Vacaciones 2023
Enero 3, 2024.
Ayer envié una captura de pantalla de nuestro vuelo de regreso al proveedor de traslados del aeropuerto. Solo por si las dudas; y es que aunque le proporcioné el número de vuelo que parte el día 3 de enero, esté llega a Monterrey el día 4 en la madrugada.
Nos levantamos tarde pero a tiempo para preparar maletas y dejar la habitación antes de las 11:00 AM. Nuestro vuelo de Las Vegas a Los Angeles está programado para las 7:30 por Delta, así que dejaremos las maletas con el concierge y saldremos a seguir paseando por la ciudad un poco más.
El Roller Coaster del NYNY
Ayer, mientras desayunamos, llamo nuestra atención un carro de pasajeros que paso por encima de nuestras cabezas. Los chicos se entusiasmaron y prometimos que estaríamos en ese viaje al siguiente día.
Ahí estábamos en nuestro último día en Las Vegas. Los chicos se pusieron en fila para comprar los boletos mientras los demás llegábamos. Por alguna razón, cuando los alcanzamos, ellos estaban a un lado del cajero y sin boletos. Llegué y el cajero nos dio una oportunidad respetando el turno que ya habíamos hecho en fila. Compré cuatro boletos porque la novia de Adrián y Nora no se animaron a subir.
Era temprano aún, pero de todas formas hubimos de esperar nuestro turno, pues hay quienes compran un boleto preferencial y los pasan primero. Una voz se escuchaba en el alto parlante que daba indicaciones de seguridad: «No se permite el uso de celulares ni de anteojos durante el viaje. Aún dentro de la bolsa de sus pantalones, los objetos pueden salir disparados y dañar a los demás pasajeros. Por favor deshágase de ello.» Y, adivinen que…
«¡Papá, ¿no escuchaste las advertencias!»
Las bolsas de mis pantalones y de mi chamarra tienen cremallera y pensé que los podía llevar conmigo. (Aquí es donde pongo mi cara de perro arrepentido.)
La Big Apple, como le llaman, no es la típica montaña rusa, el diseño de esta loca atracción, hacen girar a los pasajeros de una manera espectacular. Las combinaciones de vueltas, colinas y espirales de 180 grados nos mantuvieron al filo de nuestros asientos. Los vertiginosos giros, la velocidad y el frío de la mañana hicieron de ese paseo tanto una vivencia como una penitencia. En fin, fue un viaje corto si se le mide en minutos.
Saliendo del juego continuamos el recorrido de última hora por las tiendas del lugar.
Suerte en el último juego
Ya de vuelta en el MGM no quedaba más que hacer que sentarse en las máquinas a perder lo último que nos quedaba de dinero. Adrián y Mario apostaron en la ruleta. Allí, un jugador puede apostar a números individuales, filas de números o números adyacentes. También se puede jugar con colores, números pares o impares, entre otros. Una apuesta a un solo número se paga 35 a 1, incluidos el 0 y el 00. Las apuestas a rojo o negro, par o impar pagan 1 por 1. Yo solo observaba a mi alrededor.
Un jugador sentado en un módulo cercano, también jugaba ruleta. Dos veces se emocionó con su resultado dando gritos de júbilo. Era un chicano. Siguió jugando emocionado y, de pronto, ya tenía a una chica a su lado. Hay muchas de ellas a todas horas dentro de los casinos. Estas chicas son modelos contratadas por los casinos para dos propósitos: uno es de servir cócteles y el otro de animar al apostador. Las llaman cocktail models y ambient models. Estas últimas las puede solicitar el apostador al VIP host del casino. El papel de estas chicas es acompañar, aconsejar y persuadir al apostador a incrementar sus apuestas, mientras que a la vez, lo hacen sentirse como el hombre importante de la mesa. Tiene sus bemoles, escuché a una de ellas sugerir, después que el apostador recibió su tiro de suerte y una buena cantidad en recompensa, «that’s also my money».
“Usted no podrá viajar”
Llegó la hora de despedirnos del embelesado ambiente y de la fantástica ciudad. Nuevamente, viajamos en dos autos hasta Harry Reid. Eran las 4:30 PM. Ya todos teníamos nuestros pases de abordar y teníamos un buen márgen de tiempo para el abordaje a las 6:30 PM. El vuelo de Delta desde Las Vegas haría escala en Los Ángeles. Allí cambiaríamos a Aeroméxico para luego dirigirnos a Monterrey. Pues todo bien, solo que en la revisión pararon a Raúl porque llevaba un peligroso objeto cortante en su backpack: el rastrillo. «Debe deshacerse de la navaja o ponerlo en una maleta documentada.» Raúl no le vio sentido salir de la fila y volverse a formar. Le indicó al guardia que se deshiciera del rastrillo por completo y solo así pudo continuar.
Llegamos a Los Ángeles y nos apresuramos a hacer nuestra conexión. Sin embargo, al ser operada por otra línea aérea, hubo que recoger maletas y volver a documentar maletas como si recién entráramos al aeropuerto.
Nos dirigimos a documentar las maletas. Para eso, había que usar los kioscos que otros cientos de personas usaban en ese momento. Esperamos nuestro turno y cuando pudimos usarlos, el pase de abordar de Nora no salía. Llamamos a un agente. Ella lo intentó una y dos veces sin éxito. «Vayan con una agente de mostrador», sugirió. Y allá vamos.
La fila para el servicio de mostrador era aún más larga. Nora empezó a desesperarse. Para nuestra fortuna, teníamos poco más de tres horas para arreglar el problema.
La chica del mostrador preguntó el nombre completo de Nora, Nora se lo dio: soy Nora Jiménez de Vidaña». La chica lo confirmó con el nombre escrito en el pasaporte. «Entonces, ¿Quién es Nora Jiménez Soberón?»
Yo había cometido el error de reservar su vuelo con su nombre de soltera. Ese es el nombre registrado en la aplicación de Aeroméxico y, aunque ese día volamos por Delta, ambas empresas tenían convenio. De tal forma que, aunque yo reservé con su nombre de casada, la aplicación lo corrigió. Yo digo.
La agente del mostrador fue muy paciente para revertir la compra equivocada y corregirla hasta proporcionar el tan esperado pase de abordar. Habían pasado casi dos horas. Se lo agradecimos infinitamente. Nora y yo iniciamos el larguísimo camino hacia la compuerta 75. Íbamos con el resuello gordo (frase de la abuela).
Cuando llegamos a la compuerta, los agentes de servicio ya habían estado voceando a Nora. Fuimos al mostrador para que se le asignará asiento. El agente allí, tuvo el mismo problema con el nombre, solo que está vez le fué más fácil solucionarlo. Pero no impidió que volviéramos a sentir angustia.
Al final de cuentas, ya con todo a punto, sentimos que nuestro estómago reclamaba alimento. Faltaban menos de sesenta minutos para nuestro abordaje.
Al entrar al avión y tomar nuestros lugares nos sentimos tan relajados que tardamos mas en ascender a la altura del crucero, que en quedarnos dormidos.
Aterrizando en el Mariano Escobedo
«En veinte minutos estaremos aterrizando en el aeropuerto internacional de la ciudad de Monterrey, por favor ajuste sus cinturones», anunciaba el piloto.
Para las 3:45 ya estábamos recogiendo maletas en la zona de reclamo. Recibí un mensaje por WhatsApp. Era nuestro chofer.
La ciudad empezaba a despertar. Un melancólico cielo parecía teñirse de rosado hacia el oriente, detrás de nosotros. El tráfico hacia allá empezaba a aumentar lentamente. Nuestro camino estaba completamente libre. Dejamos a la novia de Adrián primero y luego tomamos nuestro camino a casa.
Cuando entramos a nuestro amado refugio se percibía un aroma rancio, de soledad y abandono. Era solo cuestión de abrir las ventanas un poco, pero todos caímos en nuestras camas y nos abandonamos en un sueño reparador. El día cuatro de enero de 2024 también empezaría muy tarde para todos nosotros. Era el fin de unas vacaciones largamente esperadas, fascinantes y divertidas, a pesar de los incidentes.
«¿Y el año que entra, a dónde irán? -Irene.





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