Las visitas familiares eran habituales en casa de mis padres. A veces también nos visitaban viejos amigos de ellos. Mientras se instalaban los visitantes, generalmente en la mejor habitación, los exquisitos aromas de los guisos de Soco ya inundaban la casa y al reunirse todos al comedor se esparcían en el aire los animados murmullos de las conversaciones. Los pequeños escuchábamos aquellas charlas interminables repletas de historias de antaño y novedades insospechadas hasta que el sueño nos vencía. Al día siguiente despertábamos con el delicioso aroma a café descubriendo que habíamos pasado la noche en un improvisado lecho sobre la alfombra, tapados con una ligera frazada que alguien había puesto si re nosotros. El eco de las conversaciones aún rebotaba en las paredes.

Al principio, las visitas era una sorpresa para nosotros, pero con el tiempo aprendimos a descubrirlas. Bastaba ver a mi madre entregada a los preparativos: sacudía las sábanas recién lavadas con esmero, asegurándose de que quedaran perfectas; pasaba el paño por cada rincón con una precisión casi ritual, mientras el aroma fresco de Stanhome se deslizaba por el ambiente. Aunque la limpieza era parte de la rutina diaria, aquellos días tenían algo especial, un ritmo distinto, una dedicación aún más entregada. Eran señales inconfundibles, y la emoción nos llenaba de expectativa. «¿Quién va a venir, mamá?»

En otras ocasiones, las visitas llegaban por sorpresa provocando la mayor excitación y alegría. Era entonces cuando los mismos visitantes se disponían gustosos al trabajo de preparación de las habitaciones, mientras que los pequeños ya habíamos iniciado los juegos riendo y corriendo felices con los hijos de la visita.

La hospitalidad de mis padres no tuvo comparación. Siempre se esmeraron en proporcionarle al visitante la mayor comodidad, al punto de convertir su generosidad en un hábito que luego adoptamos, aunque no por completo. A nuestros ojos, algunos gestos parecían exagerados, como ceder sin reserva y con gusto, la mejor habitación: su recámara. Era entonces que pasábamos noches de gran excitación conviviendo con mamá y papá, disfrutando sus puntadas que nos hacían retorcer de la risa. Fueron aquellos momentos realmente inolvidables. Cuando la visita eran parientes más cercanos -tíos o abuelas-, las puertas de las habitaciones se dejaban abiertas permitiendo que las conversaciones fluyeran aún entrada la noche. En la penumbra, el más leve sonido se amplificaba, provocando una oleada de risas contenidas y susurros traviesos. Sabíamos que los adultos nos escuchaban, pero eso solo añadía emoción al juego. ‘¡Ya, Mario, a dormir!’, se escuchaba de pronto, interrumpiendo nuestra divertida conspiración nocturna.

La hospitalidad de mis padres adquiría una dimensión aún más profunda, cuando convertían la casa en un refugio para quienes emprendían una nueva vida. Esto venía con un fuerte componente emocional y social, mostrando cómo la migración no solo era un desafío individual, sino también una experiencia compartida dentro de nuestra familia – nosotros habíamos llegado un poco antes-.

Era la década de los setenta, cuando todos parecían partir desde sus ciudades natales—Torreón, Parras, Cepeda, Saltillo—siguiendo la promesa de un nuevo comienzo en la Ciudad de México. Las visitas podían extenderse por varios dias, transformando la casa en un hogar provisional, en un espacio donde los sueños, las historias y las risas tejían un nuevo capítulo de vida.

En algunas ocasiones, las visitas sorpresivas nos daban otra sorpresa aún mayor: no se iban. La diáspora los llamaba a la Ciudad de México, no solo con la esperanza de encontrar trabajo y casa, sino con la necesidad de estar cerca de la familia, de aferrarse a un vínculo en medio de la incertidumbre.

A veces, la convivencia prolongada podía transformarse en una prueba de tolerancia, contrastando el carácter firme pero paciente de mis padres con la intestina desesperación de nosotros, sus hijos.

La alegría de una visita inesperada podía transformarse en incomodidad con el paso de los días. No es cierto aquello de ‘el muerto y el arrimado a los tres días apestan’; en realidad, la tolerancia empezaba a tambalearse después del octavo. Tras una semana, las diferencias en educación y buenas maneras se volvían evidentes: el inodoro sucio, el piso del baño mojado, los platos acumulándose en el fregadero, ropa nuestra usada sin pedir permiso, comida desperdiciada en el plato, falta de respeto hacia sus propios padres.

Aunque estas actitudes contradecían las normas de la casa, mis padres se mantenían serenos, siempre comprensivos con los visitantes, pero firmes con nosotros. Para los pequeños, sin embargo, la paciencia no era infinita. La incomodidad crecía hasta el punto de que, a diario, la misma pregunta surgía entre murmullos y miradas de resignación: «¿Cuándo se van?»

Hoy, sin darnos cuenta, seguimos sus pasos. La hospitalidad que nos enseñaron no fue solo un acto, sino una forma de vida. Nos ha tocado vivir la historia repetida de manera semejante con familiares y amigos que se admiran con las inesperadas muestras de hospitalidad: ofrecer nuestra cama, cocinar para ellos, pasear y visitar a otros parientes. Las charlas amenas y prolongadas se constituyen en el acervo de nuestra historia familiar, pero más allá de las charlas y los encuentros, lo que realmente perdura es el placer de abrir las puertas, de extender las manos, y de compartir un poco de hogar a quienes nos han dado el regalo de su compañía.

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