La conclusión de otra etapa de mi vida.
En la víspera de mi partida del Servicio Comercial, mi jefa y mis colegas se veían muy ocupados en asuntos distintos a la rutina normal de trabajo. Pretendían hacer todo en secreto para que yo no me enterara, aunque ya me habían dado una idea de los motivos que les demandaban esa actividad.
15 mayo, 2024.
Era temprano en la mañana y mi jefa se acerca a mi escritorio:
—Ayúdame a procesar el acceso para tu familia, tus contactos, y a todos a los que quieras invitar a tu despedida. La cita será mañana a las tres de la tarde.
—¿Amigos y contactos también? —dije a la vez que hacía una mueca—, me temo que es un poco tarde para invitar a mis amigos.
—Bueno, tu sabes más que yo— dijo y agregó—, lo que hagas, hazlo hoy mismo.
Toda mi familia tenía que estar allí. Procesé no los accesos y los invité personalmente. Todos aceptaron acompañarme.
16 mayo. 2024.
Cuando entré al edificio subí al tercer piso y me dirigí hacia mi oficina. En el camino me encontré con dos chicas de RH.
—¡Ay, que elegancia! —dijeron a la vez que observaban mi atuendo. Nada a lo que no estuvieran acostumbradas, pero esta vez, la ocasión era especial. Era el día de mi despedida. La antesala para mi vida de retiro.
Todo parecía marchar según lo programado pero a eso de la una de la tarde, el oficial de seguridad entró a la oficina a anunciar que habría un simulacro de incendio a las tres de la tarde. «¡No es posible!», pensé «tanta planeación para venirse abajo por un simulacro que puede hacerse otro día.» Después de discutir durante unos minutos se acordó adelantar el simulacro para las dos con treinta. Menos mal, aunque yo calculaba que a esa hora estarían llegando mi esposa, hijos y hermanas.
El simulacro fue corto, el anuncio, la evacuación, y el retorno a las actividades tomaron tan solo veinte minutos. Fue un récord.
En lugar de subir a mi oficina caminé hacia la caseta de guardias para checar si mi familia ya estaba allí. Los encontré dentro del auto con el aire acondicionado encendido. No era para menos, vestían sus mejores prendas y evitaban sudar y estropear sus aromas. Mi esposa se veía radiante y hermosa con su vestido floreado en tonos verdes; los muchachos elegantes, sus rostros reflejaban alegría, se preparaban para entrar al complejo consular -unos por primera vez-, estaban dispuestos a disfrutar el momento, a pesar de la temperatura. Yo mismo sentí con disgusto lo extremoso de ese soleado día. Eran cuarenta y siete grados bajo el sol.
Se presentaron en caseta y se les dió acceso. Durante la revisión se decepcionaron cuando les confiscaron sus smartphones.
—Papá, ¿No podremos tomar fotos? —afortunadamente, yo traía dos y con eso era suficiente. Mi esposa discretamente puso su smartphone en mi mano. Ja, ja, todo se vale: una vez en mis manos, era legal introducirlo al edificio.
Escolté a mi familia hasta mi oficina. Yo quería que apreciaran el lugar donde su padre pasaba los días ayudando a cientos de exportadores americanos a vender en México. Tomamos fotos y en eso entró mi jefa.
—¡Bienvenidos! Gracias por acompañarnos.
—Cómo íbamos a faltar en este evento tan trascendente.
—Estamos listos para empezar. Solo esperamos que llegue el Consul General.
Nos encaminamos hacia la terraza. Algunas personas ya estaban reunidas. Sentí una gran alegría reconocer a las personas que diariamente intercambiaron un saludo, una sonrisa, una charla amena. Personas que me acompañaban a la mesa o procuraban mi compañía en los eventos. Allí estaban todos los que tenían que estar: mis amigas de RH, los de mantenimiento, las de limpieza, los de servicios, los de visas, los de investigaciones, mis colegas, y los oficiales más cercanos. Todos los que compartieron conmigo un momento alguna vez. Llegó el Consul; mi jefa inició la ceremonia pidiendo la atención de los presentes, luego agradeció su presencia a los asistentes.
«Estamos aquí para celebrar el muy próximo retiro de un gran compañero…» — inicio su discurso y continúo diciendo,
«Hoy estamos reunidos para despedir al amigo que inicia su bien merecida jubilación, pensión, o como se diga”, empezó lo que parecía ser su discurso, pero luego se dirigió hacia el Cónsul y le dio la palabra.
—¿Quisiera ofrecer una palabras? —le preguntó.
—Si, por supuesto —dijo el Cónsul que apresuradamente revisaba una notas en un papel.
El Cónsul con quién termino mi ciclo laboral, estaba cercano, también, a la fecha de su partida. Al igual que mi jefa. Para los tres, el evento era una tarea apresurada, como todo lo que hacíamos en esos días con la intención de no dejar pendientes. El Cónsul recién llegaba de un viaje a Torreón acompañando al Embajador en un viaje de negocios. Roger, el Cónsul, y yo, habíamos establecido un estrecho lazo de confianza y amistad. En el esfuerzo por llegar a tiempo a ese evento preparado para mi, se evidencia el cariño y respeto que ambos nos tenemos.
Abrió su discurso diciendo —Hoy es un día triste para el Consulado porque perdemos a un excelente colaborador. Alguien que estuvo con nosotros por trece años. Todas las personas que trabajamos con el sabemos su gran valía. Recuerdo cuando recién llegué, fui a saludar a toda las personas de los diferentes departamentos y agencias; entre a la oficina de comercio y allá en un rincón divisé unas enormes naves de LEGO, fue cuando me dije: «quienquiera que sea el que se siente allí, es igual que yo». —su discurso se prolongó haciendo mención de mis responsabilidades y exaltó mis capacidades para conocer la industria y mantener relaciones de alto nivel en gobierno, asociaciones y CEOs. Terminó su discurso diciendo con gran sentimiento: —Yo personalmente le voy a extrañar mucho y creo que muchos otros aquí, también —luego, limpiando una lágrima fugaz, se retiró hacia un lado.
Mi jefa retomó el control y pidió al Cónsul que hiciera entrega de dos reconocimientos: uno por los trece años de servicio y otro por excelencia en satisfacción del cliente.


Luego, vino lo más insólito, increíble y hasta cierto punto inmerecido.
Un marine, uniformado de gala, se acercó cargando un estuche de madera de pino barnizada en color nogal oscuro. Me da instrucciones para sostenerla y me muestra la parte frontal del estuche. Detrás de una mica de vidrio se observaba una hermosa bandera de Estados Unidos doblada magistralmente al estilo militar.
—Esto es demasiado honor para mi— le murmuré al soldado.

—Señor, usted se lo merece— acentuó a la vez que me pedía posar para la foto. Frente a mi, mi esposa, mis hijos, hermanas y todos mis amigos aplaudían, cuando no lo hacían golpeaban sus pulgares sobre sus celulares. Tomaron fotos del momento hasta cansarse, luego dejaron de escucharse sus aplausos y se hizo un silencio total. Todos dirigieron sus miradas hacia mi; había llegado el momento del discurso obligado.
«Gracias, amigos míos por acompañarme en este especial momento. Los miro a ustedes y llegan a mi recuerdos de momentos agradables, historias compartidas, risas alegres, anécdotas…Los veo y se que el aprecio que siento por ustedes siempre fue correspondido. Conviviendo ocho horas diarias hemos pasado tanto tiempo juntos que nuestra amistad se ha convertido en hermandad. Ustedes saben cuánto los voy a extrañar, ustedes saben que me va a doler, pero cuando lo haga, recordaré las horas que me pase en el tráfico al venir y al regresar, entonces el dolor pasará. Sigamos en contacto, veámonos de vez en cuando, sigamos siendo amigos. No me olviden que yo los llevo en mi corazón»
—Alcemos nuestra copa y brindemos por nuestro amigo —pidio el Cónsul y todos obedecieron. —que esta etapa que hoy comienza te traiga nuevas experiencias y que disfrutes de un retiro lleno de satisfacciones —concluyo.
—¡Salud! ¡Salud! —gritaron todos.
A partir de ese momento una fila de amigos se formó delante de mi; recibí el abrazo de despedida y palabras de reconocimiento de cada uno de ellos. Palabras que ahora forman parte del tesoro más valioso que se va conmigo.





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