Después de la muerte de mi padre me fui a trabajar a Reynosa. Semanas después, Soco se llevó a Fernando a la capital para recibir terapia en Asociación pro personas con parálisis cerebral, A.C. (APAC).
1985.
Quisiera decir que la casa quedó al mando de una nueva ama, pero no. En una familia donde la democracia era el sueño esperado, la ausencia de una autoridad nos motivó a repartir las tareas de forma equitativa. También consideramos que habría necesidad de rotar las funciones para hacer justo el trabajo para todos.
La ausencia de un adulto vigilante de las buenas costumbres y del bien hablar promovió la libertad de expresión en cada uno de nosotros, los hijos. Aunque yo vivía en otra ciudad, visitaba a mis hermanos con frecuencia. Esos días, entraba también al rol de las tareas de casa. Era la nueva ley.
En una ocasión me tocó cocinar. Así pues, preparé el desayuno, la comida y la cena. Gabriela ya tenía un trabajo formal y los demás estudiaban aun. Llegó del trabajo ya tarde, pero a tiempo para cenar. Preparé huevos revueltos con chorizo a la mexicana, con una buena ración de chile serrano. Todos nos habíamos adecuado a las comidas picosas. Gaby no tanto. Mientras servía, los demás le recordaban que le tocaba lavar los trastes. A lo cual respondió en un grito —¡Yo no lavo nada, vengo cansada! Su respuesta no le libró de la responsabilidad, ni mucho menos de la bulla que le hicimos por enojarse.
Hacer bulla es una mala costumbre que habíamos aprendido de nuestros tios, hermanos de mamá. Encontrábamos un mórbido placer en hacer enojar más al que había caído en la falta de quejarse.
Rabiando aún, Gaby hacia a un lado las rodajas del serrano que encontraba en su plato. Eran muchas, y de nuevo empezó a quejarse de que nuestros platos tenían más chorizo y huevo que el suyo. Nuevamente nos sorprendió con un grito —¡Me dieron puro chile!
La frase nos resultó tan graciosa que estallamos en carcajadas. La risa persistió tanto que incluso Gaby dejó atrás su mal humor y se unió al momento hilarante.
La historia aún nos hace reír cuando la recordamos en nuestras reuniones familiares cuarenta años después.





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