Así como cambian los tiempos, también las costumbres.
Estaba recordando que, después de haber trabajado por dieciséis años en el sector privado, específicamente en la industria manufacturera, y que decidí aventurarme al mundo del emprendimiento, mis hábitos cambiaron muy poco.
Primero, prepararme para el trabajo. Para ir a la fábrica necesitaba despertar a las seis de la mañana, arreglarme y salir a las siete para poder llegar a tiempo para mí entrada oficial a las ocho. Al emprender por mi cuenta, mi horario de trabajo empezaba igual, a las ocho.
Para cuando mi esposa despertaba y se disponía a preparar el desayuno, yo ya estaba arreglado y listo para salir. Igualmente si no salía. La costumbre me forzaba a seguir la rutina aprendida en los dieciséis años anteriores.
Luego, cuando me llegó la oportunidad de trabajar para el gobierno federal de EEUU, la lógica me marcó que el atuendo apropiado era el traje completo, todos los días. Y así lo hice. Los primeros tres años mantuve la disciplina hasta que un jefe me dijo, «Mario, no uses traje, la gente piensa que tú eres el cónsul». La rutina de despertar temprano regresó y se mantuvo durante catorce años que trabajé en el sector público.
Llega mi retiro. Los primeros dos meses -puedo decir-, me la pasé de vacaciones. Fueron demasiados días. Al empezar el tercer mes ya tenía hambre de trabajo. Empecé mi agencia de promoción comercial. Hubo un gran cambio. Ahora trabajo solo en los proyectos que yo escojo. Por lo tanto, mi actividad regresa a los viejos tiempos en ocasiones controladas. En un día promedio, hago algo de trabajo en mi computadora, desde mi cama, por algo así como dos horas desde las siete de la mañana. Para las diez, mi esposa y yo dejamos el lecho y bajamos a la cocina a desayunar. El resto del día me quedo al pendiente de lo que surja: que me llame un cliente, o algo así.
El verdadero gran cambio es que, en un día promedio ahora, no tengo que arreglarme y puedo usar ropa deportiva todo el día.
Y eso que antes criticaba esa forma de vestir de los viejos fodongos de mi vecindario.
Los tiempos han cambiado, no cabe duda. Los jóvenes de hoy, incluso aquellos que se dicen «CEO» de una start-up, visten muy casual y ya no tienen que estar en una oficina, trabajan desde su casa, y en su casa visten mucho más a gusto.
Así estoy yo ahora. Los tiempos han cambiado y yo también.





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