad, hasta que apareció Maria Schneider, desnuda, mostrando su cuerpo con naturalidad, sin recato. Aunque la escena era artística, casi poética, la presencia de sus padres lo obligó a contener su admiración. Se levantó con el pretexto de ir por palomitas, pero en realidad buscaba espacio para procesar lo que sentía. Desde el fondo de la sala, observó con detenimiento la figura de Jeanne. No era la primera vez que experimentaba una erección, pero esta vez le pareció distinta, más intensa, más reveladora.
Al llegar a casa, agradeció a sus padres por la película y se retiró a su habitación. Se quedó dormido rápidamente, pero su mente seguía dibujando aquellas escenas en sus sueños. En medio de la noche, despertó sobresaltado al sentir algo tibio deslizándose por su entrepierna. Introdujo la mano y tocó aquella humedad extraña. Se asustó. Quiso correr con su padre, pero no se atrevió. Se quedó allí, mudo, inmóvil, en shock.
El puente invisible
Al final, un poco de claridad le llegó a la mente y decidió ducharse. El sonido del agua cayendo en la regadera despertó a su madre, siempre alerta a los movimientos de la casa. Entró a la habitación de Artemio y levantó las ropas mojadas que él había dejado en el piso. El aroma le reveló la verdad. No dijo nada. Regresó sigilosa a su habitación y trató de dormir, pero no lo logró. Se movía inquieta de un lado a otro hasta que despertó a su marido.
—Tu hijo ya es un hombre —murmuró.
Era sábado, día de mercado. Los esposos solían ir juntos al de abastos en Tlalnepantla para surtir la despensa. Pero esta vez, la madre se quedó en casa. El padre le pidió a Artemio que lo acompañara. A mitad del camino, mientras el auto avanzaba por las calles aún frescas de la mañana, su padre rompió el silencio:
—Tu madre me dijo que algo te pasó anoche.
Un calor recorrió la espalda de Artemio y se refugió en su rostro. Se puso rojo escarlata. Le pareció que su cuerpo se encogía, que se volvía pequeño, insignificante, como un gnomo. Sí, quería ser un ente mágico y desaparecer en ese instante.
—No te avergüences —continuó su padre con voz serena—. Es natural… y fue culpa mía. Fui imprudente al exponerte a escenas que quizá no eran apropiadas para tu edad. Pero quiero que sepas que lo que te pasó es perfectamente normal. Todos los hombres hemos estado allí alguna vez en la vida.
Artemio no lo miraba a los ojos. Su vista estaba fija en la nada, pero sus oídos sí escuchaban. Las palabras de su padre le incomodaron al principio, como si tocaran una parte de él que aún no sabía cómo nombrar. Pero un comentario final —dicho sin juicio, con ternura— lo hizo recobrar la confianza.
—No estás solo en esto, hijo. Tu cuerpo está creciendo, sí… pero también tu vida. Y yo estoy aquí para acompañarte, sin juicios, siempre.
En ese instante, reconoció que tenía en su padre no solo a un guía, sino a un amigo. Alguien a quien podía recurrir en su proceso de cambio, sin miedo, sin vergüenza.
La comunicación entre padres e hijos no siempre es fácil, pero puede ser profundamente transformadora. Cuando hay espacio para hablar sin juicio, el miedo se disuelve y la confianza florece. El consejo: no temas abrirte con quienes te aman. A veces, una sola conversación puede construir el puente que necesitas para cruzar hacia tu propia madurez.
Capítulo 4. De la turbulencia hormonal y el despertar de la sexualidad.

El despertar del deseo
Durante la adolescencia, el cuerpo humano se convierte en escenario de una transformación profunda. Las hormonas, como mensajeras invisibles, activan procesos que no solo modifican la voz, la piel o la musculatura, sino que también despiertan una energía nueva: el deseo. Esta fuerza, natural y poderosa, no surge únicamente del instinto, sino también del anhelo de conexión, de reconocimiento, de pertenencia.
La turbulencia hormonal no es un error ni una amenaza: es parte del diseño biológico que impulsa la selección natural. El cuerpo busca, el corazón responde, y la mente comienza a imaginar vínculos que antes no existían. En este cruce de caminos entre lo físico y lo emocional, se enciende el sentimiento en su esplendor. El deseo no es solo atracción, es también curiosidad, ternura, y la necesidad de ser visto con otros ojos.
Este despertar marca el inicio de la búsqueda amorosa. No siempre es clara, ni siempre es correspondida, pero es auténtica. Y en esa primera aventura —torpe, intensa, inolvidable— se revela una parte esencial del crecimiento humano: la capacidad de sentir, de elegir, y de descubrir que el amor, como el cuerpo, también aprende a crecer.
El impulso de vivir
Los tres amigos se habían distinguido por su disciplina y dedicación a los estudios. Eran jóvenes en la cúspide de la pubertad, esa etapa en la que la energía se acumula como fuego bajo la piel y necesita ser liberada. Lo hacían casi siempre a través del deporte, o en aventuras que, aunque emocionantes, solían terminar metiéndolos en problemas.
La escuela, ese jueves, se sentía más gris que nunca. Ninguno quería pasar un día más entre pizarras y horarios. Artemio lidiaba con la insistencia de sus compañeros de clase, como solía hacerlo, pero algo en el aire anunciaba que ese día sería distinto.
Lucio, el más atrevido del grupo, tuvo una idea que encendió la chispa: escaparse de la escuela al día siguiente, cada uno con su pareja. No era solo una travesura, era una declaración de independencia, una forma de probarse a sí mismos en el mundo real. El destino elegido no podía ser otro que el gran pulmón de la ciudad: el Bosque de Chapultepec. Un lugar lleno de árboles, senderos, secretos… y promesas.
La propuesta no era solo una escapada. Era el primer intento de vivir el amor fuera de los márgenes escolares, de explorar el deseo en libertad, de sentir que el cuerpo y el corazón podían caminar juntos hacia algo nuevo.
Artemio estaba acostumbrado a notificar a sus padres cualquier actividad que se saliera de su rutina. Tenía con ellos una relación basada en la confianza, y la mayoría de las veces, condescendían con sus planes. Desde pequeño le habían enseñado que era libre de hacer lo que quisiera, siempre y cuando estuviera dispuesto a asumir las consecuencias de sus actos.
Pero esta vez, algo cambió. La idea de escaparse de la escuela —de irse de “pinta” con sus amigos y sus respectivas parejas— le parecía demasiado atrevida para compartirla. No creía que sus padres lo aprobaran, y tampoco quería enfrentar la posibilidad de que lo disuadieran. Así que, por primera vez en mucho tiempo, decidió callar.
No fue una decisión tomada a la ligera. Sabía que estaba rompiendo un pacto tácito, que estaba cruzando una línea que antes había respetado. Pero también sentía que necesitaba probarse a sí mismo, vivir algo sin pedir permiso, sin explicaciones. Era un acto de independencia, sí, pero también de incertidumbre. Porque crecer, a veces, implica guardar silencio… incluso ante quienes más nos quieren
Hay un instante en la vida de todo adolescente en que la necesidad de libertad se impone sobre la costumbre de obedecer. No es rebeldía pura, ni desprecio por la autoridad. Es más bien una urgencia interna, una voz que dice: “Quiero decidir por mí mismo, aunque me equivoque.” Ese momento —cuando se elige callar lo que antes se compartía— marca un cruce silencioso entre la infancia y la autonomía.
Desafiar la confianza con los padres no siempre nace del deseo de ocultar, sino del deseo de probarse. El joven sabe que hay riesgos, que hay consecuencias, pero también siente que necesita vivir algo sin intermediarios, sin explicaciones. Es un acto de afirmación, aunque a veces venga acompañado de culpa o temor.
Para los padres, ese silencio puede doler. No porque se haya roto la comunicación, sino porque se ha cruzado una frontera que antes parecía segura. Pero si el vínculo es fuerte, si la confianza ha sido sembrada con paciencia, ese desafío no destruye: transforma. Porque crecer implica aprender a decidir, y decidir implica aprender a asumir.
El consejo: los hijos necesitan espacio para equivocarse, y los padres, sabiduría para esperar. La libertad no se impone, se conquista. Y la confianza, si es verdadera, sabe volver cuando más se necesita.
La fuga
El viaje desde la secundaria hasta el Bosque de Chapultepec era largo: tres horas de trayecto, si todo salía bien. Los chicos lo habían planeado con precisión, decididos a salir temprano, justo después de la ceremonia del día. Y así lo hicieron.
Mientras los alumnos marchaban en fila hacia sus respectivos salones, ellos se escabulleron discretamente por un pasillo lateral de la escuela. Una gran barda marcaba la colindancia con un llano inhóspito, poblado de maleza y quién sabe cuánta alimaña. Sin pensarlo demasiado, buscaron algo que les ayudara a trepar. Primero los hombres, luego las mujeres —ellas, por pudor, no querían que les vieran los calzones mientras subían.
Tenían que actuar rápido. Ya estaban los seis en lo más alto de la barda, y ahora debían brincar hacia el otro lado. No había de dónde apoyarse, y el salto parecía arriesgado. Temían lastimarse, pero no había otra opción. Uno tras otro, brincaron. Afortunadamente, todos salieron ilesos. Con una carcajada celebraron su osadía, sintiéndose invencibles por un instante.
Pero aún no estaban librados. La única parada del camión estaba justo frente a la puerta principal de la escuela… y a la prefectura. El camión de la ruta SatéliteTacuba no hacía paradas no oficiales. Si querían subir, tendrían que hacerlo justo allí, a la vista de todos. Portando el uniforme escolar, era muy probable que el prefecto los divisara desde su oficina y saliera corriendo a atraparlos por las orejas para devolverlos al aula.
Ya venía un camión. Estaban a veinte pasos de la parada. Una anciana, con paso lento, señaló al chofer que se detuviera. El camión frenó. Los chicos y las chicas corrieron a treparse lo más rápido que pudieron. La anciana subía con la lentitud que sus músculos cansados le permitían. Los chicos, al estribo, detrás de ella, contenían la respiración.
A lo lejos, se escuchó un silbato.
¡Los habían pillado!
Don Walterio, el prefecto, ya abría el portón. La anciana, aunque había logrado trepar al camión, apenas comenzaba a contar sus monedas para pagar. Los chicos, agazapados detrás de ella, contenían la respiración. Una risa nerviosa los agobiaba. Sabían perfectamente lo que pasaría si el prefecto los reconocía: sermones, castigos, y el regreso humillante a clases.
La anciana terminó de pagar, recibió su boleto, y al fin pudieron subir todos a la vez, tropezándose entre risas y empujones. El camión arrancó justo a tiempo. Don Walterio se quedó en la acera, aguzando la vista, tratando de identificar los rostros de quienes se escapaban de su vigilancia.
Ya lejos, el grupo de fugitivos reía triunfante. La adrenalina del escape les corría por las venas como si hubieran burlado al mismísimo diablo. Por el retrovisor, el chofer también festejaba con una sonrisa cómplice, como si recordara que en sus tiempos, él también se había ido de pinta alguna vez.
La viejita, sentada en su lugar, se pasó el resto del camino negando con la cabeza, desaprobando en silencio la actitud y el escándalo que hacían los chicos con sus risotadas. Pero ellos no la veían. Estaban demasiado ocupados celebrando su libertad, sabían que ese camión no los llevaba solo al Bosque de Chapultepec, sino a su primera experiencia en libertad.
Chapultepec: cuando el mundo fue solo de ellos
El viaje fue largo. Algunos se quedaron dormidos, vencidos por la emoción anticipada. Lucio, detrás de sus lentes de fondo de botella, avistó la terminal y los animó a salir por la puerta trasera.
—Tomaremos el metro —indicó con autoridad.
Bajaron entusiasmados, corriendo de la mano de sus chicas. Alejandro con su risueña Leticia, Lucio con la atletica Elizabeth, Artemio con la dulce pecosa, Bertha.
Subieron al Castillo de Chapultepec y recorrieron el museo con ojos asombrados. Admiraron las lujosas carretas del emperador, los intrincados vestidos de la emperatriz, las peculiares armas de guerra. En la plaza de armas, contemplaron las estatuas de los Niños Héroes, y luego corrieron hacia el muro de la ciudadela desde donde, según la leyenda, Juan Escutia se había lanzado al vacío. Alejandro, siempre el bufón, imitaba la escena con dramatismo exagerado. Lucio con su mente ocurrente y creativa preguntó,
—¿Quien en su sano juicio se va de pinta para entrar a un museo?
Después, descendieron cuesta abajo hacia el lago. Había poca gente. Parecía que todo estaba preparado solo para ellos. Las chicas propusieron rentar un bote de remos. Antes, se abastecieron de palomitas y bocadillos chatarra. Habrían querido rentar un bote por pareja, pero como buenos estudiantes, no tenían suficiente lana. Los seis cupieron sin problema en uno solo, turnándose los remos entre bromas y carcajadas.
La libertad tenía sabor a sol y agua. Era un extraño éxtasis, como si el mundo les perteneciera por unas horas. Abrazaban a sus parejas con más anhelo que nunca. Artemio, enamorado, observaba las pecas del rostro de Bertha y sentía una ansiedad dulce. Quería besarlas una a una, aunque sabía que no le alcanzarían las horas.
Lucio y Bety, a sus espaldas, habían estado callados un rato. Al voltear, los vieron fundidos en un beso largo, idílico, como si el tiempo se hubiera detenido para ellos. Bertha ofreció una mirada sugestiva, y pronto estaban imitándolos. Alejandro y Leticia, entre risas, lanzaban palomitas a sus bocas ocupadas, interrumpiendo traviesamente el intercambio de fluidos.
Entonces, Alejandro se levantó, abierto de piernas sobre ambos lados de la borda, y comenzó a balancearse de un lado a otro, provocando una marejada peligrosa. Las chicas le gritaban que parara, pero a él eso le parecía aún más divertido.
El vaivén terminó por volcar el bote. Cayeron todos al agua. Intentaron, sin éxito, voltearlo para recuperarlo. Cerca de ahí había un islote. Nadaron hacia él, esperando que alguien los rescatara pronto. El bote se hundió. Y nadie llegó en su auxilio.
Instante de pasión en el islote.
Empapados y al cobijo del débil sol de primavera, los chicos y las chicas comenzaron a quitarse sus prendas escolares. Las faldas, camisolas y pantalones fueron exprimidos con torpeza y risas, luego tendidos sobre las tibias rocas del islote. No temían ser vistos: un gran ahuehuete se alzaba por un lado, y juncos crecidos tapaban el otro. Era su refugio improvisado, su pequeño mundo secreto.
Lucio, sin pudor, se desprendió de su ropa interior y la exprimió, quedando completamente desnudo. Alejandro y Artemio lo siguieron, entre bromas y complicidad. Las chicas hacían lo mismo del otro lado de las rocas, con naturalidad. Habiendo terminado, comenzaron a vestirse de nuevo, aunque la ropa aún estaba húmeda.
Alejandro y Artemio permanecían en trusa cuando las chicas se acercaron. No hubo palabras. Tampoco incomodidad. Parecía como si ellas estuvieran acostumbradas a ver a sus hermanos semidesnudos. Se abrazaron apasionados, se recostaron sobre la dura roca y apretaron sus cuerpos como queriendo fundirse en una sola carne. Artemio notó que la rigidez en su entrepierna era extrañamente sensible. Bertha bajó la mano y lo tocó suavemente, deteniéndose un momento para palpar. Artemio estaba a punto de explotar… y lo habría hecho, de no ser por un grito que rompió el hechizo:
—¡Eh, impúdicos! ¡Llamaré a la policía si no se visten!
Un gran temor los embargó. No sentían que hacían mal, pero imaginarse de pinta y en la cárcel era demasiado. Entonces, el lanchero soltó una carcajada:
—¿No, culeros? —dijo, dejando claro que no hablaba en serio.
Rieron nerviosos.
Subieron al bote que los llevó al puerto. Antes de partir, el lanchero les advirtió:
—Corran, váyanse antes de que mi jefe les quiera cobrar el bote hundido.
Y corrieron lo más rápido que pudieron mientras reían emocionados. Lucio reía más que todos.
—¿De qué te ríes, güey? —le preguntaron.
—Dejé mis calzones allá —respondió entre carcajadas.
Reventaron en risas nuevamente, corriendo hasta la parada del metro.
Las horas pasaron rápido. Ya oscurecía. Sabían que estaban en problemas: llegarían a casa cerca de las nueve, mucho más tarde de lo normal en un día escolar. Las chicas estaban nerviosas. Querían que las acompañaran hasta sus casas y las entregaran en la puerta con alguna excusa para evitar el castigo. Así lo hicieron, cada uno con su chica, cada uno con una historia inventada diferente.
Todos salieron bien librados.
Los chicos llegaron a sus casas sin problema. Nadie les preguntó. Nadie les reclamó.
A pesar de las complicaciones de la semana siguiente —Don Walterio sí los identificó y terminaron reportados— ese día en el lago fue inolvidable. Actuaron en absoluta libertad y despertaron a nuevas y deliciosas sensaciones. “Lo más hermoso fue —reflexionaban luego— que supimos dejarnos llevar sin faltarle al respeto a nuestras chicas.”
Siempre guardaron ese recuerdo en sus corazones. Como una fotografía sin marco, pero imborrable.
Este tipo de vivencias son fundamentales en el desarrollo emocional. Permiten a los adolescentes experimentar el deseo en un contexto de afecto, y les enseñan que la intimidad no tiene por qué estar ligada a la culpa. Sin embargo, también revelan una tensión importante: el silencio frente a los padres.
El adolescente, en su búsqueda de autonomía, suele ocultar lo que vive por temor al juicio o al castigo. Pero ese silencio, aunque comprensible, puede poner en riesgo la confianza construida en el hogar. En este caso, los jóvenes lograron sortear las consecuencias inmediatas, pero el acto de ocultar —por más que haya sido exitoso— deja una huella emocional que pudiera repetirse en otros contextos.
La lección que se extrae es doble: por un lado, la importancia de vivir el afecto y el deseo con respeto y conciencia; por otro, la necesidad de mantener canales abiertos de comunicación con los adultos significativos. La libertad no se consolida en el secreto, sino en la capacidad de asumir lo vivido con responsabilidad.
Los adolescentes deben saber que equivocarse no los hace menos valiosos, y que compartir sus experiencias —incluso las más íntimas— puede fortalecer los vínculos con sus padres. La confianza no se destruye por un error, pero sí se debilita cuando el miedo impide el diálogo. Aprender a hablar, a pedir acompañamiento, y a reconocer los propios límites es parte esencial del crecimiento emocional.
Capitulo 5. Autoexploración y Autosatisfacción.
La autoexploración y la autosatisfacción son experiencias comunes durante la adolescencia. En esta etapa, el cuerpo se convierte en territorio de descubrimiento, y el deseo de entenderlo —de sentirlo— es parte natural del desarrollo emocional y sexual. Lejos de ser una conducta inapropiada, la masturbación puede ser una forma saludable de conocer los propios límites, preferencias y respuestas físicas.
Sin embargo, esta práctica suele estar rodeada de mitos. Algunos adolescentes creen que es dañina, que afecta su salud mental o que los vuelve “anormales”. Otros sienten culpa por hacerlo, especialmente si han recibido mensajes negativos desde la familia o la cultura. Los terapeutas insisten que es prudente aclarar que la masturbación, cuando se realiza en un contexto de privacidad, higiene y equilibrio emocional, no representa ningún riesgo. Al contrario, puede ayudar a fortalecer la relación con el propio cuerpo y a reducir la ansiedad sexual.
Es importante observar cuando la masturbación deja de ser una práctica ocasional y se convierte en una conducta compulsiva. Si un adolescente siente que no puede controlar el impulso, que interfiere con sus actividades diarias, su descanso o sus relaciones, podría estar revelando un proceso maníaco o una alteración emocional más profunda. En estos casos, no se trata de juzgar, sino de acompañar. La intervención terapéutica puede ayudar a identificar si hay un trastorno subyacente —como ansiedad, bipolaridad o una necesidad de evasión— y ofrecer herramientas para recuperar el equilibrio.
El consejo: La sexualidad comienza con uno mismo. Explorar el cuerpo con respeto, sin culpa y con conciencia es parte del crecimiento. Pero también lo es reconocer cuándo una conducta deja de ser sana. Si la masturbación se convierte en una necesidad incontrolable, es momento de hablar con un adulto de confianza o buscar orientación profesional. El cuerpo merece ser habitado con libertad, pero también con cuidado.
Los nombres del pudor
Para el grupo de amigos y compañeros de la secundaria de Artemio, la masturbación era un hábito común entre los chicos. Algunos hablaban de ello con naturalidad, como si fuera parte del repertorio cotidiano de la adolescencia. Otros preferían mantenerlo como un acto privado, casi secreto, mientras que unos más lo convertían en motivo de burla, lanzando chistes que mezclaban incomodidad con curiosidad.
El acto tenía tantos nombres que, a veces, resultaba difícil para un adulto entender de qué se hablaba en medio de un grupo de jóvenes: puñetear, jalársela, ahorcar al ganso, hacerse la dormilona, entre otros. Cada término, aunque vulgar en apariencia, escondía una necesidad más profunda: nombrar lo que no se podía decir abiertamente. Era una forma de apropiarse del cuerpo, de reírse del deseo, de compartir una experiencia que todos vivían pero pocos reconocían con seriedad.
En ese entorno, la masturbación no era solo una práctica física. Era también un símbolo de pertenencia, de identidad masculina, de competencia incluso. ¿Cuántas veces? ¿Con qué frecuencia? ¿En qué circunstancias? Las preguntas se lanzaban como retos, como si el número de veces definiera algo más que el impulso hormonal.
Artemio, como muchos, vivía esa etapa con una mezcla de curiosidad y pudor. Sabía que su cuerpo respondía, que el deseo lo visitaba en momentos inesperados, pero también sentía que había algo más allá del impulso. A veces, se preguntaba si era normal, si lo hacía demasiado, si debía hablarlo con alguien. Pero el silencio era más fácil que la conversación. Hasta que un dia…
El instante de un impulso
Artemio había aprendido que, cuando el impulso lo visitaba, podía disiparlo con actividad. Correr por la casa, subir y bajar escaleras, distraerse con cualquier tarea física le ayudaba a recuperar el control. Ese día parecía perfecto: había resistido con valentía el deseo que lo asaltaba durante la ducha, y se preparaba para salir cuanto antes hacia la escuela.
Pero su madre le pidió que esperara a que regresara de un mandado. El tiempo se alargó. Artemio luchó contra sí mismo, corriendo dentro de la casa como un atleta, buscando distraerse. Pero el deseo, persistente, terminó por vencerlo. Dejó caer sus pantalones y calzoncillos, y comenzó la frenética rutina, gozándola profundamente, descuidando el paso del tiempo.
Lo inevitable ocurrió: justo cuando alcanzaba el clímax, su madre entró a la casa.
Sin atinar qué decir ni cómo actuar, corrió como pudo al baño más cercano, cubriéndose con las manos, aún con los pantalones en los tobillos. Se vistió de nuevo, con el corazón acelerado y la vergüenza en la piel. Al salir, su madre lo esperaba. Muda. Apenada. Lo despidió con un beso, como siempre. Y él salió.
En el camino, mientras reflexionaba sobre lo sucedido, comprendió que algo debía cambiar. Sus actos debían ser más concientes.
La autosatisfacción es una práctica natural en la adolescencia, pero cuando se convierte en una urgencia que interfiere con la rutina, la privacidad o el vínculo con los demás, es momento de detenerse y reflexionar. El impulso sexual no debe vivirse como enemigo, pero tampoco como amo. Aprender a reconocerlo, canalizarlo y respetar los propios límites es parte del crecimiento emocional.
El consejo: si el deseo aparece, obsérvalo sin miedo. Si se vuelve insistente, busca formas de canalizarlo con actividad, creatividad o diálogo. Y si alguna vez ocurre un momento incómodo, como el de Artemio, recuerda que el respeto por uno mismo comienza con la capacidad de aprender del error sin hundirse en la vergüenza. La madurez no se mide por el control absoluto, sino por la conciencia con la que se vive cada experiencia.
Erasmo descontrolado
La conciencia se sembró en Artemio tras una experiencia vivida por uno de sus compañeros durante una clase del taller de estructuras. Erasmo, afectado por esos calores que atacan a la juventud y que poco pueden apaciguarse con voluntad, se complacía abiertamente, mostrando ante el grupo una poderosa erección que se abultaba bajo sus ropas. Ninguno de los demás chicos atinaba a entender cómo había llegado a tal excitación, y algunos sugerían que era efecto de alguna droga.
La intensidad del momento fue tal que, perdiendo todo pudor, Erasmo bajó el cierre de su pantalón y descubrió ante todos su rígido apéndice, que palpitaba vertiginoso. Se subió a una mesa y comenzó a moverlo en vaivén, gozando de su propia exhibición. Los presentes, entre el asombro y la incredulidad, buscaban ver la reacción del profesor Félix, pero este parecía fingir que nada ocurría.
Erasmo empezó a masajear rítmicamente su pene. Todos sabían ya cuál sería el desenlace de aquella faena, e instintivamente retrocedieron, alejándose del enajenado. De pronto, el chico expulsó un torrente orgánico con tal potencia que alcanzó a caer dos metros más allá de su posición. Algunos lo animaban, gritando “¡otro, otro, otro!”, y Erasmo, aún en trance, repitió la proeza dos veces más.
Cuando hubo evacuado su reserva seminal, un sentimiento de pena y arrepentimiento le nubló el ánimo. Cubrió rápidamente sus partes íntimas y retomó sus actividades en el taller como si nada hubiera pasado.
Cuando la autosatisfacción se manifiesta en espacios públicos, sin control ni conciencia del entorno, puede ser señal de un desequilibrio emocional o incluso de un episodio maníaco. En el caso de Erasmo, lo que comenzó como una excitación espontánea se transformó en una conducta desinhibida, invasiva y desconectada del contexto social. La falta de reacción del adulto presente —el profesor— también revela una falla en el acompañamiento y la contención que los adolescentes necesitan en momentos críticos.
Este tipo de episodios no deben ser tratados con burla ni con castigo inmediato, sino con atención clínica. Es necesario distinguir entre el impulso sexual natural y una conducta compulsiva que puede estar vinculada a un trastorno afectivo, una crisis emocional o incluso al consumo de sustancias.
La sexualidad adolescente necesita espacios seguros para expresarse, pero también límites claros para proteger la dignidad propia y ajena. Cuando un joven pierde el control sobre su cuerpo en público, no está simplemente desobedeciendo normas: está pidiendo ayuda. La intervención adecuada no es la humillación, sino el acompañamiento profesional que permita comprender qué está ocurriendo y cómo restaurar el equilibrio.
Capítulo 6. «No»: La palabra que protege.
Decir “no” es una de las habilidades más poderosas que un adolescente puede desarrollar, aunque también una de las más difíciles de ejercer. En una etapa donde el deseo de pertenecer, agradar o evitar el conflicto puede ser abrumador, negarse a algo —a una propuesta, a una presión, a una cercanía tóxica— puede sentirse como un acto de rebeldía o de aislamiento. Pero en realidad, es un acto de autocuidado.
“No” es la palabra que puede librar a un joven de momentos indeseados, de decisiones que no le representan, de vínculos que lo desgastan. Es la barrera que protege la dignidad, el cuerpo, la salud emocional. Decir “no” no significa ser débil, ni egoísta, ni insensible. Significa saber quién se es, qué se quiere, y hasta dónde se está dispuesto a llegar.
Aprender a decir “no” también implica reconocer cuándo una relación se vuelve dependiente, cuándo una amistad se transforma en manipulación, o cuándo una oferta —como el consumo de drogas o el acceso a experiencias riesgosas— no es una oportunidad, sino una trampa. El “no” no siempre será bien recibido, pero siempre será necesario.
Decir “no” es una forma de decir “sí” a uno mismo
Cuando se trata de un amigo
Los chicos regresaban de vacaciones para iniciar el último año de secundaria. Mientras todos se saludaban con entusiasmo, Erasmo había cambiado. Sus amigos lo miraban con inquietud: sus ojos, constantemente irritados y llorosos; su postura, encorvada, sentado en el suelo con los brazos sobre las rodillas, mirando a lo lejos, pensativo. Rara vez dejaba escapar una sonrisa. Ya no buscaba compañía, aunque en ocasiones parecía desesperado por llamar la atención.
Un día, durante el taller, se mostraba especialmente inquieto.
—Acompáñame, Art —dijo, jalándolo del brazo—. Necesito que me guardes la espalda.
Con el permiso de Don Félix, salieron del aula. Erasmo se dirigió a la construcción del nuevo auditorio, aún en obra negra. Trepó al cuarto de proyecciones —sin escalera aún— y ayudó a Artemio a subir. Allí, seguros y fuera de la vista de cualquiera, sacó de la bolsa de su camisola un churro de mota. Lo encendió y dio un prolongado toque.
—¡Aaah, ya lo necesitaba! —exclamó, soltando una humareda pestilente en la cara de Artemio, quien comenzó a toser. Erasmo sonrió y le ofreció el churro, más como gesto de camaradería que como presión.
—No quiero —respondió Artemio, firme.
Erasmo insistió un par de veces más, luego bajó la mirada y reconoció:
—Haces bien, mi Art. Un “no” a tiempo te salvará de lo que yo ya no puedo superar. Solo te pido… no digas que yo…
Artemio lo interrumpió con suavidad, pero con claridad:
—Ya todos se lo imaginan. No es difícil darse cuenta: tus ojos, tus ausencias… a veces parece que te pierdes de este mundo.
Erasmo soltó una breve carcajada. Quiso pensar que su amigo bromeaba, pero sabía que decía la verdad.
Más tarde, al regresar al taller, el profesor Félix se preocupó al ver los ojos irritados de Artemio. Lo llamó aparte, con el pretexto de guardar una herramienta, y le recomendó que buscara otras compañías. Pero Artemio no dejaría de ser su amigo.
Es común que los adultos recomienden alejarse de quienes tienen problemas, por miedo a que adquieran sus conductas o arrastren a otros por caminos difíciles. Pero el rechazo no sana. Al contrario, puede profundizar el aislamiento, la culpa y el deterioro emocional de quien ya está en crisis. Lo que se necesita no es abandono, sino presencia con límites claros.
La verdadera amistad no consiste en aceptar todo, sino en saber cuándo decir “no” sin romper el vínculo. Acompañar a alguien que atraviesa una adicción, una tristeza profunda o una conducta autodestructiva requiere madurez, pero también compasión. No se trata de salvar al otro, sino de estar cerca sin perderse en el intento.
El consejo: si tienes un amigo que está luchando, no lo rechaces. Cuida tu espacio, sí, pero no cierres el corazón. A veces, el simple hecho de que alguien permanezca cerca —sin permitir abusos, pero sin desaparecer— puede ser el primer paso hacia la recuperación.
Continuará...
Un torrente de efluvios orgánicos.
Erasmo Arizpe. En mis días de estudiante de secundaria, allá en la Federal Niños Héroes de Tequesquinahuac, me tocó tener a un buen compañero, buen mozo, cuerpo atlético, de carácter agradable y platicar entretenido: Erasmo Arizpe era su nombre. Como todos los chamacos de aquella edad ¿que será, trece o catorce años?, era un formidable jugador de voleibol y más de básquetbol, aunque también se defendía como el mejor en el soccer. Las niñas se desvivían por estar con él, y alguno que otro chamaco también. No estábamos en el mismo grupo porque a los de mejor aprovechamiento académico nos tenían en el grupo A, a el lo tenían en el G. Nuestra relación de cuates inició en la clase de deportes que entonces llamábamos “Educación Física” (EF); decir que era una clase, era totalmente falso, nunca se nos enseñó nada, solo era salir a ejercitarnos, si queríamos. Allá en la zona de EF, la Niños Héroes tenía canchas y equipo para todos los deportes. Para pedir el equipo, había que acudir al almacén y hacerte responsable de este proporcionando tu nombre y grado. De ahí en adelante, si practicabas deporte o si no, como quiera pasabas. Todos teníamos que ir uniformados a la canchas con nuestros tenis, cortos y camiseta blancos. Un buen día, Erasmo organizaba un juego de voleibol y le faltaba un jugador. Yo, que me disponía a presenciar el juego, y que estaba ya en mi uniforme deportivo, me puse a su disposición. Y bueno, jugamos con tan buena coordinación el y yo, que hicimos buena mancuerna y ganamos el juego con un alto puntaje. Suficiente fue aquello para que ambos nos hiciéramos buenos amigos. Cuando entramos a tercero, Erasmo fue mi compañero en el taller de estructuras metálicas. Allí, el cortaba, formaba y forjaba el metal -por ser el más fuerte-, y a mi me tocaba soldar y dar acabado a los trabajos solicitados por el maestro Félix; pero ese año, La cosas no iban mejor para Erasmo; otro
Dias después, la hazaña ya era del conocimiento general, especialmente de las chicas -y de una de las maestras jóvenes-, quienes con más emoción se acercaban a Erasmo; luego se encaminaban al auditorio para desaparecer por un buen rato. A pesar de convertirse accidentalmente en el semental del tercer grado, suficiente como para devolverle el amor propio que yo supuse había perdido, este continuó consumiendo su droga. Después del baile nuestra graduación, ya nunca supe más de él. Dios quiera que haya logrado hacer de sí mismo un buen hombre.
Alejandro Ruiz. Compañero mío en la secundaria. Viajábamos juntos a diario en el transporte escolar, él bajaba primero pues vivía en Los Pirules, en la parte baja del cerro donde se levantaban los Balcones Del Valle, que era donde vivía yo. De carácter alocado y libre, no había nada que lo detuviera en sus propósitos. Su hermano Raymundo (el Rayo) también era muy agradable y juguetón. Alejandro era uno de los seis que nos fuimos “de pinta” a Chapultepec. Un hermoso recuerdo.
De la experiencia del primer amor.
Bertha Rodriguez, fue mi “puppy love”. Robusta, pero de muy buenas curvas, pecosa de pelo rubio y piel muy blanca, a veces sonrojada. Su pelo largo y abundante obligaba un trenzado que siempre usaba. Apenas tenía trece años y su busto ya parecía el de una señorita: hermoso y exuberante. Había tenido otro novio, antes de mi que aún la celaba; pero, nadie más celoso que su padre. El siempre me veía como el “catrín” que solo buscaba follarse a su hija. ¡Imbécil! Su pudiera ver lo que había en mi corazón. Por ella, caminaba cuesta arriba hacia mi casa, con tal de poder acompañarla a la suya y poder platicar unos minutos más con ella en el porche. Era un sueño del que no quería despertar hasta que “¡Bertha, ya es tarde!”…
De la formación de carácter.
Los Velázquez. También conocidos como “Los Esquincles”, tremendamente traviesos, rechazados, pero , al igual que yo y mis hermanos, almas en completa libertad. Su padre era un agente de ventas para la Volkswagen en la Ciudad de México. El era un hombre que no ignoraba la fama de sus hijos y fingía ser el padre más estricto infligiendo los castigos más severos para amedrentarles. Un día, estando yo en su casa, castigó al mayor de los hombres, Jorge, y luego le ordenó se hincara en una esquina hasta que él le dijera que se podía retirar. Doña Consuelo, la señora de la casa, era bajita de estatura y vestía muy elegantes para ir a trabajar, no así para estar en casa; era agente de ventas también, del mismo fraccionamiento donde vivíamos, Balcones Del Valle -hoy en día se llama Lomas de Valle Dorado-. Era el tipo de mujer que una vez pensé habría sido el modelo de persona en la que Wayne Dyer había basado su primer libro “Tus Zonas Erróneas” publicado en 1976, muy contemporáneo a esta parte de mi vida. Una mujer alegre, siempre sonriente; pensaba, decía y actuaba como le venía en gana y no tenía pelos en la lengua para decir las cosas crudamente y como eran. Los Vidaña éramos los inseparables amigos de los Velázquez, a quienes nadie toleraba; éreamos los únicos que convivíamos con ellos y ellos con nosotros. Doña Consuelo apreciaba mucho eso. En momentos creo que deseó que fuera mejor que sus hijitos varones Gerardo y Jorge fueran Vidaña también. Doña Consuelo hacía más dinero que Don Gerardo hasta que un día nos sorprendió saliendo en la televisión en un comercial para la Volkswagen. Se había convertido en modelo. De ahí en adelante ya no supimos que fué de esa familia; pero, seguramente les fué mucho mejor.
Mario Camarillo. Si existió un chico de buenos modales, de hablar perfecto y disciplina perfecta, ese era mi tocayo, Mario Camarillo. Solo un defecto tenia y con ese se echaba todo a perder: era demasiado burlón. Tenía una hermana, Elisa, demasiado aniñada aunque ya andaba en sus diez u once, le apasionaban la Barbies. Mi hermana Cecilia era su mejor amiga. El padre de mi tocayo sufría de estrés post traumático por su participación en la guerra estadounidense contra el Vietcong en la cual luchó desde sus inicios en 1954 siendo él un joven en sus treinta y tantos. En una de sus muchas licencias en 1958, se casó con Doña Carmen y al año siguiente, ya estando de nuevo en el frente de batalla, nació Mario. Para cuando nació Elisa, Don Mario ya era otro hombre: diferente, introvertido y asustadizo. Cuando yo jugaba con Mario y que tenía que entrar a su casa, el me detenía diciendo “espera aquí”. El entraba y yo esperaba. Nunca conocí la casa por dentro pero sabía cómo era; todas las casas de ese sector del fraccionamiento eran iguales. La única que entró innumerables veces fue mi hermana, a jugar con las muñecas. Nunca nos íbamos de la cuadra, a ellos no les permitían alejarse más allá y, además, estaban en constante vigilancia. Desde la ventana de la recámara de sus padres, Don Mario nos observaba disimuladamente entre las cortinas como temiendo una incursión de VCs. Ellos regresaron a Estados Unidos. Lo último que supimos fue que Mario se casó y desde entonces vive en Philadelphia. De Elisa, nada.
Leticia Díaz, del equipo de Volley-ball. Ella, junto con Leticia Tinoco, su inseparable amiga – que hoy en día es su comadre-, eran las deportistas del salón. Nadie destacaba más que ellas dos. Lety Díaz De la Vega Casasola, era su nombre completo. Vivía en Tlalnepantla y no le importaba viajar la distancia para nuestras reuniones “de estudio” en mi casa. Compañera frecuente cuando escapábamos de la secundaria. El día de nuestra graduación me avisó que Tomasa ya me estaba buscando para escogerme como su compañero en el baile. Se mordió un labio porque sabía que yo no tenía escapatoria. Mi novia y yo habíamos cortado unas semanas atrás y por lo tanto, yo era materia disponible. Lety se casó y tiene una hermosa familia. Ella conservó siempre esa hermosa figura de soltera.
Bertha Zavala. Su papá tenía un empleo fascinante, bueno al menos lo era para mi: Marino mercante. Cuando llegaron a la colonia, su mamá, Doña Meche, preparó un pay y vino a mi casa a presentarse acompañada de sus tres hijas, “mis nenas” les llamaba ella. Las dos familias hicieron una buena amistad y juntas compartieron las alegrías y los sinsabores de la vida. Bertha y yo éramos los mejores amigos, pero éramos más bien como hermanos. Nos contábamos todo y cuando charlábamos al caer la noche en la escalera del frente de su casa, también veíamos las innumerables estrellas de aquel cielo tan claro del Estado de México de los 70’s. Reíamos mucho, “eres un payaso”, me decía. Ellos venían de Nueva York. Entre ellas, se hablaban en inglés en un tiempo en que el idioma me llamaba la atención y aprovechaba para captar lo que se pudiera. Por otro lado, mis hermanos no sentían tanto apego con las Zavala, —que así se apellidaban— y les ponían apodos o las molestaban constantemente. Un buen día, cansadas de eso le advirtieron a mi hermana Cecilia que ya era suficiente, amenazándola con molerla a golpes. Mi hermana, incrédula y envalentonada por estar dentro de la casa y aparentemente bajo llave, respondió al desafío, “a poco crees que te tengo miedo”. Sin pensarlo más, Bertha se apoyó en sus hermanas y se lanzaron al ataque. Cecilia aún cuenta eso como una anécdota graciosa, pero muy dentro de si, aún conserva el rencor de hacer sido vapuleada y vencida en su propia casa. Bertha y yo continuamos en correspondencia por un tiempo hasta que se casó. Cuando yo trabajaba en Milwaukee, me lancé un fin de semana a visitarlas —cortesía de su hermana Becky— y conocí el famoso barrio del Bronx y los principales atractivos de la gran manzana. Mi familia y yo visitamos a Bertha en su casa de Austin en el 2003. Nuestra amistad continúa tan fuerte como cuando empezó.
Gerardo Fernández. Lo conocíamos mejor como Noroña, su segundo apellido. Éramos estudiantes de secundaria en Tequesquinahuac, en la Niños Héroes, que aún existe. Cuando se abrió la convocatoria para integrar la Comisión de Aseo y Vigilancia (CAV), él me persuadió de que por mi honradez, yo podría ser un buen cadete. El también quería entrarle, y se agarró de mi hombro para ir en pareja. Éramos muy buenos y al director Pompa le gustaba como operábamos. Sin embargo, Noroña empezó a tomar las cosas demasiado en serio y quería que nos tornáramos más rígidos con los infractores del aseo y la disciplina. Pareciera que su escuela ideal era aquella en la que los alumnos, al salir al recreo, se sentaran tranquilos a charlar o hicieran deporte; en su mente, el jugueteo y la escandalera estaban prohibidos. Solo un año participé en el CAV. Al año siguiente, cuando ya era yo uno de tantos a los que “disciplinar”, me cazaba incesante para pescarme en una infracción. Fuera de la escuela, seguíamos siendo los mejores amigos; todavía, hoy en día, recuerda nuestras aventuras. Yo nunca me imagine que terminaría de político.
De la osadía, la aventura y el peligro.
Los Arellano. Tenían doble nacionalidad, eran italianos por nacimiento y mexicanos por parte del padre. Vivían en la sección del Bello Horizonte, la parte de aquel conjunto residencial que ocupaba la cima de la loma azul, en Atizapán de Zaragoza en el Estado de México colindante con Tlalnepantla. Tenían de vecino a un famoso cantante conocido como Sandro de América, al que podíamos ver ocasionalmente desde el patio, pues era su vecino, por atrás. Subíamos a la barda que separaba ambas casas y lo saludábamos con la intención de que nos permitiera bajar y acompañarle mientras jugaba con Lana, su simpática cachorra de león. A él le gustaba nuestra compañía y siempre nos ofrecía snacks y bebidas. Era toda una experiencia jugar con Lana, pero también peligroso: un zarpazo o una mordida dejaban marca permanente. El mayor de los Arellano era Giovanni, un chico de mi edad; tenía otro hermano, Edoardo, cuatro años menor, pero muy audaz. A pesar de la diferencia de edad, los hermanos iempre andaban juntos. Nunca conocí a su padre; todo el tiempo estaba ausente, trabajando lejos. La verdad, yo siempre creí que los había dejado. La señora, muy hermosa, de cuerpo delgado, cara afilada y cabello negro ondulado, decía trabajar como maquillista en San Ángel, para Televisa. Sin embargo, eran una familia muy adinerada. Los chicos iba a escuela privada en la Del Valle y tenían chofer. Quizá se ganaba bien como maquillista en aquellos años setenta. Giovanni era buen mozo, llegó a ser una amenaza para el famoso “Supermán”, quien antes acaparaba la atención y aceleraba la libido de las chicas del barrio. Ahora había dos, y era demasiado para el súper, pero Giovanni tenía un don especial, sabía usar las armas y eso le daba una tremenda ventaja. Nadie se metía con él. De vez en cuando, salía discretamente armado y solo mostraba sus armas para evitar avances de los contrarios; nunca disparó a nadie, pero si tronó uno que otro cartucho en las lejanías de aquél cerro donde vivíamos. Entre las muchas aventuras que corrimos juntos, una vez nos metimos a una residencia que durante las mañanas estaba completamente sola; solo entramos para protegernos del sol y ver qué podíamos comer. Encontramos pan, crema de cacahuate y mermelada, nos preparamos un emparedado cada quien y nos bebimos las sidral Mundet que había en el refrigerador. Alguien nos vió entrar y llamó a la policía. Mientras, nosotros ignorantes, habíamos prendido el televisor y nos entreteníamos viendo a Evelyn Lapuente haciendo gimnasia en ese programa que hacía con su inseparable amiga Pepita Gomiz. La policía llegó discretamente y se escabulló por el patio trasero. Edoardo se dio cuenta y corrió a advertirnos del peligro. Giovanni no se preocupó, antes bien, nos pidió nos calmáramos. Mostrándonos unos sobres de correspondencia exclamó “estamos cuidando la casa de nuestro tío”, luego leyó el nombre del dueño de aquella residencia, así como se leía en los sobres de la correspondencia. La policía llamó a la puerta. Abrimos; eran dos oficiales, uno de ellos alto y gordo, más cerca de la puerta; el otro muy chaparrito y delgado, que se mantenía alejado.
—¡Buenas! ¿Se encuentra el señor de la casa?—preguntó el oficial gordo.
—No, no está—respondió Giovanni.
—¿Ustedes viven aquí?
—No. Solo estamos cuidando la casa, el dueño es mi tío que anda de viaje; llega esta noche. —Ah, mira. Es que alguien los vio entrando por el patio trasero y nos llamó para que viniéramos a revisar. ¿Como se llama tú tío?
Giovanni respondió con mucha naturalidad y el oficial gordo quedó convencido. El otro, no tanto, nos miraba como percibiendo la mentira en aquellos labios nuestros que retenían una carcajada. Al fin se fueron y en cerrando la puerta dejamos escapar la carcajada burlonaÑ aunque también pudo ser de nervios.
Para 1975, los Arellano ya habían desaparecido de nuestras vidas, así como se fueron misteriosamente muchos vecinos en esa época.
Nunca supe yo las causas; pero un año después, mi familia hacía lo mismo. Pareciera que los Balcones del Valle eran un trampolín para que la gente saltara a otro estilo de vida.
Hugo, el sonzo. Había en nuestra colonia un joven ya mayor; creo que tendría unos dieciocho años. Le encantaba molestar a mi perro cuando pasaba por mi casa. Era muy extrovertido, y por su forma de actuar, era evidente que tenía un desorden de conducta. El día de mi cumpleaños número quince, papá me organizo una fiesta, mando imprimir invitaciones y me las dio para que yo invitara a mis vecinos y amigos cercanos. Cuando fui a llevar su invitación a los Mancillas, allí estaba Hugo. No estaba en mi mente invitarle, pero se emocionó tanto que me sentí forzado a darle una invitación. El día de la fiesta, el llevó un regalo para mi, lo abrí y era un juguete de luchadores, de esos que se venden en los tianguis; se lo agradecí, pues “a acaballo dado no se le ve el colmillo”. Durante toda la fiesta platicaba con mis tíos y mis primos como si fuera uno de la familia. En pocos minutos, se convirtió en el centro de atención y yo, bueno yo me puse a bailar aprovechando que nadie me veía. Otro día, mucho después, aquel pasaba por mi casa y el Dogo, mi perro, que ya lo traía entre ojos, se le echó encima. Hugo huyó corriendo a su casa y regresó con un arma, luego sin misericordia alguna y sin importarle que mis hermanos y yo estábamos jugando cerca, disparó contra el can quitándole la vida.
Carmen Patchen. Si, las mujeres se desarrollan más rápido que los hombres. Patchen era ruda, tenía la complexión de una señora, pero más bien era un general del ejército. Para ella, los hombres debían traer siempre sus zapatos lustrosos, su camisa bien fajada y el pelo corto y bien peinado. Eso siempre era difícil para Alejandro Ruíz, con quien tenía pleito casado. Ella era cadete del CAV; era de esperarse. Aquel famoso día, el director ordenó reforzar la disciplina, el CAV se tornó más rígido; los desertores eran su presa más codiciada. Yo estaba en esa categoría. Patchen me lanzo una advertencia “Vidaña, hoy te tendré en la mira”. Ya se imaginarán que aquello, en lugar de persuadirme, me provocó. “No señora Patchen -empecé a cantar-, no me pegue usted” le cantaba al ritmo de la melodía aquella del Señor Apache de los Apson. Fué una mala idea. Me correteó por toda la escuela hasta que me alcanzó; yo con una risita nerviosa todavía tuve la osadía de cantar “…si usted quiere me puedo ir, pues tengo una cita a las s…”, ¡Sopas! Me descargó un cachetadón bruto, que me lanzó hacia las butacas del salón. Y allá voy a la dirección. La sala de espera para ver al director estaba llena, allí estaba Alejandro también. “¿Tu aquí de nuevo, por qué Vidaña? Cuando el director me entrevistó, preguntó por mi cachete rojo. Le conté a detalle. Al día siguiente, Patchen ya no usaba su gafete del CAV y estuvo seria conmigo hasta el día del baile de graduación cuando hicimos las paces y hasta bailamos un rato.
De las aficiones, entretenimiento y distracciones.
Los Duck. Eran tres hermanos de ascendencia árabe. Tenían su casa paterna en Cuautla, es decir, allá habían nacido y allá vivían sus abuelos. Eran unos chicos que tenían un tono de piel bronceada y hermosa, ojos claros color miel resplandecientes y cuerpos rollizos, sólidos y muy saludables. Sergio era el mayor, tendría unos dieciocho años; para mi, ya era un adulto de respetar, pero era un joven común que le gustaba libar, bailar y hacer relajo. Creo que era el factor común en la familia de estos. Le seguía Carlos, este era mi buen amigo. El era el más sensato de los tres; con su actitud, parecía más bien el hermano mayor; me llevaba tres años. Le gustaba charlar conmigo “porque tú no dices pendejadas”, decía. Marcos, el más pequeño de ellos, solo era menor que yo por dos años. Ha de haber sido el más consentido en su casa porque era tremendo. Ya saben, cuando tienes la confianza de que tus padres toleran tus travesuras, las realizas con toda la confianza del mundo. Con estos tres hermanos era muy frecuente que saliéramos a acampar. Mi papá se había agenciado unas. tiendas de campaña tipo militar de las que se usaban los soldados americanos en Vietnam —no me pregunten cómo la consiguió — y con esas nos íbamos en manada los Duck, unos amigos de Sergio, mi hermano y yo. Fueron testigos de nuestras aventuras los bosques de Echegaray —cuando en verdad eran bosques—, la Villa del Carbón, el bosque de Atizapán y, otras veces, el gran parque arbolado del fraccionamiento donde vivíamos. En la ocasión que fuimos a Villa del Carbón, papá nos llevó allá en su guayin a todos los chavos. Nuestro equipo se reducía a unos cuantos zarapes y cobertores —aún no conocíamos los sleeping bags—, dagas, rifles de postas, algunos utensilios para cocinar y comida, sándwiches, fruta, galletas y enlatados. Al llegar al sitio, papá nos ayudó a instalar las dos tiendas, encendimos el fuego, charló y cenó con nosotros, luego, platicando en voz baja con los mayores, se despidió y nos dejó solos. Estaríamos allá el fin de semana, esperábamos tres días y dos noches de entera libertad y de aventuras. “Ahora si, chavos, llegó su tiempo de convertirse en hombrecitos”. Reímos sin entender qué había detrás de esas palabras. Nos retiramos a dormir, los mayores en una tienda, los menores en otra. Chistes, risotadas y, de pronto… silencio. Todos caímos en profundo sueño.
La primera noche. A las cuatro de la mañana del día siguiente, los mayores nos tomaron de las piernas y nos arrastraron fuera de la tienda. ¡Qué horrible fue despertarnos de esa manera! Los menores no miramos unos a otros extrañados. “¿Que pasa?”, pregunté. Sergio se apresuró a contestar. “Lo que pasa es que el alimento que trajimos se lo comieron los tlacuaches”. Miramos, era cierto, todo se había ido. Había trozos de comida regados por el suelo.
“¿Y ahora?”, preguntó Marcos. Julio, amigo de Sergio dijo,
“Este bosque está lleno de animales, hay que ir a cazarlos”.
También era cierto, pero no podíamos aspirar a comer venado, por supuesto; las opciones más probables incluían los mismos tlacuaches, conejos, pichón y guajolote.
“Así es que nos organizaremos en dos equipos” ordenó Sergio, “no tenemos desayuno, así que Julio, Carlos y Mario se encargarán de buscar huevos”.
En el camino a ese lugar habíamos divisado una granja avícola, pero no pensé que quisiera que fuéramos allá a robarlos. Lo que estaba pidiendo era que buscáramos huevos de guajolote. “Marcos, Jorge y yo, iremos de cacería”, lo dijo con la seguridad de un cazador experimentado. Era extraño, había escogido a los dos que no podían estarse quietos, la cacería sería complicada con estos dos. Cerramos las tiendas y salimos tomando rutas contrarias. Empezaba el alba y sabíamos que era el mejor momento para cazar. Aunque nuestro objetivo era recolectar huevos, no tardamos en encontrarnos con una manada de guajolotes que dormían sobre los árboles. Nuestro impulso fue preparar los rifles, pero Julio nos detuvo,
“solo huevos”.
Con solo acercarnos las aves se alertaron y empezaron a huir, excepto las hembras que permanecieron en su lugar, unas sobre sus nidos en tierra, otras sobre los árboles. Ya sabíamos la rutina, Carlos las distraía, mientras yo, por detrás, les robaba sus huevos. Eso no fue nada divertido. En menos de dos horas ya teníamos suficiente para regresar y desayunar dos días. Regresamos pues. Al llegar al campamento, Marcos y Jorge estaban allí, sentados, solos y tristes. Contaron que, después de dos horas de camino, le habían perdido el rastro a Sergio, no tuvieron más opción que regresar. Preparamos los huevos y café, almorzamos. Sergio tardó todo un día en regresar.
La segunda noche. Cuando al fin llegó Sergio al campamento, cargaba tres grandes conejos. Se veía agotado y ajado de la piel de sus brazos y cara. Manchas de sangre cubrían parte de su camisa y pantalón. Entregó sus presas a Marcos y a Jorge, les dio indicaciones para destazarlos “igual que hicieron en la secu…”, les dijo y después de tomar casi un litro de agua, se echó a dormir. Cuando los chicos terminaron su labor de carniceros, Julio les pidió enjuagaran las canales de las bestias en las aguas de un manantial cercano y mientras, nos pidió a Marcos y a mi, juntáramos leña y encendiéramos un fuego de corredor. Todos éramos o habían sido scouts, conocíamos la técnica y el lenguaje. Cuando todo estuvo listo, esparció sal sobre las carnes húmedas y las puso al fuego en estacas para asarlas al pastor. ¡Qué olores tan deliciosos! La carne de los animales silvestres es aromática por la variedad de hierbas que comen, aunque con el hambre que nos cargábamos, no importaría si oliera a pinacate. Ya entrada la noche, el olor del frito de la carne y el llamado de Julio, “¡a comer!”, despertaron a Sergio. Era mucha carne y le entramos duro; aunque sin tortillas ni salsa, la experiencia era inusual. No importaba, comimos hasta hartarnos. Después, en el sopor de la digestión, Julio preguntó, “¿qué pasó allá?”. El rostro de Sergio, aún acongojado, su voz entrecortada, su mirada perdida como quien busca un recuerdo allá lejos.
“No quería decir nada, pero es necesario que nos preparemos para lo que pueda ocurrir esta noche”.
Quedamos en suspenso pensando qué podría pasar, ¿regresarían los tlacuaches?¿Vendrán los amigos de los conejos que nos comimos a vengarse? Nada se comparaba a lo que estábamos a punto de escuchar.
“Cuando salimos esta madrugada, íbamos muy bien; este lugar es un paraíso vírgen para el cazador, sabía que no batallaríamos para regresar con alguna presa. Cientos de conejos nos sorprendían a nuestro paso saltando despavoridos para huir. Caminamos como dos horas hasta que nos topamos con un tlacuache. Les dije a los chavos que se quedaran quietos mientras yo iba por el. El animalito se escabuía entre la hierba y me forzó a seguirle por un buen rato; cuando al final lo alcancé, el pobre sufrió un ataque cardíaco. Lo moví varias veces, no respondió y, como no sabía si sería bueno para comerlo, lo dejé alli, a suerte de los carroñeros. Luego, sentí que alguien me observaba, me imaginé que los chavos me habían alcanzado, pero no. Frente a mí, como a unos veinte metros, un coyote negro acechaba. Me incorporé lentamente y caminé hacia atrás. Pronto, dos más asomaron sus cabezas detrás del primero. Cuando me hube alejado suficiente, el tlacuache despertó de su muerte fingida y se perdió entre los arbustos. Los coyotes no le siguieron. Entré en pánico, era evidente que me querían a mí. Aterrorizado, me di a la carrera por el bosque, sin saber por donde iba. Me perdí”.
La historia de Sergio estaba incompleta, no mencionó por qué venía herido, ni cómo fué que cazó a los conejos. Carlos le interrogó, “¿por que llegaste tan tarde?”.
“Llegué a un arroyo, me lave las heridas que me causaron las ramas mientras corría. Ya me sentía a salvo, descansé un rato y luego seguí con la tarea de llevar algo para comer. Logré el primer conejo saliendo de su madriguera; el pobre no tuvo escapatoria. A otro lo encontré saltando en un claro, y el tercero, fué presa más fácil pues se le ocurrió huir monte arriba poniéndose al alcance de mi rifle. Ya venía yo muy contento cuando me vuelvo a topar con los coyotes. Me detuve; esta vez, ellos parecían temerme también. Una voz se escuchó que me heló la sangre: ‘¡este bosque es sagrado!’”.
Sergio fué muy convincente en su historia, concluyó su relato con un dato increíble y fué cuando supusimos que estaba inventando una historia para asustarnos. Dijo que, siguiendo la dirección de la voz, no distinguió a nadie, pero que cuando escuchó una segunda advertencia, eran uno de los coyotes que habían cambiado a forma humana,”¡váyanse!”, luego se alejaron perdiendose en el bosque.
No había manera de retirarnos; para empezar, estábamos internados en las espesuras de La Cascada. El pueblo mas cercano era Oratorios y allí, nadie hablaba castellano; aparte que estaba a más de tres horas de camino. Por oro lado, faltaban como doce horas para que papá llegara por nosotros. Julio habló ahora: “Eran naguales. Son hombres que han ofrecido su alma al diablo y, a cambio, han recibido el poder de transfigurarse en animales. Según una leyenda Náhuatl, son los protectores del bosque y de los que alli habitan. Van a venir por nosotros, no cabe duda”. Los chicos quisimos mostrarnos incrédulos y guaseábamos de la historia, pero Julio y Sergio empezaron a hacer cuartél. Con muchas dudas aún, también hicimos el nuestro. ¨Nosotros haremos la primera guardia¨, anunció Julio. Entramos a nuestras respectivas tiendas y anudamos bien por dentro la entrada. En voz baja nos mofabamos de la increíble hazaña de nuestro protector, hasta que nos venció el sueño. Ya entrada la noche, mientras dormía profundamente, un bufido horrible me despertó. Consulté la hora en mi Timex, ocultándo la luz del dial: las tres de la mañana. Pensé que serían los tlacuaches otra vez, pero se escuchó el ruido de piedras y un olor a perro mojado inundó el ambiente. Jorge despertó, y después Marco. “¿Que pasa?”, murmuranon temerosos. Apenas iba a contestarle cuando una sombras se proyectaron en la pared de la tienda. ¡Eran hombres con cabeza de coyote! Jorge estuvo a punto de lanzar un chillido de horror, si no es que Marco le tapó la boca a tiempo. En ese momento nos preguntábamos qué había pasado con la guardia, pero no quisimos investigar. El pánico que sentíamos se empezo a hacer evidente, a pesar del intenso frio de la noche, sudábamos copiosamente, temblábamos y queríamos explotar en llanto, sintiéndonos tan indefensos. Marco no pudo más, desató los nudos, y salió corriendo para encontrarse con su hermano mayor, en busca de protección. Jorge mojó sus pantalones y yo, sentía muchas ganas de defecar. Afuera, Marco empezó a maldecir: “¡Ya ni la chingan, cabrones!”. Le siguieron las carcajadas de Julio, Carlos y Sergio. Salí de la tienda, temblando aún, quería unirme al festejo, pero mi miedo se tornó violento y me lancé sobre Sergio. Carlos me detuvo y me mantuvo sujeto hasta que me calmé. Jorge salió detrás de mí, con su suéter amarrado a la cintura. Julio volvió a encender la fogata y nos sentamos en derredor. Carlos sacó una mochila y de ella extrajo unos Pascual Boing y Twinkies que devoramos de inmediato. Poco después, decepcionados de nuestros portectores, continuamos nuestro sueño, ya más tranquilos.
Amanecer al Tercer Dia. Al amanecer del domingo, despertamos. En silencio, nos dispusimos a levantar el campamento. Cuando todo estaba listo, nos sentamos a admirar la belleza de ese bosque de pinos y abetos, el aroma fresco de la hierba humedecida del rocío de la mañana y de la hermosa experiencia de ver las nubes juguetear entre nosotros. Aunque había sido un ardid planeado por los tres mayores, nuestro mayor resentimiento era con Sergio, a quien habíamos confiado nuestra seguridad. Sergio dijo unas úlltimas palabras, quizá para disculparse, o quizá no: “Fué una mala idea, lo siento mucho…” Tuvo el impulso de justificarse, pero se detuvo. Al final, no supe si todo había sido planeado por nuestro padres para subirnos al nivel de hombres. Recordé el momento en que mi padre se despidió murmurándole no se qué a Sergio, luego a Sergio diciéndonos que era el “…momento de convertirse en hombrecitos.” Si fué una mala idea, pero quizá fue crucial para darnos cuenta que los nahuales son pura fantasía, que el miedo puede llegar a afectar tu fisiología y que, por más que confíes en alguien, siempre será capaz de actuar contra ti.
Papá y Don Sergio, el padre de los Duck, llegaron por nosotros rayando las diez de la mañana. Ahora venían en el vehiculo de los Duck, una Jeep Wagoneer café, muy amplia. Subimos nuestro equipo de campaña en la parte trasera, luego trepamos para tomar nuestros asientos. Diez minutos después, empezamos a roncar. Don Sergio debió echar un vistazo por el retrovisor para darse cuenta que todos habíamos caído rendidos y exclamó: “El campo si que cansa”. Así terminó nuestra curiosa aventura. Igual que yo, seguramente mis amigos la recuerdan vívidamente y todo a detalle. Nunca lo olvidaremos.
La señora Celia. Era amiga de mamá y su compañera en la canasta. Vivía ya sola, sus hijos casados y en otro país. Su esposo, se había ido a Vietnam, como otros esposos de nuestras vecinas que ya había regresado, pero el de Celia aún no. Los acuerdos de paz firmados en Paris en 1973 obligaron a la mayoría de los soldados americanos a regresar, algunos tuvieron que quedarse aún más tiempo. Todos los días en la mañana, se escuchaba su voz en la cocina de mi casa donde tomaban el café ella y mamá; cuando bajábamos a desayunar, ella insistía en preparar nuestro alimento. Gran amiga de mi madre y, mi madre, paño de lágrimas para Celia. Ella estaba segura que Ángel, su esposo, seguía vivo, pero había dejado de recibir correspondencia hacía muchos meses atrás. Un buen día de verano en que ya no íbamos a la escuela, me encontró practicando la lectura de cartas. Bueno, se entusiasmó tanto que me insistió que revisara qué decían estas acerca del famoso Ángel. Detrás de ella, desde la cocina, mamá me rogaba que fuera benévolo con ella. “Si está vivo -le dije-, pero aún no puede venir”. A partir de ese día, ella se encargó de que estuviera yo presente en cada reunión del té canasta y las señoras tomaban su turno para que el chico de Soco les leyera las cartas. Nunca perdió la esperanza, cuando me veía, preguntaba ¿cuanto me das pa’ que venga el Ángel?
Robelo Robles, el fortachón hermano de Rolando, el flacucho. Eran hijos de la maestra Melesia, cuyos hijos tenían nombres que empezaban con “R”. Me estimaba mucho y me cuidaba cuando nos aventurábamos en el monte. Era muy maduro, más que yo, aunque éramos de la misma edad. A mi hermana Cecilia le gustaba. El la quería mucho; pero la veía como la alumna de su mamá. Nuestras casas estaban conectadas por el patio por una cerca de poco menos de dos metros, fácil de trepar. Así, cuando queríamos jugar, solo nos brincábamos. Su hermano y él dormían en el cuarto de servicio, por eso a veces, podía yo quedarme con ellos jugando hasta muy tarde. Uno de nuestros pasatiempos comunes era salir al campo y juntar arañas, lagartijas y hasta culebras; luego, ya en casa, las abríamos —como habíamos aprendido en la secundaria—, solo para estudiarlas por dentro. ¡Pobres animalitos! Yo perdí el interés, pero a Robelo le dio por hacerlo una profesión, así que se convirtió en ginecólogo. Después de casarse en el ‘94, se fue a vivir a su natal Oaxaca. El construyó su propia casa (como sus patas), a su gusto. Nos carteamos por unos dos años más, luego le perdí la pista.
De la transición a la edad adulta.
¿Qué pasó ayer?

¿Les ha pasado que lo que al principio parecía ser una buena idea…?
En este relato les comparto cómo fue que decidí convertirme en un adulto responsable por primera vez. Si, por primera vez. Luego intenté una segunda y una tercera, y una cuarta vez; es difícil saber cuando llegará el momento de dejar de ser un adolescente. Tu, ¿aún vives con tus padres? Entonces me entiendes.
La idea de contarles esto nace de ver, por décima vez, la serie de películas “¿Que pasó ayer?” protagonizada por la banda de Bradley Cooper y sus cuates del alma. Muy entretenida, sobretodo porque me recuerda situaciones semejantes de mi vida.
La película inicia con una gran idea para una despedida de soltero y continua con los protagonistas enfrentando un problema que los mantiene angustiados por un buen rato. Lo interesante es que disfrutaron su aventura como lo esperaban pero, en algún momento, está tomó un giro salvaje y continuaron así hasta que el cansancio los venció. Ese momento antes de caer dormidos, quedó en la inconsciencia guardado para siempre. Al siguiente día, nada recordaban.
Verdad universal. Todos los jóvenes que empiezan a disfrutar su libertad y su dinero han tenido la experiencia de la “parranda”. Yo tuve la mía. No es que esté muy orgulloso de ella, pero para mi fue divertida, vergonzosa y persuasiva; me motivó al menos a hacerme la pregunta, ¿será ya hora de aplacar el rabo?
Corría el mes de marzo de 1986. Yo vivía en una ciudad fronteriza cercana al Golfo de México y trabajaba en una de esas famosas maquiladoras. Un empleo maravilloso, fascinante y muy bien pagado para cualquier recién egresado de ingeniería. -Cualquier trabajo en la frontera paga 30% arriba que el resto del país.- Ahí estaba yo.
Esa semana habíamos recibido la visita de los diseñadores de un nuevo controlador del sistema de administración de edificios que fabricabamos allí. Eran jóvenes, de nuestra misma edad y agarraron la onda de volada. La empresa me había rentado una camioneta Jeep Wagoneer para trasladarlos entre plantas y a sus hoteles. Ese viernes, tuvimos la increíble idea de hacer una recepción en mi casa. Si, vendrian algunas chicas, un DJ, habría “pisto” y comida; era el plan ideal, de hecho, era genial. Y así fue.
Como no estaban en su barrio, mis cuates pidieron la música a todo volumen. Como en las disco. El estrépito retumbaba en las ventanas y, desde adentro, observaba yo los gestos de incomodidad de mis vecinos. Me preocupe un poco; la verdad, me valió.
Cuando los diseñadores llegaron, la fiesta ya había alcanzado un tono salvaje. Alguien sugirió que tendrían que ponerse al corriente para estar en la misma “onda”. Trajeron tequila y “jugamos” a acabarnos la botella. Después de eso, recuerdo vagamente la música bajando gradualmente de volumen, se formaron las parejas que furtivamente desaparecían entre las sombras del jardín. Recuerdo verlo todo como si mis ojos estuvieran cerrándose poco a poco. A pesar de eso, reía estúpidamente, aunque no sabía por qué, o de que.
Pasaron las horas.
Una potente luz me llegó a los ojos. Mis párpados, aún cerrados se refugiaron en la tenue sombra bajo mis axilas. La cabeza me dolía horriblemente, y en cambio, mis oídos, parecían disfrutar de un relajador sonido, como el de olas rompiendo en la playa. Unos minutos después ya no hubo oscuridad y me vi forzado a abrir una rendija en mis ojos. Frente a mi, el mar.
Volteé a mi alrededor y descubrí otros cuerpos que yacían inconscientes junto a mi, en bóxers, tirados sobre la arena, titiritando de frío y empapados por dormir al alcance de la alta marea.
Los despierto. Me preguntan dónde estamos. Yo no les digo nada, tampoco sé. “¿Dónde está nuestra ropa, güey?”, preguntó uno de ellos. Me encogí de hombros. Alguien se puso a recoger las botellas de vidrio que había sobre la arena y exclamó, “¿que hicimos cabrones? ¡Parece que estamos en la Isla del Padre y encuerados!, ¿Y ahora, cómo regresamos a México? ”
A lo lejos, el claxon de una camioneta Jeep Wagoneer nos llamaba. Era uno de los ingenieros que venía a recogernos. Se reía burlonamente al tiempo que nos ofrecía nuestras ropas y decía, “we all got f*** wasted last night, didn’t we?”
Nos contó que él también había despertado esa mañana junto a nosotros, pero fue afortunado en recordar dónde habíamos llegado la noche anterior. Agarró la Jeep y se fue a recoger nuestra ropa. Esperábamos que pudiera explicarnos cómo es que habíamos cruzado la frontera. Se encogió de hombros y exclamó “don’t know shit man”.
Lo extraño de esta aventura fue que, no solo estábamos en otro país y habíamos conducido dos horas hasta el mar, sino que no portábamos documentos.
El lunes siguiente, la noticia llegó a oídos de mi jefe. Prácticamente, yo había hecho uso de los recursos de la empresa, para mi diversión. Así iniciaba mi problema, ahora estaba en aprietos, mi empleo estaba comprometido; en el mejor de los casos sólo habría una reprimenda. “¿Quieres andar de vacaciones? pues vete a tu casa por una semana. Sin sueldo”.
Ese fue mi castigo.
¡Que bonito es ser joven y sentirse libre! Pasar aventuras memorables y tener anécdotas que contar a los amigos, a los hijos. Yo les digo a mis hijos que para eso es la juventud, solo hay que evitarse la vergüenza de que la historia no pueda ser contada completa porque una parte se quedó perdida en la inconsciencia a causa del exceso de alcohol.
Después de aquella burrada traté de ser más centrado y maduro y así lo hice. Solo que, la inquietud de mi juventud me volvió a traicionar. Pero esa es otra historia.
Si tu estás en esa hermosa época,
Vive feliz ahora, mientras puedas…nomás no metas la pata.
P.D. Los nombres de las chicas involucradas en este episodio, como buen caballero, también los olvidé.





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