Cuando la preocupación y el coraje se mezclan, a veces las palabras salen más fuertes de lo que pretendíamos. En ese momento, la necesidad de proteger a nuestros hijos y exigir respuestas, le nublan la razón y la paciencia al hombre cansado. Al menos eso fue lo que me aconteció un día de 1994.
Uno de esos días que llegué a casa después del trabajo, mi esposa me recibió en la puerta —una rutina que no le duró mucho, por cierto—. Y es que no perdimos tiempo, encargamos bebé inmediatamente después de casarnos. Ya saben, nace el niño y los hombres perdemos toda la atención de la madre. Bueno…
Nuestro bebé ya estaba asistiendo al jardín de niños; era un bebé algo especial y fuera de lo común pues aunque le encantaba convivir, jugar y aprender, también le obsesionaba ser el mandamás. Al verlo jugar en la sala lo levanté en mis brazos y observé tremendo verdugón en forma de arco en su bracito.
Mi primera reacción fue de sorpresa —¡Que pasó?, grité.
Mi esposa me quitó al niño y con la calma de quién ya pasó el proceso de sorpresa y enojo, se sentó a relatar lo sucedido.
—La maestra de Ruly me dijo que en el salón hay una niña que no ha aprendido a convivir y que reacciona mordiendo a sus compañeros por cualquier cosa que no le parezca.
Empecé a sentir rabia y coraje y en forma altanera pregunté, —Bueno, ¿es que ahora ya aceptan perros en el kinder?
—Asi son los niños, Mario. Hacen cosas insospechadas en un segundo que descuidas la mirada. —agrego mi esposa.
—¡No es excusa! Mañana llevaré yo mismo al niño a la escuela para hablar con la directora. —aseguré.
Pues amaneció, desayunamos y nos preparamos para salir.
Antes, déjenme comentar que el hecho había perdido significancia para mi niño desde el momento en que dejó de llorar, aquel día, aún estando en el kínder. Cuando lo cargue en brazos, no tenía ni siquiera un rasgo de resentimiento contra la niña. Quizá aún le dolía el mordisco, pero no había trauma que lo invitara a guardar rencor. Estoy seguro de que se guardaría de estar cerca de la niña, más adelante. Era como si desde su perspectiva infantil pensara «esas cosas suceden». Y ya, ahí muere. Un razonamiento inteligente y civilizado.
El padre…¡No, que esperanza! El había guardado resentimiento y esperaba vengar la afrenta. Y allí estaba Jesu a la puerta del kinder recibiendo a los niños.
—¡Señor Vidaña, le tocó traer a Raulito!¿Cómo siguió?
—Eso vengo a aclarar -dije ya con tono embravecido-, ¿Dónde está la perra que mordió a mi niño?
Jesu es una señora muy dedicada a su trabajo y al cuidado de la disciplina del colegio. Para la fecha que escribo esto, ella aún labora y se encarga de lo mismo. Sabrá Dios qué edad tiene, pero se conserva joven y su cutis lozano.
—(Ay, señor Vidaña, ¡cálmese!) —suplico susurrando mientras que a la vez mantenía su rostro afable y sonriente para que los demás padres no fueran a alarmarse.
—¡Por poco le arranca el pedazo, Jesu!¡Corranla a la fregada!
—Ya lo reportamos a sus padres. Ellos tomarán medidas.
—¿Qué, le pondrán bozal?
La directora se asomó preocupada. Quería saber quién levantaba la voz allá afuera. Gloria administraba ese kinder desde mucho antes de llegar nosotros al vecindario. Vecina nuestra, y compañera de reuniones. Al salir, repetimos el diálogo, con las mismas súplicas a la cordura y los mismos reclamos de un padre enfadado.
—Quiero que me digan qué harán para evitar que esto le pase a otros niños —reclamé.
Así es, reclamé una acción concreta para proteger no solo a mi hijo, sino a los demás pequeños, una forma de asegurar de que incidentes como ese no se repitan.
La directora reconoció que debía reforzar la atención e implementar medidas de inmediato.
Aunque los padres de la niña evitaron mi solicitud de hablar aceptaron que después de varios incidentes semejantes era tiempo de llevar a la niña con un terapeuta. Por otro lado, el hecho de que la escuela estuviera dispuesta a reforzar la supervisión muestra que tomaron en serio mi preocupación.
La comunicación entre padres y educadores puede marcar una gran diferencia en el desarrollo de los niños. A veces, los padres no están conscientes de ciertos comportamientos de sus hijos hasta que alguien más los señala, y eso les da la oportunidad de reforzar valores como la empatía, el respeto y la convivencia.
En lo que a mí respecta, aquel suceso solo fue una amarga experiencia que también descubrió la necesidad de controlar mis impulsos animales. Me sentí bien por motivar un cambio, pero no me enorgullezco de la forma en que lo manejé.
Pero como los hombres, así como las mulas no entienden las razones, seguí cometiendo el mismo error varias veces más en otras situaciones y diferentes condiciones. Pero esas serán otras historias en este libro.





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