Vacaciones 2023.
Enero 2, 2024.
La cita con el operador del tour, National Parks, era para las 6:45 AM. Tuvimos que tomar dos taxis, pues ningún vehículo en la línea tenía espacio para seis personas. Ambos autos llegaron al sitio destinado al mismo tiempo, ya eran las 6:30 AM.
Estábamos justo a un lado del hotel casino Treasure Island; había varios autobuses recogiendo gente y en ninguno de esos tenían nuestras reservación. La confirmación de la operadora del tour indicaba salida a las 7:00 AM en punto, así que no me preocupé tanto. Pero llegó el siguiente, y luego otro, y no aparecíamos en la lista. Ahora sí, entré en pánico y llamé a la operadora. Todo bien, tranquilamente me indicó el número de camión y nombre del chofer: «You are on bus F, Pasquale is your driver.» Y si, allí estaba el autobús F.
Emprendimos la marcha un poco después de la hora. Nuestro chofer, Pasquale, empezó a mostrar su carisma y buena actitud de servicio desde el primer momento. Pacientemente, llamó a los grupos grandes y prosiguió con los pequeños, dejando al final a los pasajeros solos.

Los pasajeros éramos un grupo de latinos, familias jóvenes con hijos, ancianos que viajaban en grupos, y asiáticos en grupo y otros que iban solos.
Cerca de las 7:15 AM, iniciamos la marcha, Pasquale siguió dando instrucciones y contando historias fascinantes de los pioneros que pasaban por la región, y de como se dió la fundación de Las Vegas. Demandaba la atención de todos los pasajeros cuando narraba. Si notaba que alguien no le estaba poniendo atencion, hacia una pausa con un «hello!»
El camino se nos hizo muy ameno, pues disfrutamos no solo las historias sino también el carisma del chófer, mitad italiano y mitad mexicano. Dominaba el español conservando su acento americano; nos contó que su mamá era de Mazatlán.
¡Falta Mario!
Cerca de una hora y minutos de haber dejado Las Vegas, Pasquale anuncio, «preparen sus cámaras, y colóquense a la derecha del autobús, estamos por pasar el río Colorado desde arriba.» Nosotros la teníamos fácil ya que íbamos en ese lado. «¡Listos!», anunció Pasquale. Abajo, a la distancia, se observaba la majestuosa rio, a la vez que escuchábamos de fondo la melodía Volaré de Doménico Modugno, interpretada por el mismo. La piel se me erizó de emoción, y no dudo que a todos nos pasó lo mismo. Era casi como «e incominciavo a volare nel cielo infinito.»
«Ese chófer si sabe hacer su trabajo», pensé.
Al cabo de una hora y minutos de haber salido de Las Vegas y de tener la experiencia inolvidable de casi volar como las águilas, hicimos una parada en el Pilot Dealer, un mini Mart a la orilla del camino en Willow Beach. Bajamos apresurados al baño y a comprar algo que desayunar, pues Pasquale solo nos dio quince minutos. Se disculpaba diciendo que teníamos un tour reservado en el cañón del Colorado y que no podíamos estar tarde.
Pues así lo hicimos, bajamos, entramos al baño e hicimos nuestras compras. Regresamos al autobús lo más rápido que pudimos y nos preparamos para reanudar la marcha. Pasquale, que nos cuidaba como aquel pastor que cuida sus ovejas, observó que faltaba una persona. Era Mario.
Brinqué de mi asiento y salí corriendo a buscarlo. Entré de nuevo al mini Mart. Busqué en cada pasillo, no estaba allí, ni estaba en el baño de hombres, luego me aventuré al baño de mujeres -por si acaso-, pero tampoco estaba allí. Salí, y caminé alrededor de la tienda. Allá a lo lejos vi a un chico que vestía como Mario, y grite «¡Mayin!», el chico volteó, pero no reaccionó. Estaba llamando por su celular. Caminé hacia él hasta estar frente a frente. Entonces me reconoció. «¡El camión se va!», le advertí. «Pues a dónde se fueron, no los encontré y empecé a preocuparme.» Mario había salido por el lado contrario a dónde estaba estacionado nuestro autobús. Ambos lados del mini-mart eran una réplica del otro.
Pues subimos al autobús ante la mirada de desaprobación de los demás pasajeros y el regaño de Pasquale, «¡Que barbaridad!¿Que padre pierde a su hijo?»
El Gran Cañón y Rancho Hualapai
Transcurrida una hora más, la más aburrida porque Pasquale dejo de hablar, llegamos al sitio de observación del gran cañon: el Eagle Point. Antes de bajar, el chófer dió instrucciones muy precisas: «Se van a ir en grupo, todos juntos, ¿esta claro?»
El Eagle Point y el Skywalk eran la parte principal de nuestro paseo, de tal forma que teníamos más tiempo para estar allí. Las indicaciones eran salir del autobús y hacer fila inmediatamente para el Skywalk. «Cuando salgan del Skywalk —continuó—, vayan directo al Guano Point. Tomen todas las fotos que quieran en su camino de regreso, para aprovechar bien su tiempo.» ¿Que creen ustedes que hicimos todos? Pues es que la vista es tan maravillosa que el primer impulso del turista es imprimirla en una foto. Todos desobedecieron las indicaciones e hicieron lo que se les pego la gana. Nosotros también.





Bajamos del autobús; el frío del ambiente se antojaba agradable, aunque siempre más frío de lo que estábamos acostumbrados y solo menguado por los rayos de sol de un día por demás claro, limpio y hermoso. Nos acercamos a hacer fila para el Skywalk. Íbamos toda la familia junta y luego advertí que no estábamos todos. No me importó mucho ya que todos en la fila llegaríamos al mismo lugar. Dónde se acerca Pasquale y me pregunta, —¿Dónde está tu grupo?
—Pues aquí está una parte, los demás se quedaron atrás —respondí.
—¡Cómo se quedaron atrás! ¿No dije claramente que tenían que estar juntos como grupo? —gritó desesperado. —¡Que barbaridad! —continuó quejándose a la vez que me indicaba que no nos moviéramos de allí. Fue a buscar a los demás y los acarreó para traerlos con nosotros. Inmediatamente los demás turistas empezaron a protestar: que no era justo, que qué descuido, que bueno… Al final, tuvimos que seguir separados. Pasquale puso cara de vaqueta mientras se disculpaba con los turistas y se alejaba para calmar las protestas.
La fila entra al recinto donde se encuentra la salida al pasillo de vidrio extendido veintiún metros desde uno de los riscos del cañón. La fila allí es menos fría. Los muros del lugar están llenos de carteles que muestran detalles de la cultura Hualapai, los indígenas de la región, que son beneficiados con la afluencia turística año con año y en todas las temporadas.
Llegó nuestro turno. Cómo todo el paseo vacacional utilizado por multitud de personas, además de hacer fila, es necesario avanzar y completar el paseo rápidamente para que todos puedan tener la misma experiencia.
Iniciamos la marcha sobre la pasarela de vidrio transparente. Algunos sienten vértigo al dar el primer paso. El primer impulso es ver hacia la profundidad del cañón; hay más de un kilómetro de distancia desde el fondo hasta la parte plana superior del cañón. El truco para no marearse es ver hacia la distancia. ¡Qué maravilloso espectáculo de roca, color y aire puro! Los riscos desafían al mejor escalador y dan a las aves hogar. Estás, planeando allá en lo alto, presumen y protegen su fascinante territorio. Uno pudiera quedarse allí, observando alelado la impresionante visión por horas, imaginando cómo serán los amaneceres, cómo los atardeceres, cómo serán las noches estrelladas. Pero no se puede.

El fotógrafo del lugar me despertó de mi sueño diurno y nos puso a posar para la foto del recuerdo. Y ahora sí, ¡Rúmbele p’ afuera!
Rancho Hualapai and Resort
La siguiente parada en nuestro tour fue el Rancho Hualapai, un rústico resort (así le llaman) que parece parte de un viejo pueblo del oeste. Cuando el turista baja del autobús ve frente a el una entrada tipo, El Gran Chaparral, solo que acá se lee Hualapai HR Ranch.
He de ser una buena experiencia pasar uno o dos días en la soledad del desierto. Las lejanías del universo pueden observarse con más claridad en las limpias noches estrelladas de un cielo limpio y perfectamente oscuro. No hay muchas cabañas, pero si uno reserva con tiempo…
El tour incluye una comida en el pequeño restaurante del lugar. La especialidad eran las quesadillas fritas hechas con una tortilla enorme que parecía pita griega. Yo me fui por lo vegano y pedí sopa de lentejas, con pita. Tenía en mente llegar al hotel y tomarme un café y acompañarlo con donas.


El rancho Hualapai me recuerda al pueblo Viejo Oeste en Durango. En el Rancho Hualapai, seguramente, también se dan espectáculos actuados de tiroteos entre ladrones de bancos o indios y vaqueros para entretener a los turistas. En esa temporada de nuestro viaje, no había tal cosa; en su lugar, el pueblo estaba desolado y solo el viento colándose entre las tablas viejas de las construcciones producía silbidos agudos acentuando la sensación de soledad. Mientras recorría el lugar, yo me transportaba al año 1881 y a unos kilómetros de ahí, justo en el OK Corral en Tombstone, también en Arizona pero al otro extremo del estado. Mejor estar en Hualapai que observando como los pistoleros llamados los Cowboys se enfrentan a Virgil Earp y sus alguaciles dando origen al tiroteo más famoso del Oeste.
La Hoover de noche
Pasquale empezó a llamarnos y pedir que hiciéramos una fila. Nos estaba contando. No faltaba quien decidiera llegar más tarde a la fila y se fue a buscarlos. Allá, se enteró de que alguien había caído del risco. Estaba mal herido pero, corrió con suerte de no caer al desfiladero.
Con todos en la fila, nos pidió caminar hacia nuestro autobús. Y ya arriba, nos volvió a contar. Alli es donde te imaginas lo que quizá le pasó alguna vez que lo tornó aprehensivo.
Pues iniciamos el viaje hacia la presa Hoover. Las emociones aún no concluían. Esta vez se nos anunciarían dos paradas: el Joshua Tree National Park, y por supuesto, la Hoover Dam. El Camino era largo así que mientras, aprovechamos para tomar una siesta.
Una hora y media después, estábamos a un lado del camino cerca de la entrada al parque Joshua Tree. Escuchando al chofer describiendo el parque como “un lugar de ensueño”, nunca imaginé que el tal Joshua Tree no era más que un bosque de yucas.

Un lugar semejante lo tenemos en Zacatecas, Justo saliendo de Concepción del Oro. Allí también, los atardeceres confieren a cada árbol su distintiva personalidad. Hay quien los ve como seres tenebrosos acechando en la penumbra, otros ven familias completas: el padre, la madre, los hijos. En verdad es un espectáculo fascinante, pero nada que no hayamos Justo antes en Mexico. No me cabe duda de que los gringos le saben sacar provecho a las maravillas de la naturaleza. Después de que los jóvenes turistas se tomaron una icónica foto en medio de la desolada carretera, continuamos hacia el siguiente punto en nuestro periplo: la presa.
Las noches llegan muy temprano en Nevada. Cuando llegamos a la presa ya había caído la noche. Estábamos en la carretera y viramos a la derecha del camino para tomar el camino hacia la entrada. Allá, muy abajo, se observaban unas torres iluminadas por brillantes luces blancas, un reflejo debajo de ellas nos daba pista de la existencia de una superficie líquida frente a ellas.
Bajamos por un camino de curvas que obligaban velocidades debajo de 20 millas por hora y en primera.
Llegamos a una caseta de cobro. Unas estructuras metálicas sostenían anuncios luminosos con la leyenda “welcome to Hoover Dam.” Esos camiones turísticos parecen tener entrada libre, pero deben haber alto como todos los vehículos. Avanzamos y llegamos al mirador. Bajamos a tomar fotografías en una zona fría, con viento y muy lejos.


No era la mejor vista, pero nunca habíamos estado tan cerca. Ya habrá tiempo de volver a hacer un viaje solo para admirar la masiva construcción y diseño. No nos quedamos mucho tiempo, ya era tarde y el cansancio nos restaba ánimo. Continuamos el viaje, ahora si, a nuestro destino final.
Pasquale se despide
Nuestro amable chofer, consciente de la hora a la que llegamos a Las Vegas, se ofreció a llevarnos a nuestros respectivos hoteles, si estos quedaban en su camino hacia la empresa. Así pues, el amable y carismático hombre nos llevó pacientemente a uno, luego a otro y, finalmente al MGM. Estacionó el autobús frente a la entrada principal del concurrido hotel. Era más gente la que partía que la que llegaba. Mi familia era la última en bajar. Pasquale me llamó mientras a la. Ex abría el compartimento inferior del vehículo.
—Mira, llévense toda el agua que me sobró. Son de cortesía no les cobraré nada. Les estoy ahorrando mucho dinero. Allá adentro cada botella de agua les costará veinte dólares. Esta es gratis—, dijo con ese afán genuino de ayudar.
Nora se acerca a el y le agradece sus atenciones. Lo abrazó, y lo invito a visitarnos en Monterrey. A él le encantó la idea. Todos los demás hicimos lo mismo. Mi último gesto parecía estar demás, aún así, saqué de mi bolsa los últimos dólares que me quedaban y se los puse en la mano. Los tomó con agrado, luego subió a su autobús y nos ofreció un último adiós agitando ambas manos. Cerró la puerta y segundos después desaparecía en el tráfico de la noche.





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