6.enero.2023

Hoy nos despertamos tarde. Nos preparamos rápido para salir y aprovechar nuestro último día de vacaciones.

El plan de hoy es visitar el USS Lexington y el Texas State Aquarium. Pero como nadie se aguanta el hambre pues tuvimos que ir a almorzar.

Hay un Whataburger que dicen que es el primero que se abrió ya como franquicia. El negocio de hecho, inició en Corpus solo que unas millas más al norte. Al entrar, se observa un poster anunciando que ese lugar se distingue por ser altamente inclusivo. Y es que no se le impide la entrada a nadie, ni por su color, ni por su condición económica. El lugar estaba abarrotado de indigentes, viejitos y ricos, como nosotros. 

El Acuario 

Con la barriga llena, ya estábamos listos para nuestra primera parada: el Texas State Aquarium.

Invierno es una buena temporada para visitarlo, bueno, al menos esa semana que estuvimos alli, el clima era perfecto y el lugar no estaba tan concurrido. Pudimos disfrutar con tranquilidad toda la exhibición admirando la gran colección de especies marinas -se siente raro decir coleccion de especies marinas-. Dos pabellones llamaron nuestra atención tanto que nos hemos detenido alli por buen tiempo: Un gran cilindro vertical como de seis metros que contiene toda clase de peces tropicales multicolores que nadan en circulos dando un espectáculo hipnotizante y relajador; el otro es un estanque que abarca el techo del pasillo por el que circulan los visitantes, de manera que los especímenes nadan sobre nuestras cabezas. Ese estanque está lleno de impresionantes tiburones de todo tipo -y otros peces que, de seguro, pasan a ser alimento-. Yo disfruté mucho más el ver a mis hijos deleitados con la exposición. Alli, observé como cada uno de nosotros tenemos nuestros propios motivadores, nuestras propias formas de admirar las cosas, nuestras propias impresiones. MIentras uno admira la complejidad de la fisonomía de algunos peces, otros solo observan con asco y se alejan; uno solo observa las relajante escenas, y otro está observando el comportamiento de los peces.

En el exterior de edificio de acuario hay tres exhibiciones en donde puedes interactuar con los especímenes: las marmotas, los pulpos y otros peces. Nos paramos en la de los pulpos. Una chica con una abundante melena rizada empezó dando indicaciones a la vez que otra facilitaba pequeños peces con la que los «valientes» podrían alimentar a los pulpos. Mis tres valientes tomaron uno cada quien. Esperaron pacientemente hasta que un pulpo decidió moverse y se acercó a Adrián. Cuendo el cefalópodo tocó su mano, este la sacó del agua en una reacción de desesperación y asco. «¡Está viscoso!», gritó. Todos rieron.

Mientras la gente alimentaba a los moluscos, unos pícaros tordos sobrevolaban el área, otros se posaban a nuestro lado esperando un momento oportuno. La chica de la melena ya nos habiía advertido de su perspicacia para arrebatar el alimento de las manos de los visitates. En efecto, si alguien tomaba la carnada en sus manos y no la introducía inmediatamente al agua, corría la suerte de perderla ante el ataque de la advenediza ave.

El aire corría frío y violento en esa zona del acuario. Ya habíamos recorrido toda la exhibición, era momento de retirarnos. Caminé hacia el extremo que dá al mar – o sea el Golfo de Mexico. Allá a lo lejos, se apreciaba un enorme portaaviones, era el USS Lexington, nuestro siguiente destino. 

El USS Lexington 

Desde el estacionamiento la nave ya se sugería impresionante. Los visitantes pueden elegir entre caminar hasta la entrada o esperar el «shuttle»; nosotros esperamos.

La entrada del Lexington es por uno de sus hangares, el más central. Allí compras tus boletos, si no lo hiciste en línea. 

El USS Lexington es un portaaviones que participó en la defensa de Pearl Harbor en 1943. En servicio también recibió ataques pero fueron más sus logros contra el enemigo. 

Al entrar, siente uno ansiedad por subir a cubierta y admirar los aviones caza que están en exhibición, solo que con lo que se exhibe en el hangar, se lleva uno mas de dos horas. 

De pronto, sin sentirlo, ya nos encontramos en cubierta. El viento invernal soplaba fuertemente; todos debíamos inclinar nuestros cuerpos hacia adelante para contrarrestar la fuerza que este ejercía sobre nosotros. Se sentía el peligro, cualquier descuido y alguien podría salir volando por la borda. Empezamos a separarnos, cada quien quería ver los aviones a su gusto y ritmo. Nora me grita desde allá lejos, en la proa: «¡Mira, el avión de tu novio!» —No es, respondí. ”Tiene su nombre». Acudi. 

En efecto, allí estaba el icónico F-14 Tomcat de la película Top Gun, ostentando en su fuselaje la leyenda «I. T. Pete Mitchell -Maverick -» en el asiento trasero, y «I. T. JG Nick Bradshaw -Goose-«, el la frontal de la cabina de pilotos. 

El aire en cubierta soplaba implacable. Caminar toda la longitud era en parte molesta y en parte difícil. La oportunidad de estar cerca de aquellas naves de combate heroicas valían la pena. El USS Lexington exhibe el Skyhawk TA-4; si vieron Top Gun, la primera película, lo reconoceran como nave enemiga que atacaba a los F-14 que pilotaban Mitchell y su equipo. Hay un Banshee, un par de Cougars, el precioso Hornet F/A-18. ¡Bueno, andaba yo…! Casi todos esos aviones los había armado de niño con aquellos modelos de Lodella. Los tenía en una repisa alta en el closet de mi recámara; por las noches las iluminaba con focos miniatura y pantallas de celofan azul, verde y rojo. 

Empecé a sentir hambre ya cerca de las 4:00 PM. Abajo, en el hangar hay un puesto de comidas, pero ese día sólo había hotdog y papas de bolsa. No gracias. Nora se le ocurrió que sería buena idea comer Brisket en un famoso restaurante que mi suegro le había recomendado. Subimos al auto y tomamos el camino hacia Robstown para comer en el Mike Cottens. Nunca voy a olvidar el fascinante sabor del brisket que sirven allí. Estaba tan delicioso que decidimos llevarle una probadita a mis suegros. 

Una visita rápida al Mall. 

Estábamos de regreso hacia el hotel. Era mi idea estar allí antes de que los chicos volvieran a tener hambre. Cuando dieron cuenta de mi táctica, pidieron que parara en una tienda antes del hotel. Mientras ellos compraban golosina, yo llené el tanque de mi auto; así, podríamos salir a carretera sin pendientes al día siguiente. Llegamos al hotel y los chicos traían vuelo todavía, así que se pusieron de acuerdo para trasnochar.

«Vamos al boliche», sugirió Adrián. Yo ya había tenido suficiente para un día, solo quería quedarme viendo televisión.

Los tres chicos salieron en mi auto, pidieron a Waze los llevara a un boliche y escogieron el Bowlero, según la aplicación, a sólo 15 minutos del hotel. Nora y yo nos quedamos tranquilos.

Luego nos contaron que el lugar era tan de mala muerte que daba la sensación de que no saldrían vivos si se presentaba algún altercado. Afortunadamente llegaron en una pieza de regreso al hotel, aunque no supimos a que hora regresaron pues Nora y yo nos habíamos quedado dormidos.

Deja un comentario

Tendencias