Era enero del 76, y Monterrey se despertaba con un aire fresco (bueno, helado, para ser exactos). Por las calles, los regios, bien abrigados con sus chamarras de piel sintética, miraban con sospecha a un recién llegado: Vidaña, un chilango fresón que, contra toda lógica, paseaba en camisa de manga corta como si el norte fuera un mito. «¡Éste no aguanta ni un día!», murmuraban los compañeros, bautizándolo al instante como «El Chilango Polar».
Pero ahí estaba él, sobreviviendo al invierno y a las miradas. Tenía un amigo que pronto se convirtió en su carnal del alma. Muy parecidos, solo que aquél más güerito y con el don de mover el balón como si fuera magia. Juntos, formaron el «dream team» de la prepa, junto a tres chavas que eran puro personaje: la coqueta Sagrario (que volteaba cabezas con la suave cadencia de caderas), la cerebral Cecilia (siempre con un libro y una mirada de yo no fui) y Sara, la desmadrosa (el caos en forma humana, pero del chido).
El primer semestre fue pura buena vibra: Adrián dominando las canchas —a veces arrastrando a Vidaña al juego; las chicas rompiendo corazones (y a veces narices), y Vidaña… bueno, él era el ñoño funcional: entre juntas de la sociedad de alumnos, libros polvosos en la biblioteca y obras de teatro donde, por arte de magia, siempre le tocaba hacerla de árbol o estatua. «Al menos no me linchan», pensaba, viendo cómo los puñetas (los ñoños no evolucionados) sufrían acoso de veteranos en los pasillos.
Para Vidaña y Adrián, que derrochaba energía y condición física, todo cambió aquel día que los Diablillos, el equipo de representativo de tocho de la prepa, abrieron la convocatoria para novatos. Con una nutrida audiencia de chicas hermosas cuya intención era solamente escoger papacito, ese día los jugadores hicieron alarde de poder. Corrían endemoniados hacia el potro y terminaban chocando sus hombros desplazando la pesada estructura de acero, luego pedían a los reclutas hacer lo mismo. Claro que nadie se atrevía. Los veteranos, más brutos que un luchador de la Arena Coliseo, empezaron a pisotear rookies como si fueran hojas de otoño. Gritos, golpes, y hasta un diente voló (sí, neta), sin que los culpables recibieran amonestación o castigo. Vidaña y Adrián se miraron asustados, y sin decir nada, ¡pies, pa’ que los quiero!, activaron el modo correcaminos: se esfumaron de las filas más rápido que un parpadeo.
A salvo, escondidos en el famoso «palomar» —un salón abandonado en el ático del edificio, se reían nerviosos —Somos unos cobardes, las chicas se burlarán de nosotros —decia Adrián y Mario se justificaba: «Mas vale correr que morir».
A veces, la verdadera valentía está en saber cuándo… ¡Zafarse, chsm!»





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