Sucedió una vez…

Una noche de viernes, de esas en que preparar la cena no es uno de los deseos más fuertes, los chicos propusieron pizza.

Cerca de Las Puentes, hay un local de la franquicia Little Caesars, preferida por la rapidez del servicio y lo rico de su producto.

Pues se fueron Raúl y Adrián a comprarla. Raúl conducía un autito Monza. En ese tiempo era el único de ellos que sabía conducir un auto. Se estacionaron y decidieron ordenar por dentro del local pues, en el drive-thru la fila ya era enorme. El delicioso aroma de pan recién horneado y queso derretido se esparcía intensificándose el apetito en los que ahí esperaban. Al fin los atendieron y salieron gustosos, subieron al auto e iniciaron la marcha.

Un hombre de aspecto cansado y hambriento se acercó a ellos, del lado del chofer. Solicitaba una ayuda para comprar algo que comer. Mal momento escogió aquel pobre mendigo pues después de comprar, la gente trae menos dinero para regalar. Adrián, que tiene un corazón de pollo, se conmovió y buscó en las bolsas de su pantalón algo de cambio para darle. Encontró varias moneditas, de cincuenta centavos, las tomó en su puño y se las ofreció al pobre necesitado. Se puede decir que Adrián hizo en ese momento lo que la anciana de la Biblia en Marcos 12:44, entregó todo lo que poseía.

Pues viendo el mendigo lo que caía en su mano, no valoró el gesto del chamaco, más bien lo ha despreciado a tal grado que, con coraje, lanzó las monedas al suelo, afrentando a los chicos sobremanera.

La reacción fue diferente en mis hijos: Raúl, paciente, objetivo y formal, sintió tristeza por un ser mal agradecido; Adrián, voluble e irascible, no soportó la ofensa y con un coraje que salió naturalmente desde sus intestinos, gritó:

¡Pues muérete de hambre, pinche pobre!

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