Preparándose para la primera comunión.


Cuando mis hijos se preparaban para su primera comunión, nos sumergimos en la vibrante comunidad de la parroquia de La Santa Cruz, donde el carismático padre Ernesto Maria Caro guiaba con firmeza y devoción. Con un espíritu de profunda celebración, cada rito y cada enseñanza nos acercaban más a ese momento especial.

El padre Caro, conocido por su meticulosa preparación para los santos sacramentos, aseguraba que cada detalle fuera digno de la ocasión. Para el sacramento del matrimonio, por ejemplo, los cursillos, retiros y plegarias formaban un camino de reflexión y júbilo, preparando corazones y almas para la unión sagrada. Durante sus misas, la liturgia adquiría una armonía casi coreográfica: las respuestas resonaban con precisión, los fieles se santiguaban con solemnidad, y el acto de hincarse durante la consagración del pan y el vino se realizaba con una perfecta sincronización.

La emoción crecía conforme se acercaba el gran día. Cada misterio y cada gesto no solo eran un acto de fe, sino un reflejo de la alegría compartida en comunidad. Y aunque el padre Caro tenía un ojo agudo para los detalles, su pasión por la celebración de los sacramentos hacía que cada experiencia fuera inolvidable, llena de significado y gozo.

De la misma forma, la preparación de los niños para su primera comunión era intensiva. Pudiera decirse que, si alguno de los catecúmenos decidiera servir al Señor, bien podría pasar directo al seminario. Las maestras catequistas, guardianas del conocimiento sagrado, sabían que en cualquier momento el padre Ernesto podría aparecer sorpresivamente para poner a prueba su capacidad para enseñar. Con su mirada atenta y su tono inquisitivo, lanzaba preguntas que los niños debían responder con claridad y seguridad.

Por ello, las catequistas no dejaban nada al azar. Cada lección era reforzada con preguntas, historias y dinámicas que aseguraban la comprensión de los pequeños. Las clases no solo eran espacios de aprendizaje, sino también de convivencia y alegría, donde los niños compartían su entusiasmo por el gran día que se acercaba. Entre cantos, oraciones y juegos educativos, el ambiente festivo se mantenía vivo, recordando que la fe también es celebración.

Así, cuando el esperado momento llegaba, no solo los niños estaban preparados, sino toda la comunidad vibraba con la emoción de verlos dar ese paso tan importante en su camino espiritual. La primera comunión no era solo un sacramento; era una auténtica fiesta de fe y amor, donde cada detalle, por exigente que fuera, contribuía a la grandeza del acontecimiento.


Sucedió que un día, el aula estaba en perfecto orden, los niños recitaban con entusiasmo las enseñanzas del día, cuando de pronto… la figura del padre Caro se asomó por la puerta. Su mirada escudriñadora recorrió el salón, y las catequistas, con una sonrisa que escondía un latente pánico, se apresuraron a hacer preguntas para que los niños demostraran lo que habían aprendido. Mayín fue seleccionado para la demostración.

—¿Cuál es la diferencia entre el pan ácimo y el pan de tu casa? —preguntó la catequista con tono solemne.

Mayín, seguro de sí mismo, respondió sin dudar:

—Que el pan ácimo es bendito.

El padre Caro asintió levemente, como quien evalúa la respuesta con la rigurosidad de un juez en la final de un torneo de oratoria.

La catequista, buscando que la respuesta estuviera completa, insistió con otra pregunta:

—¿Y el de tu casa?

Mayín no titubeó. Con la misma certeza y tono solemne, respondió:

—Es integral.

Hubo un silencio que pareció durar siglos.

Las catequistas contuvieron la respiración. Los niños miraban al padre Caro con una mezcla de terror y expectativa. Y entonces, después de un instante que se sintió eterno… el padre soltó una leve sonrisa, un gesto casi imperceptible de aprobación, pero que fue suficiente para que todos soltaran el aire que habían estado reteniendo.

Las catequistas decidieron que era un buen momento para cambiar de tema, y aunque la prueba sorpresa continuó, la respuesta de Mayín se convirtió en una leyenda dentro de la comunidad. Años después, en reuniones parroquiales, alguien siempre terminaba recordando la anécdota, y los oyentes reventaban en sonoras carcajadas.

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