Enero 24, 2026.
El día empezó tarde para mí, aunque no demasiado.
Me apoyé en mi codo izquierdo para alcanzar mi teléfono, que siempre dejo sobre la cómoda. Dí dos toquecitos sobre la pantalla y se vio la hora: eran las diez y treinta de la mañana.
No tenía ganas de levantarme; aún tenía sueño. De ese sueño en el que solo necesitas mantener los ojos cerrados y cubrirte con las sábanas por una hora más. Era mi cumpleaños.
A diferencia de los pasados, esta vez no sentía emoción ni entusiasmo por celebrarlo. Volteé hacia la ventana; el sol ya brillaba intensamente, aunque la mañana se sentía fría. Me cubrí nuevamente y me eché a dormir.
Mi teléfono, en silencio, como lo dejo cada noche, vibraba mientras llegaban los mensajes de felicitación al grupo familiar. El sueño se me escapó de pronto, pero mantuve los ojos cerrados una hora más.
Al fin me levanté. Tenía trabajo pendiente — me había echado a cuestas un proyecto de enlace comercial y debía conseguir citas con empresas canadienses y californianas.El viernes debería haber entregado las agendas; esa tarde las enviaría marcadas como «preliminar». No me sentía a gusto.
¿Qué querrás hacer para festejarte? —Preguntó uno de mis hijos.
—Nada —respondí.
Le extrañó mi respuesta. A los demás también. Mi esposa, sin dudarlo, decidió que me festejarían sin salir de casa. Casi indiferente, me senté a trabajar, aunque era sábado.
Se había dispuesto que comeríamos en familia. En la cocina ya se respiraba el delicioso aroma a mole poblano y al pollo cociéndose. Ya entrada la tarde, llegó mi hijo mayor —que hace tres años que se independizó—. Ya estaba yo enviando las agendas cuando llamaron a la mesa. Se sirvió el alimento; todos se sentaron.
¡Ya, papá «workaholic»! —Me decían.
Cuando envié el último email, bajé la pantalla de mi laptop y me uní a la familia.
Ahora recapacito: agendas a medias, atención a mi familia, a medias también. No vale la pena apresurar la entrega de un trabajo que no está terminado. Una simple nota, «las agendas se entregarán la próxima semana», hubiera bastado.
¡Sesenta y siete años! ¿Qué voy a hacer con los treinta y tres años que me quedan de vida?



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