El horizonte ardía en tonos dorados y púrpura, y mientras el día se desvanecía, la presencia de Reyna, mi fiel Maltés, hacía que aquel instante se sintiera eterno. Hoy, al evocarlo, no puedo evitar que la nostalgia me roce el alma: fueron crepúsculos compartidos, soliloquios que no eran míos del todo, sino nuestros.

Así eran los atardeceres cuando mis palabras reflejaban mis más profundos sentimientos y mi único interlocutor, mudo pero atento, sufría, gozaba y sufría en silencio junto a mí. En su quietud encontraba un eco extraño, como si sus ojos cristalinos absorbieran mi voz y la devolvieran convertida en consuelo. Reyna no necesitaba hablar: bastaba el leve movimiento de su cola, el descanso de su cabeza sobre mis rodillas, para recordarme que no estaba solo.

Es en este recuerdo donde comienza mi relato. Porque aquellos atardeceres no eran simples paisajes, sino la antesala de un proceso íntimo: la meditación instintiva de un niño que empezaba a dejar de serlo. Entre la niñez y la pubertad se abre un abismo silencioso: los cambios en el cuerpo que uno no comprende, la violencia sutil de un entorno que a veces resulta hostil, y la contradictoria certeza de no querer habitar ese tiempo de la vida. Era una batalla sin nombre, hecha de inseguridades y de preguntas sin respuesta.

Allí, en ese territorio incierto, Reyna se convirtió en mi refugio. Su compañía era un recordatorio de que, pese al caos que me atravesaba, aún podía existir un espacio de calma. Mientras el sol descendía y teñía el cielo de brasas, yo encontraba la fuerza de mirar hacia adentro y reconocer que el dolor también podía transformarse en pensamiento. Y aunque no lo sabía entonces, aquellas tardes eran mi primer ejercicio de trascendencia: el acto de aceptar que crecer dolía, pero que no lo hacía en soledad.

Yo era su humano preferido.

La vecina llegó una tarde con dos cachorritos en brazos, como quien carga dinamita envuelta en ternura. Decía que no podía conservarlos porque tenía un bebé recién nacido que ya le absorbía todas las horas del día y las noches también. Mis hermanos y yo apenas vimos aquellos dos pompones de vida y nos lanzamos a una súplica colectiva, mezcla de coro celestial y chantaje emocional: “¡Por favor, déjanos quedarnos con los dos!”

Mi padre, en un raro momento de debilidad (o quizás estrategia para vernos responsabilizados por primera vez en la vida), aceptó. Fue formidable. Las dos pequeñas comenzaron a retozar por toda la casa como si fueran dueñas legítimas, resbalándose en el piso, mordiendo lo que no debían y derritiendo cualquier intento de disciplina. Nos divertíamos como nunca.

El idilio duró poco. Mis padres nos llamaron al orden y con tono solemne nos anunciaron que las perritas eran nuestra obligación: había que alimentarlas, asearlas, sacarlas a pasear y mantenerlas sanas. El entusiasmo, de pronto, se encogió un poco. Descubrimos que detrás de cada brinco alegre venía una croqueta que había que servir, detrás de cada lamida había un baño pendiente, y detrás de cada paseo había una correa que alguien debía sostener.

Les pusimos nombres que parecían definirlas de inmediato: Reyna y Princesa. Reyna, porque tenía un aire serio, casi majestuoso, como si la sala de la casa fuera un trono improvisado. Princesa, en cambio, parecía una chispa con patas, siempre corriendo sin rumbo, siempre dispuesta a hacer travesuras.

Lo curioso es que Princesa rara vez me buscaba. Era como si yo le resultara un mueble más. Pero Reyna… ah, Reyna me miró un día y, en un gesto tan contundente como silencioso, decidió que yo era su viva imagen en versión humana. Desde entonces no me soltó más. Me adoptó, me eligió, y yo, sin saberlo al inicio, gané a mi amiga inseparable, mi confidente y la mejor compañera de juegos que un niño podía tener.

Me miraba dibujar.

Yo había encontrado en el paisajismo al carbón un escape a mis problemas —¿qué problemas puede tener un chamaco de diez años?—. Me echaba de barriga en el piso, como lagartija en día soleado, y comenzaba a trazar imágenes: algunas recordadas, otras inventadas, muchas francamente inverosímiles.

Reyna se acomodaba a mi lado como si fuera mi crítica de arte particular. Con ligeras inclinaciones de su cabeza parecía sugerir cambios en el trazo: “Ese árbol está chueco”, “ese río parece manguera torcida”, o quizá solo quería decirme lo pésimo que se veía todo. Yo, claro, hacía como que entendía sus observaciones y corregía un poco, no tanto para mejorar el dibujo, sino porque me divertía pensar que estaba dialogando con una perra crítica de bellas artes.

Cuando pasaba al color, el asunto se volvía todavía más curioso. Ella sabía muy bien cuál era el lápiz que seguía, y antes de que yo lo tomara de la cajita, Reyna ya lo había olfateado, colocado a un ladito con la pata o empujado hacia mí, como diciendo: “El azul, humano, el azul… ¡no me arruines el cielo con verde, por favor!”.

Así, entre mis trazos torcidos y sus consejos mudos, terminábamos produciendo paisajes que hoy quizá merecerían un “muy bonito” con sonrisa condescendiente de cualquier adulto. Pero para mí, en esos momentos, era una obra en coautoría: mitad niño distraído, mitad perra perfeccionista.

Sepa Dios a dónde fueron a parar esos dibujos, seguramente en la basura.

Consolaba mis frustraciones

La vida de un niño es difícil, bueno, la mía lo era. Tenía problemas serios… como que el balón nunca me llegaba en los partidos, que mis hermanos se comieran mi parte del postre, o que el maestro de matemáticas jurara que sacar raíz de un número era fácil. A veces, cuando esas frustraciones me sacaban lágrimas de desesperación, Reyna estaba allí conmigo.

Sus ojos me miraban con una mezcla de compasión y sabiduría ancestral. Estoy convencido de que, si hubiera podido hablar, me habría dicho algo así como: “Tranquilo, humano, a veces solo hay que dejar que el tiempo cure heridas… y si no, siempre hay croquetas”. Y después de ese sermón silencioso, pasaba a la acción: me incitaba a seguir con mi vida, retándome a las carreras.

Se colocaba en posición de arranque, con las patitas bien plantadas, esperando a que yo hiciera lo mismo. Y ahí estaba yo, en cuatro patas, sin importarme lo que dijera la gente al verme. Nadie entendía que lo nuestro no era un simple juego: eran Olimpiadas de raza.

A la voz de tres iniciábamos la carrera a toda velocidad. Ella volaba sobre el piso como un rayo blanco, y yo, con toda la dignidad de mis diez años, intentaba no dejarme atrás. Lo curioso es que siempre llegábamos empatados. Siempre. Ni un paso adelante, ni un paso atrás. Quizá una treta de la inteligente bestia, que entendía perfectamente que lo importante no era ganar, sino enseñarme a ser ese niño que ríe aunque el mundo parezca injusto.

Cuando me fuí

Muchos años después crecí y me fui a estudiar lejos. La vida, como suele hacerlo, me jaló con prisa hacia otro rumbo. Princesa ya había muerto antes, dejando un vacío silencioso en la casa, y yo tuve que dejar a mi amiga con mis hermanos. Desde allá me enteré de que Reyna había parido dos cachorritos, y que, como en un eco de nuestra propia historia, hubo que entregarlos al cuidado de otros, porque todos en casa tenían ya responsabilidades distintas.

Reyna encontró un nuevo humano, y sus cachorros también. Cada uno caminó nuevos caminos, ajenos a mí, con la naturalidad con la que se dispersa la vida. Yo, por mi parte, cargué primero con un nudo en la garganta, preguntándome si la había traicionado al no estar allí. Pero el tiempo me enseñó que no se trataba de cargar con remordimientos por una amistad perdida, sino de guardar la certeza de lo compartido.

Los recuerdos permanecieron intactos: los atardeceres, las carreras, los dibujos torcidos corregidos con un cabeceo. Y entendí que la verdadera lealtad no pide cadenas ni exige presencias eternas. Basta con haber coincidido en un tramo de la vida y haber dejado en el otro un recuerdo alegre. Ese es el aprendizaje: que el afecto incondicional, aunque no nos acompañe siempre, nunca se pierde, porque se vuelve parte de lo que somos.

De Reyna aprendí que la amistad no se mide en años, sino en la huella que deja en el alma.

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