La caca de vaca es como arena movediza.
Esta anécdota se desarrolla en una de nuestras visitas familiares a casa de los Soto, cuando estos vivían en la aguerrida colonia Agrícola Oriental de la ciudad de México y nosotros en Balcones del Valle (hoy Lomas de Valle Dorado), en el Estado de México.
La Agrícola, a pesar de que ya estaba completamente fraccionada y urbanizada, aún conservaba algunos establos y parcelas sembradas. Unos llenos de vacas y otros animales, otros creciendo maíz. Para nosotros, los niños, eso era normal. Nada nos era raro ni curioso, era solamente un lugar donde nos tocó vivir y convivir.
Resulta que con aquella disposición de mis primos para distraernos y hacernos pasar aventuras (era una costumbre maravillosa y divertida, a veces peligrosa), entramos a un establo repleto de vacas. Nuestra estatura no permitía que pudiéramos trepar en ellas, en cambio, el reto era entrar y que no nos pasará algo como ser cornado, aventado, o incluso aplastado por alguna res. Estábamos conscientes de la magnitud del peligro pero eso no impedía que hasta los más pequeños entrarán al desafío. Solo para que se tenga una idea, los más pequeños Diana y Tachito andarían en sus tres o cuatro años; los grandes entre ocho y diez.
Pues bueno, «a qué no se atreve a pasar al otro lado, compadre» lanzó Jorge el desafio. «A qué si». Era el reto para uno y para todos.Y allá vamos. Subimos la cerca alambrada de púas y saltamos al interior del corral. Las vacas voltearon a vernos con flojera. Mientras cruzábamos al otro extremo sentimos que nuestros pies se hundían en el fango. No era fango, era la cagada de las reses, cada vez más profunda y chiclosa. Quienes andábamos descalzos sentíamos como la cuacha se deslizaba entre los dedos de nuestros pies, y que difícil era sacarlos para dar otro paso. Los que andaban en chanclas las perdieron cuando el vacío provocado por su pisada las succionó haciendo imposible sacarlas. Yo miraba las reses por si venían a corrernos, pero se veían tan despreocupadas, acostumbradas a los humanos entrometidos y pendejos. Estoy seguro de que reían a carcajadas, aunque solo se les escuchaba mugir de vez en cuando. Al final, salimos a salvo y victoriosos hacia el otro extremo del corral con nuestros pies llenos de caca y apestosos. Sellamos la aventura con unas risotadas alegres.
La caca de caballo es comestible.
«He leído que el excremento de los camellos era usado por los beduinos para prender lumbre y cocinar sus alimentos en el desierto», comenté.
Esta vez estábamos en otro corral cercano observando las mulas de carga. Seis hijos de Mary y los seis hijos de Soco. ¿Que dirían los que nos vieron pasar?¿Que éramos una pandilla más? Éramos «doce al patíbulo», otros animales aprendiendo a vivir.
«Creo que la caca de los caballos funciona igual, nunca he intentado prenderle fuego», dijo Cristina y agrego «lo que si, es que cuando está fresca, se come».
Soltamos una carcajada, incrédulos. «¡Es cierto!», aseguró, luego lanzamos el desafio. «A ver, demuéstrelo.»
En su afán de estar siempre en lo cierto y de dar una lección al sabelotodo que se leía las enciclopedias completas, la chica se acerca a una enorme cuacha y se inclina para tomar un poco. Aún salía vapor y su textura se observaba húmeda y fibrosa. Pues qué se lleva una pizca de caca a la boca y empieza a masticar.
«Mmm, sabe a caña», dijo a la vez que hacía una mueca de asco. Pero se aguantó.
«La verdad, yo nunca comería caca, aunque me este muriendo de hambre», aseguró uno.
«Pues nadie se quiere morir», contestó Cristina.





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