Elegía para Raúl Jiménez Muñóz, un hombre fuerte y estricto que parecía ser el más insensible, pero que en realidad tenía un corazón tan grande como grande era él.

Yo lo estimaba sobremanera, pero siempre estaba enojado con él.

Estaba profundamente orgulloso de su acervo cultural. Era un hombre para quien sus historias, guasas y comentarios eran casi sagrados. Citaba fuentes, hechos históricos y libros que solo él había leído. Pero más allá de su amor por el conocimiento, su mayor orgullo —aunque no siempre lo dijera— era su familia. ¡Cómo amaba a sus hijas! ¡Cómo disfrutó a sus nietos!

Sus expresiones, sus sentimientos mas visibles y contrastantes fueron la risa y el enojo. Nunca lo vi llorar, ni cuando las penas más graves cayeron sobre nosotros. Era su manera de mostrar su fortaleza.

Nada se realizaba sin su aprobación. Tenía el control de todo y de todos, pero como se lee en

Eclesiastés 3:1

“Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hor

En sus últimos días, cuando ya dependía del cuidado y la ayuda de todos quizo aferrarse a la vida cuando su camino hacia el cielo ya estaba trazado, sin vuelta atrás.

Leemos en Proverbios 17:6

“Corona de los viejos son los nietos, y la honra de los hijos, sus padres.”

Hoy, su familia nos quedamos con el recuerdo de sus anécdotas, sus caprichos, sus chistes pero sobretodo, con sus historias de vida. Ahora caminaremos solos, pero con la confianza de que seguirá cuidándonos. Que estará con nosotros en las dificultades, ayudándonos a educar sabiamente a nuestros hijos, y verlos crecer felices para luego también nosotros poder descarnar con la fé de que nos volveremos a reunir allá en el cielo.

¡Adiós Abuelo!

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