Enero 5, 2023.

Salimos del Spring Hill Suites exactamente a la hora del «check-out». Teníamos hambre y buscamos un Denny’s cercano en el rumbo a la salida de San Antonio. Encontramos el que está en el 6801 de la Blanco Rd.

Anda uno de viaje, esta hambriento, divisa un Denny’s y se dirige hacia allá porque quiere desayunar como en casa. Entra al establecimiento y ¿que pasa? Que hay lista de espera.

Eché un vistazo al interior y observé muchas mesas disponibles y aún así no nos daban entrada. Esperamos pacientemente. Mas clientes llegaron y la fila se hizo más grande. Pasó una hora, la gente empezaba a retirarse, yo detras de ellos. No digo que haya sido culpa de la «hostess», más bien fué de la falta de meseros o cocineros, algo que parecía ser común en toda la ciudad y en todos lo lugares que visitamos. Aun asi, ¡No vuelvo al Denny’s ! (De San Antonio, ja, ja). Terminamos desayunando mucho más rico en un IHop.

Agarramos la carretera 37 al sur, nuestro próximo destino: Pleasanton, TX.

Ni que Pleasanton fuera una gran ciudad, pero mi plan era parar allí para visitar el Longhorn Museum.

Se dice que Pleasanton es la cuna del cowboy americano. Una gran colección de posters evidencian la feria de cowboys en ese lugar desde los últimos años del siglo XIX. La historia contrasta con aquella de la State Fair of Texas, que también se realiza desde entonces.

El museo tiene una gran colección de taxidermia con ejemplares salvajes, impresionantes. Reliquias y artefactos de aquellos años se exhiben en pabellones temáticos que son representaciones de lugares reales de aquella época: el telégrafo, la botica, y la cocina, entre otras.

Al salir, dejamos una contribución voluntaria. Calcule una cuota de tres dólares por persona, así que deposite quince dólares en la urna. Alce, la gerente, agradeció el depósito y nos deseó buen viaje. El Longhorn Museum es un sitio que vale la pena volver a visitar.

Subí al auto, los demás se fueron a descargar su vejiga. Mientras llegaban me puse a buscar que se podía hacer en Tres Ríos, que sería nuestro próximo destino. ¡Que bueno que revisé antes de partir! Mi interés era visitar el viejo cementerio, pero sólo había dos o tres tumbas visibles, no valía la pena. Por otro lado, si conviene visitar el lugar si se planea ir de camping y disfrutar las actividades acuáticas. No íbamos preparados, tendría que ser en otro viaje. Cuando empezaron a subir al auto preguntaron cuál era la siguiente parada. La exhitación era evidente, y yo disfruto viendo a mis hijos en ese estado. Con alegría anuncié, «siguiente parada, Corpus Christi.»

Llegando a Corpus Christi.

Llegamos al atardecer. Lo primero que hicimos fue buscar nuestro hotel, esta vez un Holiday Inn. Estaba convenientemente situado frente a la playa. Nos registramos sin dificultad y subimos a nuestras habitaciones.

Desde el quinto piso se observa la Marina y más allá las poco agitadas aguas del Golfo de México. Empezaba a oscurecer y los chicos sugirieron que debíamos caminar apara estirar las piernas. Caminamos por la Water, la calle detrás del hotel, pues según los chicos habían visto restaurantes por allí. Si había varios, pero el menú no tenía lo que buscamos. Caminamos ocho cuadras al sur y encontramos el U&I, un popular y muy concurrido lugar para fish-fry. Entramos. 

Nos atendió una mesera muy alegre y rebanosa. «¿De donde nos visitan? ¿Que les sirvo de tomar? 

El U&I es un restaurante de mariscos muy popular en Corpus Christi. Esa noche estaba realmente lleno. Era viernes por la noche y creo que es costumbre de los habitantes de Corpus ir al fish-fry para la cena. (Como en Milwaukee). La cocina del U&I ofrece una gran variedad de entradas, platillos, bebidas tropicales. Como ya «nos andaba de la jaspia,» ordene calamares y alitas como entrada. Luego, ordenando las bebidas. La chica mencionó las marcas de cerveza que se ofrecen allí, pero lo dijo tan rápido que no capté y terminé ordenando la última que menciono: Heineken. «Pensé que usted ordenaría la Sol o la Bohemia», escuché que dijo. Más tarde, Raúl observaba preocupado, que la chica había dicho otra cosa. «Llegando a México -advirtió – se van a un grupo de conversación en inglés.» 

Quedamos muy satisfechos con la cena. De hecho, bastante llenos. ¡Que bueno que habríamos de caminar de regreso al hotel! Así aceleramos la digestión.

La calle Water ya se observaba muy desolada, así que decidimos tomar el Shoreline Blvd. Cruzamos por la Kinney hacia el Sherrill Park aprovechando el semáforo en verde. Yo iba lento y me quedé atrás. El semáforo cambió y los autos empezaron a moverse, yo a medio camino. Un motociclista arrancó su vehículo haciendo un espantoso ruido. Me apresuré para salir de su paso, pero el muy canalla se abalanzo hacia mi. Quizá no me había visto, quizá pensó que correría mas rápido. Al verme justo frente a el, se vio forzado a frenar y se le mató el motor. Lanzó ofensivas sentencias mientras se hacía al lado del camino. Volteaba hacia mi, vociferando desafiante. Al verme envalentonado acercándome al tipo, Raúl me pidió que lo ignorara. Adrián me pedía lo siguiera por otro camino, lejos del pinche gringo enojón. Ya cuando estábamos lejos de aquél, aún sentimos su mirada. 

Seguimos caminando por el malecón. Observamos extrañados una gran cantidad de indigentes, unos pescando, otros preparando su lecho. Luego llegamos al monumento de Selena, aquella famosa cantante que muriera a manos de la presidenta de su club de fans, en 1995. La estatua de bronce es una verdadera obra escultural. El detalle del cuerpo de Selena y sus gestos, fueron reproducidos a la perfección por el artista. 

Cruzando el boulevard divisamos nuestro hotel. Cruzamos la avenida desde un crucero con semáforo dos cuadras más adelante.

«Que no vea donde nos hospedamos, el gringo que te quiere madrear, papá», dijo Adrián.

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