Durante un viaje de regreso de Guanajuato a Monterrey, hicimos una parada en el merendero El Porvenir,  frente a las Villas Ecológicas Los Nardos en San Juan de los Lagos. Allí, un joven mesero de apenas trece años, con mandil rojo y modales excepcionales, nos atendió con amabilidad y eficiencia. Su dedicación me sorprendió, y no pude evitar comentar lo valioso que es que los jóvenes aprendan el valor del trabajo desde temprana edad. 

La conversación derivó en anécdotas, y Nora recordó que Adrián, mi hijo, también había tenido su primer empleo a los doce años. En aquel entonces, movido por el primer amor, buscó trabajo para ahorrar y comprarle un regalo a su novia. Una tienda de la colonia lo contrató como repartidor: le pagaban un sueldo modesto, pero podía quedarse con las propinas. 

—Era un trabajo duro —confesó Adrián—. Andar bajo el sol, cargando pedidos, sin más ayuda que mi propia astucia. 

Y vaya que la necesitaba. Aprendió a optimizar sus rutas para no dar vueltas innecesarias, a balancear la carga en su bicicleta e, incluso, a transportar varios garrafones de agua de veinte litros, equilibrando el peso para que no se cayeran. Pero su mayor hazaña —que relató con una sonrisa de orgullo— fue el día que llevó siete bolsas de hielo.

—Traté hasta lo imposible y lo logré. —Luego dejo brotar su honestidad y agregó —bueno, se me cayó una.

Esa experiencia no solo le enseñó resistencia, sino también a resolver problemas por sí mismo. No esperaba instrucciones: analizaba, improvisaba y, si algo salía mal, ajustaba su método. Esa misma determinación lo define hoy: cuando se propone algo, no hay obstáculo que no sortee con ingenio.


Adrián no solo ganó dinero en aquel entonces; ganó carácter. Aquel primer empleo fue más que un medio para un regalo: fue la semilla de su independencia y su ética de trabajo. Porque quien aprende a esforzarse desde joven, no solo valora el dinero, sino que forja las herramientas para construir su propio camino. Y eso, al final, no tiene precio. 

Esa bicicleta cargada de pedidos fue su primera escuela. Y la lección más importante fue esta: el trabajo no solo da dinero, sino dignidad y alas.

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