Pues muéranse ustedes si eso es lo que quieren.

Por dos años, un mes y quince dias, México sufrió los efectos de la pandemia de COVID-19. Un toque de queda emergente se dio el 12 de Marzo de 2020 y, conforme sabíamos de la enorme cantidad de personas que fallecían a causa del virus, cientos de Mexicanos quedamos confinados en nuestras casas.

Al inicio, y con las recomendaciones del sector Salud, evitamos todo contacto con el exterior al que imaginábamos altamente contaminado. Nuestras compras las hacíamos por teléfono, luego por aplicación digital. Nadia debía acercarse a nosotros y menos si no usaban tapabocas KN95. Si para algún miembro de la familia era indispensable salir de casa, al regresar, debía de bañarse, dejar sus zapatos en el exterior y sus ropas en una bolsa. El cuidado fue extremo.

El virus avanzaba rápidamente, en tan solo cinco días se infectaron 85 personas y algunas empezaron a morir al sexto día.

Los días eran largos. Las horas laborales se extendían sin necesidad. Era mejor estar ocupado que ser testigo de tantas muertes. Era como saber que tarde o temprano el virus entraría a nuestra casa y sufriríamos las consecuencias. Por primera vez temíamos a la muerte.

Por primera vez, temíamos a la muerte.

Mis propios temores esclarecieron a la vez mi mente. Desde el punto de vista legal estaba desprotegido: no tenía testamento, ni mis propiedades en regla para la sucesión. Inquieto, empecé a hacer trámites.

Por dieciocho meses no tuvimos contacto con los amigos a menos que se pudiera virtualmente. Poco a poco, los negocios volvieron a conceder nuestro regreso a las oficinas. Fue gradual y alternado. No podía haber oficinas completamente llenas. El tapabocas era obligatorio. Yo regrese a la oficina solo para darme cuenta del grado de desconfianza mío para retomar mis actividades y mis relaciones acostumbradas. Dentro del edificio manteníamos conversaciones solo si podían hacerse a tres metros de distancia entre interlocutores. Hubo quienes ni así se animaban a charlar y solo lo hacían por el teléfono el cual limpiaban con sanitizante antes de usarlo y al colgar.

Cuando al fin pudimos todos regresar a laborar normalmente, aún seguíamos las recomendaciones de Salud. Los grupos de gente que acostumbraban comer juntos ya no estaba allí. Un comensal ocupaba una mesa entera y cada mesa estaba separada de las otras con dos metros de distancia.

El presidente anunció que la pandemia había cedido completamente un 26 de abril de 2022. Todo regresó a una nueva normalidad, una en que se evitaban las multitudes, las visitas a lugares confinados (cines, restaurantes, etc.), y el continuado uso de tapabocas y pantallas faciales.

Transcurridos dos años, el proceso de escrituración para mi propiedad avanzaba lentamente.

La planeación de viajes de vacaciones se detuvo por temor a adquirir el COVID-19 o un virus extraño en otra ciudad, otro país.

¿Invitar amigos a casa? ¡Ni pensarlo! Amén en donde habrán estado antes. Ni pensar en la remodelación de mi casa; tan solo imaginar que entrarían decenas de trabajadores.

En junio de 2023, en un viaje que hice a la ciudad de México, tome el servicio de “shuttle” desde el centro de convenciones hacia mi hotel. El vehículo era una Van tipo Sprinter con capacidad para dieciocho personas. Entre los ocupantes, uno moqueaba incesantemente y a ratos estornudaba estruendoso. Su estornudo se escuchaba libre, como cuando no se usa pañuelo para cubrirse. Los demás ocupantes parecían no estar preocupados por su salud, por lo tanto, nadie tomó precauciones. Yo temí. Abrí mi mochila para sacar un tapabocas mientras miraba a los lados con la esperanza de no ser el único que lo hacia. Pues no, yo era el único. Dude que hacia lo correcto. El hombre aquel volvió a estornudar y me pareció ver la nube de gotitas de saliva dispersarse dentro del vehículo. No dude más, saqué el tapabocas y me lo coloqué. Ahora si estaba a salvo y me quedé tranquilo. De pronto, sentí las miradas de desaprobación de los viajantes. Quizá me acusaban de exagerado, quizá criticaban mi aprehensión. Dentro de mi solo pensé: pues muéranse ustedes si eso es lo que quieren.

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