Este pudo ser el titular de un periódico y uno de muchos casos  similares que suceden en el Estado de México. Este, particularmente, me sucedió a mi en 1975 a la altura de Valle Dorado en Tlalnepantla. 

Hoy, hace 48 años.

Corría el mes de mayo, el ciclo escolar estaba por terminar. Yo estaba entusiasmado porque era mi último año de secundaria. De hecho, ya había fecha para la fiesta de graduación y la esperaba con ansias pues era seguro que Bertha sería mi pareja, pues entonces era mi novia, antes de que me la ganara un hippie.

Estudiaba en la Secundaria Federal ”Niños Héroes » de Tequexquinahuac, uno de los mejores centros educativos del lugar. Estaba en el turno vespertino que comprendía desde la 1:00 – 7:00 PM. El camión Satélite-Lechería me llevaba y traía desde Valle Dorado o Los Pirules. Yo elegía donde apearme y lo variaba durante la semana, unas veces aquí, otras veces allá. De esa forma nunca me cansaba de la misma rutina. Uno de esos días pedí la parada en el Valle Dorado.

Quien me haya observado desde lejos podría describirme como un chico impecablemente vestido de uniforme caqui militar, con corbata y bien fajado. Su acicalado cabello brillaba a causa del fijapelo ondulante Ossart, muy popular en esos días, y que lo mantenía perfectamente peinado, de raya y copete. Zapatos negros bien lustrados. El joven cargaba sus útiles en un flamante portafolios Samsonite, que sólo los niños ricos usaban. En su muñeca izquierda se apreciaba un hermoso reloj de pulsera deportivo marca Timex. Iba muy contento cantando una vieja canción de los Socios del Ritmo que se había puesto de moda nuevamente. Cuando pasaba donde había gente callaba para saludar, luego continuaba la melodía silbando para volver a su canto cuando ya estaba lejos.

Vamos a platicar las cosas de los dos…

los Socios del Ritmo, Éxito 1970.

Cerca de las 7:30 ya estaba oscuro. Aún ni siquiera se conocía aquello del horario de verano. Que, de usarse, aún habría luz de sol. La avenida principal de Valle Dorado era una calzada con camellón central para peatones. Crucé la calle para caminar por allí pues era mas placentero caminar la zona arbolada. Seguí cantando.

Al frente, por el lado de la acera que acababa de dejar, tres vagos mal vestidos me observaban y secreteaban entre ellos. Yo seguí caminando, aunque alerta. Fingi no verlos, ni de darles razón para brincar la calzada y alcanzarme. Aún así, lo hicieron. Escuché que aceleraban sus pasos. Chistaron y no atendi, después de todo «shtt» no era mi nombre.

«¡Eh tú , güey!», gritó uno de ellos, «suelta los tabiros».

Detuve mi paso y volteé. Ya estaban justo detrás mio.

«Yo no fumo, ni traigo cigarros», contesté.

«Ándale putito, si se ve que eres bien pifas, comparte tus mentolados», dijo otro que acercó su rostro al mio para intimidarme. Ese vestía sus pantalones Topeka poco abajo de su cintura, camiseta blanca a la que le había arrancado las mangas y un pañuelo rojo atado a la altura del bíceps derecho. Ese detalle también lo tenían los otros dos. Me mantuve sereno.

«Si no traes tabiros entonces presta pa’ comprarlos», sugirió el mas calmado de los tres, a la vez que se interpuso entre los violentos y yo.

«La verdad que no traigo lana, de lo contrario, habría tomado un taxi», argumenté.

«Ay, pero si el niño rico se va en carro a su casa», se burlaron.

El de los Topeka se desesperó, se lanzó a arrebatarme el portafolio, a lo cuál yo me opuse jalando este hacia mi con fuerza. el portafolio cayó al suelo y entre todos lo agarraron a patadas hasta que lo abrieron. Hurgaron en el hasta que se percataron de que decía la verdad. Un paquete de Wrigley’s se dejó ver entre mis útiles uno de ellos se los quedó. Les lancé una mirada de desprecio mientras les advertía que no quedarían impunes, que pasaria a la caseta de policía para denunciarlos. En efecto, la caseta estaba a la vista desde donde estábamos parados. mi amenaza encolerizo al «Topeka» quien sacó una navaja no se de dónde y se lanzó hacia mi; echó un brazo mi cuello y con el otro intentó asustarme acercando el filo de su arma en mi costado izquierdo. Él mismo se espantó cuando se dio cuenta que la había empujado con tal fuerza que esta penetró mi costado derecho. Un tibio hilo de sangre se deslizó hasta mi pierna, luego a mis zapatos. Temerosos de que aquello fuera grave, se echaron a correr como los cobardes que eran hasta que se perdieron en la oscuridad. Yo tape la herida con mi mano mientras con la otra recogía mis cosas.

Me incorporé y busque alrededor, por si acaso algún alma buena estuviera allí para auxiliarme. No encontré a nadie y para entonces ya sentía que mi pie nadaba en sangre. No me atrevía a levantar mi camisa para saber de la gravedad de la herida, así que decidí caminar hacia la caseta de policía para pedir auxilio. Inicie la marcha. Exhalé un suspiro extraño que dio paso a un llanto casi infantil.

Un auto se detuvo a mi izquierda. Era Abel, el taxista que llevaba a papá a casa todos los días. Me vio caminando de forma inusual, por eso se detuvo para preguntar si todo estaba bien.

«¡Me asaltaron unos chavos, Abel! ¡Estoy herido!», grité con desesperación.

«¡Sube, te llevo al centro médico!», sugirió el taxista.

«No, llévame a mi casa, por favor». Abel aceptó a regaña dientes. Le dije que mi mamá podría curarme.

Abel se detuvo en la caseta de policía para denunciar el asalto, pero no había un alma allí adentro. Subió de nuevo al auto y se apresuró conduciendo por la avenida Popocatépetl.

«Acabo de dejar a tu padre en tu casa. A ver si no se asustan al verte sangrando. «

Llegamos a casa, Abel me ayudó a subir las escaleras hasta la puerta principal, tocó a la puerta, desesperado. Fue mi padre quien abrió y si, se asustó tanto, que tuve que explicarle lo sucedido antes de que revisara la herida que seguía sangrando incesantemente.

«¡Soco, Soco! ¡Ayuda a este muchacho!», llamaba a mi madre. Luego le avisó que iría en el taxi a buscar a los bandidos aquellos. Salieron Abel y mi padre a toda velocidad.

Mi madre se acercó a mi, pidió me descubriera la herida. Yo sollozaba aún. Vio la herida y exclamó, «es solo un piquete, mira».

Cuando vi la herida yo mismo, sentí alivio. No era mas que una pequeña incisión de dos centímetros. Mamá limpió con agua oxigenada por encima luego, con sus dedos, abrió la herida para conocer su profundidad.

«No es nada, Mario. Ya deja de chillar».

Tenía razón, la navaja no paso mas allá de la capa de grasa de mi piel. Pude observar una capa blanca cuando mamá abría la herida. Detuve mi llanto. Mamá cortó un trozo de «tela de siva» (así la conocimos), selló con ella la herida, luego colocó un parche de gasa que sujeto con un poco mas de la adhesiva.

«¡Date una ducha! «, ordenó.

Cuando salí de la regadera, escuché que mi padre llegaba. Su búsqueda fue infructuosa, no encontró rastro de los asaltantes. Salí de baño, me pidió le enseñara la herida. Se quedó tranquilo, aunque me pidió le diera detalle de como habían sucedido las cosas. Me ordenó le describiera a los chavos, si venían en auto, para donde corrieron, como vestían, como hablaban. Parecía temer que la causa hubiera tenido otra naturaleza, pero no, fue un simple asalto casual, una travesura de los chicos del barrio Loma Azul.

Los días pasaron. Sanę muy rápido. Termine la secundaria, fui a mi graduación y llegaron las vacaciones de verano. Ya estaba planeando registrarme en el Colegio de Ciencias y Humanidades, CCH, de la Ciudad de México. Era el colegio por donde habían pasado mis tíos. Al enterarse mi padre de ese plan, me dijo un día simplemente.

«Te vas a Monterrey «.

Deja un comentario

Tendencias