La vida continúa.
Nada detiene el curso de nuestras rutinas de vida, ni la enfermedad, ni la muerte de los nuestros.
La línea que divide la vida y la muerte es tan corta; un día estás de un lado, un día estás del otro, pero no sabemos cuándo llegará nuestro turno.
Si no es a Dios, ¿a quién le toca decidir cuánto vivimos o cuándo morimos? y si estamos muriendo, cuánto durará nuestra agonía.
El 2024 terminó muy diferente a otros años. Las fiestas decembrinas quedaron atrás, olvidadas. El ánimo y el espíritu navideño nos abandonaron, no había espacio ni ocasión de festejar.
A principio de año, en 2024, después de una afectación pulmonar que amenazó con quitarle la vida prematuramente, los médicos detectaron y pudieron pararla a tiempo. Pero el destino ya estaba escrito, la muerte acechaba por los rincones de su casa y así inició una espantosa agonía que atormento a mi cuñada por dos semanas hasta que la pobre no aguanto más y sucumbió.
Fue el 8 de enero a las 7:30 de la mañana cuando su esposo me llamó para notificarme su muerte.
Yo acababa de cerrar el telón a un sueño extraño que se concentraba en la idea de que debía pasar más tiempo con mis hijos, admirar sus logros, contar sus aventuras y disfrutarlos todo el tiempo que me queda, porque no sé cuándo cruzaré yo mismo esa delgada línea.
Alejandra era como una hermana para mí, aquella que no ocultaba su admiración por mí y por la familia que yo había creado con su hermana. Decía que yo era el modelo de hombre que ella habría querido tener como esposo y una familia semejante.
La recordaré abrazándome después de largas ausencias. Su mirada iluminada y su sonrisa sincera. Su abrazo apretado y el aroma penetrante de su perfume.
Nosotros vivimos con ella su largo suplicio muy de cerca. Fue lo que nos preparó para su muerte.
Eres una gran chica. Al sepelio asistieron todos sus amigos, compañeros de trabajo, parientes que venían de lejos, los amigos de su padre, los amigos de su madre, los amigos de sus hermanas; todo un mundo de gente. Eran todas las semillas que había sembrado a lo largo de su vida. Manifestándose todas en un momento crucial. Doliéndose también de su muerte y preguntándose por qué ella, por qué a esa edad, porque ahora.
Nuestras vidas continúan pero siempre recordaremos a la tía Ale. Su partida nos deja un hueco muy profundo en el corazón. Quizá tarde en cicatrizar, pero la tía vivirá con nosotros mientras la sigamos llevando en nuestros corazones.
¡Hasta siempre hermanita!





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