Las anécdotas de papá.
Hubo un tiempo en que Don Mario vivió en San Rafael Chamapa, en el Estado de México. Estamos hablando de allá por los ochentas. El lugar si que le quedaba lejísimo, trabajando en el otrora D.F., hoy Ciudad de México.
San Rafael era una vieja colonia de asentamientos irregulares, pero para cuando mi papá vivía allí, ya estaba decentemente poblado y desarrollado. El rentaba un espacio pequeño, suficiente para un hombre solo: espacio para una cama y un escritorio, una pequeña cocineta, un baño con regadera, un sillón para leer y un patiecillo donde colgar la ropa a secar. El rutinario viaje en aquellos días tomaba poco más de una hora y el autobús era de transporte foráneo. Hoy, ¡N’hombre! Con suerte llega uno en cuarenta y cinco minutos.
El viaje desde Tacuba, siempre muy concurrido, trasladaba a cientos de trabajadores de obra, godines, señoras que la hacían de domésticas y una que otra «au-pair» que cuidaban niños extranjeros. Entonces, para subir al camión, no había educación ni orden como se estila en estos días. Las luchas para subir y alcanzar asiento eran encarnizadas y no había género que fuera más beneficiado. Hombres y mujeres forcejeando por igual alcanzaban el estribo aplastando y rayándosela a quien se les atravesara con ventaja. ¡Ah, pero eso sí! Los pasajeros eran muy respetuosos de cualquier asiento «separado».
Con la experiencia de unas veces perder y otras pocas ganar, los pasajeros desarrollaron artimañas que les aseguraban un asiento durante el viaje. Decía don Mario, «ya nomás subiendo al estribo tienes oportunidad de lanzar una prenda, una bolsa de mandado o cualquier objeto que separe el lugar, y ya la hiciste». Mala suerte para los que no le atinaban, sus prendas, o lo que hubieran lanzado, quedaba en el suelo sufriendo los inevitables pisotones de los pasajeros. Sin embargo, había algunos que ya habían desarrollado una puntería bruta.
Pues en esos menesteres, un día don Mario descubrió una nueva forma muy efectiva para quitarse a los advenedizos que detras suyo forcejeando querían desplazarlo. Pues se ha tirado tremendo pedo que le ha librado de toda fuerza opresora a sus espaldas.
Un hombre, quizá aquel qué estaba a la altura de su culo y que no pudo evitar tragarse el apestoso gas en una bocanada, solo alcanzó a gritarle con enfado en melodioso tono chilango: ¡Cerdoooo!





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