Ulises cerró el periódico y lo lanzó hacia la mesita de centro de la sala. Se echó para atrás sobre un raquítico cojín de la vetusta sala de su casa. El Extra publicó una nota que le dejó pensativo:»Se le pasó la mano: Hombre mata a su mujer ‘solo quería corregirla’, declaró ante las autoridades».

Ulises creció acostumbrado al sonido de los golpes. Desde niño, aprendió a distinguir los pasos de don Cuco en el corredor—pesados, irregulares, como un presagio. Su corazón latía más rápido cuando escuchaba el zumbido del cinturón deslizándose por los ojales. «No mires, no hables, no respires, le susurraba a sus hermanos menores, escondidos bajo las cobijas.

Cuando alcanzaba la adolescencia, un violento suceso cambió el curso de su vida y de toda la familia.


La ciudad, en pleno boom industrial, hervía de fábricas y camiones cargados de mercancía, la fundidora vomitaba placas de acero al rojo vivo todo el dia y el aire en Monterrey olía a acero y combustóleo. Pero allá afuera, el progreso no llegaba igual para todos. Doña Felicitas lo sabía bien. Detrás de la puerta de su pequeña vivienda, la vida transcurría entre el quehacer y los gritos de don Cuco, un hombre hosco que creía que ser el único proveedor le daba derecho a gobernar con puño de hierro. Sus hijos—tres hombres y tres mujeres—crecieron bajo una sombra de miedo, aprendiendo a agachar la mirada cuando la voz de su padre retumbaba como un trueno. 

Ese año, 1980, aún no existían leyes que protegieran a las mujeres de la violencia doméstica. La palabra «feminicidio» ni siquiera figuraba en los periódicos. Si un marido golpeaba a su esposa, era un «asunto de familia», algo que se resolvía en silencio, entre paredes manchadas de vergüenza. 

Esos días, las discusiones y la agresión de los esposos se intensificaron sin una razón aparente. Podía ser por dinero, por sospechas de traición, o simplemente porque don Cucos pasaba más tiempo en la cantina que en su casa. Aunque eso preferían sus hijos antes que escucharlo discutir con su madre. Cuando pasaba —y pasaba a diario, iniciaban una discusión leve, pero esta subía de tono cuando Felicitas, —que nunca se quedaba callada como le rogaban sus hijos— le decía sus verdades a don Cuco. En el mejor de los casos este solo levantaba la voz, pero en otras se desquitaba con lo que tuviera a la mano: sillas, trastes y hasta el cuerpo de Felicitas.

Pero a los 17, algo en Ulises comenzó a agrietarse. Ya no era el miedo lo que sentía, sino rabia —una rabia muda, como un tizón ardiente. 

Cuando don Cuco levantó la mano contra Felicitas por enésima vez, Ulises sintió el sabor metálico de la adrenalina. No pensó. Actuó.

El Día Que Todo Cambió.
La faena tóxica empezó aquel dia cuando don Cuco llegó borracho exigiendo alimento. Ese día se la habían pasado en blanco, no había dinero ni para tortillas. Ante la nula respuesta, arremetió irracionalmente contra Felicitas con insultos y empujones.

Ulises, ya no aguantó. Con el corazón a punto de estallar, se lanzó contra su padre. Los golpes sonaron secos, hacia ambos lados hasta que un puñetazo certero derribó a don Cuco. El viejo, lejos de rendirse, agarró un cuchillo del cajón y lo amenazó de muerte. 


Ulises retrocedió, resbalando en el piso encerado, y salió corriendo. Detrás de él, escuchó pasos—sus hermanos Ledo y Galia, intentando seguirlo. «No puedo volver», les dijo entre lágrimas. «Pero… ¿y mamá?», preguntó Galia. Ulises no supo qué responder. Pidió a sus hermanos que regresaran, ellos se rehusaron, querían alejarse también. Allí, en la fría calle regia, Ulises sufría en silencio la traición de su propia sangre. «¿Cómo pudo hacernos esto?» Sus hermanos se quedaron allí mudos, sollozando. La gente volteaba a verlos como queriendo adivinar la tragedia.


Una corazonada quemó de pronto su corazón. Ulises decidió volver a su casa. Al entrar, encontró a su madre tirada en el suelo, inconsciente, con un moretón violáceo en el vientre. Los paramédicos llegaron tarde para evitar el dolor, pero a tiempo para salvarle la vida. Algo se quebró para siempre dentro de él. Ya no había espacio para dudas: don Cuco había muerto para ellos esa noche. Echó candado en puertas y ventanas. Don Cuco ya no tenía lugar allí. 

Al día siguiente, la tía Delfina le pidió que fuera a verla. Al llegar, le entregó una carta. Ulises la leyó, era de don Cuco. No era una disculpa, sino un desafío: «Si ya eres hombre para enfrentar a tu padre, sé hombre para mantener una familia. Tómala, es toda tuya». Desde aquel día, don Cuco se largó, sin remordimiento, dejando esposa e hijos al garete.


En el Monterrey de los 80, un hombre que abandonaba a su familia no era un criminal, era un cobarde común. No hubo denuncia, ni policías, ni juicio. La justicia solo existía para crímenes mayores.

Sin estudios, con seis bocas que alimentar, Ulises aprendió a mendigar trabajos. Descargó camiones bajo el sol de 40°, limpió baños en bares, vendió dulces en los urbanos. La llegada de la noche era su alivio, pero también su tormento:
Soñaba con aquél cuchillo que le abría las entrañas, con los gritos y reclamos, con la cara de pánico de sus hermanos preguntándole «¿y ahora qué vamos a hacer?» Su alma se retorcía y sin embargo, nunca volvió a derramar una lágrima. A veces, en la madrugada, golpeaba la pared hasta sangrar, no por rabia, sino por desesperación. 

Un buen día encontró un empleo que resolvió todos sus problemas y Ulises, con 19 años, se convirtió en padre, hermano mayor y proveedor. «Así es como se forjan los hombres de bien» le dijo una vez la tía Delfina.

Años después, cuando sus hermanos lucieron togas universitarias, Ulises sintió la paz que no había tenido en años, pero el recuerdo de su afrenta lo obligaba a revisar las cerraduras dos veces antes de dormir.

Galia (ahora abogada) le dijo en esos dias: «Fuiste nuestro padre cuando él no supo serlo». Fue entonces que, por primera vez, Ulises dejó de lado su orgullo y dejó brotar las lágrimas que había retenido por años. 

Felicitas aprendió a sonreír sin miedo, buscó un empleo de medio tiempo y atendía su casa donde ahora siempre había qué comer, un ambiente de paz y armonía. Ulises regresó a la universidad y se graduó con honores en el ’84. ¡Cómo le dolió ver a los orgullosos padres presumiendo el diploma de sus hijos!

Meses después, él también dejaría a su madre y hermanos, está vez, buscando su propio destino.

«No es la sangre lo que hace a una familia, sino el coraje de protegerla». 

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