Dicen que todos tenemos un ángel guardián que nos guía en vida y otro en la muerte; con las muchas ocasiones en que he escapado de la muerte por la intersesión de personajes desconocidos, he llegado a creer que es verdad. Cuando llegue mi hora,  ¿quién será el que me espere del otro lado para indicrme el camino a mi ultima morada?

Lo que aquí relato puede parecerles increible y, si alguien lo escuchara de mi propia voz, pensaría que estoy algo trastornado; me da igual. Al final de cuentas, quién sabe si esta es una de esas fantasías que uno mismo termina creyéndose: como la de sentirse el más inteligente, el más hermoso; bueno, yo me siento un conductor de almas.

Todos moriremos algún día, eso lo sabemos. Lo que no sabemos es que alguien tiene la tarea de mostrarnos el camino a nuestra transición.

En la mitología antigua y en algunas religiones hay referencia de un ser a quien se le ha dado la tarea de guiar a las almas después de descarnar: en la mitología griega, Hermes era esa entidad; en la Biblia, es el ángel Azrael; para los nórdicos, las valquirias; para los antiguos egipcios era Anubis; para los Mexicas, el Xolosquintl; todavia mas cerca de nuestro tiempo, en el medioevo, el iluminado Dante Alighieri mencionó a Caronte como el encargado de tan irrevocable tarea. Los escritos que abordan este tema llaman a estos seres «psicopompos», criaturas, espíritus, ángeles o deidades que en las muchas religiones tenian la importante responsabilidad de escoltar a las almas recién fallecidas hasta el más allá. «Su rol no es el de juzgar a la persona fallecida, sino simplemente guiarla.» (Wikipedia).

La idea de la existencia de un guía de almas en el camino hacia el plano espiritual, ha sido considerada por todos los pueblos desde la antigüedad. En nuestros días, aquellos que han sufrido experiencias cercanas a la muerte y que viven para contarlo, mencionan que mientras estaban descarnados vieron familiares fallecidos, entes o seres luminosos que les transmitían una gran paz.

«Veo Gente Muerta.

«I see dead people.»

El Sexto Sentido (Walt Disney Studios Motion Picture, 1999.)

Cuando estaba por cumplir tres años, mi familia ocupaba una casa aledaña a un convento, vivíamos en Durango. Éramos una familia acomodada y por eso teníamos sirvientes: Juana y Fernanda. Por las tardes, cuando alguna de ellas me sacaba al patio a jugar, una monjita se acercaba a jugar conmigo. Acostumbraba trepar un nogal que estaba en el patio del convento y desde alli me aventaba nueces.

Años mas tarde, un caballero virreinal entró al baño de mi casa. Entonces vivía en una vieja mansión construida sobre las ruinas de otra mucho mas antigua. El caballero siempre me miraba de lejos. Un buen día me invitó a acercarme.

Ahí mismo, mi amigo Juanito me enseñaba pasadizos escondidos de la casona, luego se iba repentinamente, sin despedirse.

Estás experiencias se anidaron en mi memoria, pero nadie de mi familia recordaba ni a la monja, ni al caballero, ni a Juanito.

Pero ahí estaban, casi siempre visibles para mi, tanto de día y como de noche. Conservaban la imagen de su estado encarnado, solo que ahora eran espíritus.

Era muy joven para entender que ellos estaban alli esperando mi ayuda, no sabía aún que era mi trabajo, mi misión, hasta que un día…

Lunes, diciembre 18, 2000. 5:30 AM

El domingo saqué a mis hijos a pasear. Habíamos pasado una cuarentena con mi esposa enferma y muchos dias de lluvia, sin poder salir. Los subí al auto y tomé el camino hacia el McDonalds de Gonzalitos. Entramos, comimos y no éramos los únicos, más padres y madres habían llevado a sus hijos también. Al terminar de comer, mis hijos pasaron un buen rato en el gimnasio del área de juegos. El clima del lugar estaba extremadamente frío a pesar del fresco de aquel día de otoño. Mi cuerpo no aguantó y comencé a sentirme enfermo. Llamé a los niños y a regañadientes aceptaron regresar a casa. Cuando llegamos, yo estaba en un estado crítico, me dolía todo el cuerpo y no podía mantenerme en pie. Mi esposa, convaleciente como estaba, se levantó a preparme un té que tomé con gusto; recordé experiencias pasadas en las que la bebida me había caído muy bien. Empecé a temblar, me tapé con la cobija más gruesa, luego, empecé a sudar copiosamente. No me di cuenta cuándo, pero caí en un profundo sueño.

A la siguiente mañana desperté más tarde de lo habitual. Me sentía aliviado, con energía, listo para irme a trabajar. Mi esposa ya se había levantado y arreglaba a los niños para el kindergarden; la tele estaba encendida y sintonizada en las noticias; fue cuando escuché que un terrible accidente había sucedido a las 5:30 de la mañana.

Mi estado de ánimo cambió súbitamente.

Despierto, mirando las imágenes, mi mente me llevó en cámara lenta por una serie de episodios que había experimentado en sueños la noche anterior. En ese momento supe que había llegado mi momento para ejercer mi función. Una labor para la que estaba destinado desde hacía mucho tiempo.

Para conocer los detalles, lea el artículo en Accidente de la Ruta 120.

A partir de ese día, decesos posteriores han significado experiencias diferentes para mi, en todas he guiado a las almas a destinos diferentes. Si desea leerlos, haga una búsqueda con «psicopompus» en https://tussuenostehablan.wordpres.

Por terrible que parezca, la experiencia es alucinante. Por una lado, se queda uno con una enorme satisfacción por haber ayudado; por el otro, se quedan impresas en la mente las divinas imágenes de hermosos y coloridos lugares que visito y los secretos que allí se esconden.

Si tú, hijo mío, has tenido experiencias semejantes, no temas, solo estas heredando un don.

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