La enorme casa de la calle Hidalgo se alzaba imponente frente al costado derecho del palacio municipal de El Fuerte, Sinaloa. De arquitectura francesa y alma antigua, había permanecido deshabitada durante años, aunque alguien se encargaba de mantener sus jardines y airear sus habitaciones de vez en cuando. Construida a finales del siglo XIX sobre las ruinas de un viejo presidio —al que los soldados, al abandonarlo, comenzaron a llamar simplemente “el fuerte”—, la casa era un relicario de historias: caballeros españoles, construcciones anteriores, recuas cargadas de oro que entraban y jamás salían. Incluso sirvió de escenario para una película de lucha libre contra seres de ultratumba, cortesía de los estudios Churubusco.
Ahí viví yo.
Corría el año de 1965. Tenía siete años y cursaba segundo de primaria. Para mí, la casa era la mitad del mundo; la otra mitad, el río Fuerte y su ribera. Ambos territorios los exploraba en solitario, con la devoción de un pequeño cartógrafo. Ningún rincón de la casona escapó a mi curiosidad: pasadizos entre muros, socavones sin razón aparente, orificios que parecían no tener fin. Nunca encontré esqueletos de burros ni mulas que confirmaran las leyendas del pueblo, pero un día…
Mamá gritó desde la cocina. Había visto un ratón. No era raro que las alimañas se pasearan por la casa: culebras, zarigüeyas, tlacuaches y otros bichos hacían del patio y los tejados su reino. Armado con una escoba, acudí al rescate. El roedor, astuto y burlón, se escabulló detrás de la estufa. Al moverla, descubrí un orificio en la base del muro. Introduje el mango de la escoba y, al agitarlo, escuché un tintineo metálico. Monedas. Oro.
Grité: “¡Encontré el tesoro!” Mamá, incrédula, intentó asomarse, pero no vio nada. “Esperemos a que venga tu padre”, dijo. Yo insistí: “¡Echemos la pared abajo!” Pero no me dejó. ¿Qué podía hacer un niño?
Cuando papá llegó esa tarde, le contamos lo sucedido. Repitió mi experimento con la escoba y confirmó el hallazgo. Lo que dijo después marcó una diferencia abismal entre su mundo y el mío:
—Lo que sea que esté allí, no es de nosotros.
No quise imaginar qué habría pasado si hubiéramos tomado ese oro. El “hubiera” es una palabra inútil. Algunas personas forjan su tesoro con esfuerzo; a otras les llega por fortuna, y a otras nunca les llega. Ese día aprendí el valor del respeto a lo ajeno. Aunque papá nunca informó al dueño de la casa, tampoco tocó el oro.
Años después, papá volvió a El Fuerte. Se enteró de que unos albañiles, durante una remodelación en esa parte de la casa, encontraron una fortuna incalculable. La repartieron entre ellos y desaparecieron sin dejar rastro. La obra quedó inconclusa.
Cuando el oro no es para ti, ni aunque lo tengas en tus manos. La integridad no siempre se premia con riqueza sino con paz interior.




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