Fin de Año 2023

Diciembre 28, 2023.

Nunca me había tocado levantarme tan temprano para agarrar mi vuelo, hoy fue el día. Simón, el operador de Taxi Aeropuerto llegó por mi y por mi familia a las 3:30 AM. Simón es también el dueño de la empresa de taxis. «Tengo operadores -dijo-, pero yo atiendo personalmente a mis clientes.»

Con pases de abordar en mano, solo tuvimos que dejar las maletas documentadas antes de ir a las compuertas. Nuestro vuelo de las 6:30 AM era un A320 de Volaris. Ocupamos los asientos de la fila 23; ese día nuestro piloto era el capitán Ricardo Cepeda. Iniciamos nuestro viaje de vacaciones familiares en ruta Los Angles – Las Vegas.

El CBX

Volamos por poco más de dos horas y aterrizamos en Tijuana. Con anterioridad compré el famoso pase CBX que da acceso expreso a San Ysidro, sin tener que salir del aeropuerto. Si es rápido, solo que de la misma forma que en cualquier aeropuerto, hay que pasar por migración. Todos los que viajaban conmigo habían podido sacar el permiso I-94 que cuesta 6.00 dólares y que es obligado para todo viajero que deseé internarse más allá de las 25 millas dentro del territorio estadounidense; yo no había podido. Antes de entrar hay varias computadoras conectadas por internet a la página del CPB donde cualquiera puede gestionar su permiso y pagarlo. También hay personas que ayudan a quienes no saben como sacarlo; pues ahí estaba yo en la fila. Explique a una asistente el problema que se me presentaba y me dio indicaciones interesantes. Resulta que cuando la vida está impresa sobre un pasaporte vencido, es el número de pasaporte vencido el que se ingresa al sistema. Luego, cuando el sistema pide con que documento te identificaras tu nacionalidad, ya puedes y debes usar el nuevo pasaporte.

Cuando avanzamos hacia el puente, nos internamos al «lado americano» usando el código QR de nuestro boleto CBX. Hicimos la larga fila de inmigración, nos entrevistó un simpático oficial y a todos nos autorizó la pasada. Ya estábamos listos para salir hacia el aeropuerto de San Diego donde recogería el auto que había reservado en Sixt.

Una extraña disposición por que todo salga mal se hospeda en los ánimos de todo viajero. Nosotros no fuimos la excepción. Ya desde que hice fila en el CBX, se me decía que estaba equivocado y que no debía estar en esa línea de espera. Luego, cuando estábamos listos para el taxi, me indicaban donde hacer línea para solicitarlo. Sin embargo, mi plan original era pedir Uber, y así lo hicimos. El punto de espera del servicio de aplicación quedaba unos trescientos metros más allá y había que caminar. Inicie la marcha y fue inevitable escuchar “¿a donde vas?

En camino a L.A.

Habíamos llegado al aeropuerto de Tijuana a eso de las 7:00 AM, en lo que pasamos CBX, migración, tomamos el Uber de $1,300 pesos y la renta del auto, ya habían pasado tres horas. Agarramos el camino a Los Ángeles y más adelante nos detuvimos para desayunar en el Denny’s de Clairemont Ave. A partir de ese momento empezamos a conocer el enorme tamaño de los platillos y la gran cantidad de las raciones. Cuando increíblemente terminamos nuestros platillos, pedí la cuenta y reinicié el viaje. Adrián, que siempre está al pendiente de los gastos dijo, «Apenas empezamos el viaje y ya nos gastamos tres mil pesos.»

Agarré la autopista 5 hacia el norte sin parar. Usamos el Waze del teléfono de Adrián porque los teléfonos de todos los demás, incluyendo el mío, no tenían datos. Realmente el camino está bien indicado, no es necesario llevar navegador. También nos ambiento con música de los ochenta, la preferida de Nora. «¿Y esa música, Goldo?, preguntó Nora.

Cerca de las veinticinco millas alerté a los viajeros a tener listo su permiso I-94, todo para que el checkpoint estuviera cerrado. Con más tranquilidad seguí conduciendo por hora y media hasta que a lo lejos se observaba una mancha de smog con edificios sobresaliendo de esta. Ya habíamos llegado.

El Westin Bonaventure

Entramos por la parte posterior del hotel hacia el estacionamiento subterráneo. No lo sabía yo pero, con mi reservación ya había pagado el valet parking de cincuenta y nueve dólares por día. Bajamos nuestras maletas y nos dirigimos a la recepción. Había usado la App de Bonvoy y todo estaba listo. Teníamos dos habitaciones reservadas en el piso dieciséis: la 1652 y 1653. Subimos sin ayuda de bellboy, ya solo queríamos llegar y descansar un poco. Mientras lo hacíamos, los chicos en la otra habitación preguntaron a dónde iríamos a pasear y a qué hora. Yo no tenía plan, les pedí que buscaran y tomaran una decision. Me dormí un rato.

Cena en Santa Monica Pier

Cuando desperte, casi dos horas después, el plan ya estaba hecho. El muelle de Santa Monica quedaba a escasos veinticinco minutos en auto y hacia allá nos dirigimos. Ya había oscurecido, temprano, pues apenas eran las 6:30 PM. Ya en esa zona perdí la vuelta y tardamos nuevamente en tomar el camino correcto, pero al fin llegamos. Buscaba un estacionamiento económico y al final quedé en uno de quince dólares por tiempo ilimitado que era parte del Shore Hotel. Bajamos del auto e iniciamos nuestra primera caminata del viaje. Hacia frío y la brisa soplaba fuerte. Nos encaminamos hacia el muelle cruzando el puente Pier Arch sobre la avenida Pacific Coast. El lugar estaba muy concurrido, gente que ya venía y mares de gente que apenas iba, como nosotros.

Moríamos de hambre y alguien divisó un Bubba Gump justo frente a nosotros y a escasos trescientos metros.  De hecho, ya teníamos el plan de ir, aunque no sabíamos aún donde lo encontraríamos. No lo pensamos dos veces, entramos y tuvimos nuestra primera gran cena en familia. Allí se nos irían otros $4,000 pesos.

Cuando salimos, un descuido mío pudo haber arruinado las vacaciones de no ser por el diligente mesero que salió corriendo a buscarme: había dejado mi tarjeta sobre la mesa. De buenas que le había dejado una buena propina que si no, me habría dejado irme sin ella, por gacho.

Durante la cena noté a Nora muy callada y con una expresión rara en su rostro. «Esta enojada», pense. ¿Ahora que hice? Traté de animarla, sin éxito. Entonces sugerí que alguien nos tomara una foto. Sonrió para la foto y regreso a su estado anterior.

Fuera de eso, gracias a Dios, pudimos terminar la noche sin tragedias. Volvimos al hotel y nos preparamos para dormir temprano pero…

«¿Que tal un seven?

Ya es costumbre en la familia que, después de una buena comida, siempre se antoja algo de postre. Cualquier cosa que se pueda encontrar en una tienda de conveniencia. Y allá fuimos. Éramos Raúl, Adrián y yo. Tomamos la Figueroa al norte y caminamos tres largas cuadras hasta el Olympic Boulevard. En el camino nos topamos con un grupo de gente de color que se reunió a fumar mariguana. Ninguno nos molestó pero si tuvimos temor de que lo hicieran. Llegamos a la tienda y realizamos nuestra compra rápidamente; luego, salimos para regresar al hotel, solo que está vez, tomamos la Grand Avenue. Era más seguro.

Cada uno nos fuimos a su habitación a descansar, Raúl entro conmigo y encontramos a Nora muy preocupada.

«Llévame a un hospital, me siento muy mal», dijo con amargura. Sabía que eso podría arruinar el viaje. Después de explicar su padecimiento, pensamos que exageraba un poco, su garganta le lastimaba horriblemente y quería que la prescribiera un médico. Era tarde, buscamos un CVS cercano pero marcaba cerrado. Nos habíamos enfriado en Santa Monica y eso le agravó un resfriado. Después de no encontrar a quien le ayudará, recomendamos que tratara de dormir.

El siguiente día empezaría muy temprano. El plan de ir a los estudios Universal había cambiado. Ahora, dejare a los chicos al paseo y regresaré para llevar a Nora con el médico.

Quizá después de ver al médico podamos nuevamente estar juntos, paseando.

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