Dia 5. El viaje de regreso

Enero 3, 2023.

Era sábado ese 3 de enero.
Yo conducía a mi Sorento por la autopista I-10 que nos llevó directamente a San Antonio. Llegamos alrededor de las tres de la tarde y pensamos que sería buena idea ir a comer de una vez al Riverwalk.

Aparqué en el estacionamiento del Riverband que está por las calles Market y Presa. Uno a uno bajamos del auto. Nora se apresuró a bajar primero que todos y emprendió su marcha. Siempre pretende saber cuál es el camino – incluso de lugares donde nunca ha estado-. Mientras nosotros buscábamos un señalamiento que nos mostrara dónde estábamos y hacia donde caminar, Nora ya nos llevaba una cuadra de ventaja.

«¡Mamá! -gritó Raúl-, ¿Sabes hacia dónde vas?»

«Pues para allá», dijo señalando adelante suyo un camino solitario.

Y así, inició la discusión de cómo siempre te adelantas, no te fijas, luego que si teníamos un plan y que la madre. Ni era tan difícil orientarse; en todos los cruceros podían apreciarse señalamientos hacia cualquier lugar turístico. Ya orientados y de acuerdo hacia donde debíamos dirigirnos, de pronto Raúl hizo una observación.

«¿No se les hace raro que haya tan poca gente?»

En efecto, había muy pocos visitantes en el centro histórico. También un extraño aroma a orines flotaba denso en el ambiente. Era como si el municipio hubiera avisado a los residentes que no fueran al centro porque había mal olor. Mas adelante, cuando ya iniciamos la caminata hacia el Riverwalk, nos dimos cuenta de dónde provenía el olor;  San Antonio tiene como atractivo turístico los paseos en carroza – como las de Cenicienta. Estás son impulsadas por caballos que van dejando detrás sus orines y excrementos. El sol se encarga de secarlos y el aire de esparcirlos por todo el centro de la ciudad.

Pues con todo y eso, bajamos al río. Buscábamos un buen lugar dónde comer, pero solo había cantinas que no inspiraban confianza, ni los aromas provenientes de su interior abrian el apetito. Seguimos caminando, solo para darnos cuenta que todo estaba cerrado. Un lugar turístico, ¿cerrado en sábado? Quizá fue la hora, ya era tarde. Bueno, ya sabemos para la próxima.

Pues yo había planeado que un día tendríamos nuestra cena de lujo en la Torre de las Americas, localizada en el Hemisfair Park.

El restaurante Chart House está en lo alto de una torre de 228 metros y sobre una plataforma que gira mientras comes. Desde tu mesa se puede estar admirando la extensión de toda la ciuadad en sus cuaro puntos cardinales. Como ya eran casi las 5:00 PM y el hambre apretaba,  decidí tener la cena esa misma noche. Aún había luz de día, así que nos fuimos a pata.

Entramos a la torre y buscamos el elevador hacia el restaurante; nos topamos con  la recepción. La hostess, una chica latina de gruesas carnes enfundada en un ajustado vestido negro nos recibió. «¿Tienen reservación? -preguntó con una sonrisa burlona, luego añadió- porque de lo contrario tendrían que esperar a que se desocupe una mesa, o que alguien cancele»

¡Pues claro que no teníamos reservación! Somos turistas.

Su actitud aparentemente amable, me hizo enfadar. Ese «esperar a que alguien cancele», pero me calmé.

Esperamos por casi una hora; veíamos comensales entrar y salir. Los que entraban, quizá tenían reservación, pero muchos mas salieron y aún así no nos llamaban. Mis tripas reclamaban, y yo quería reclamarle a la chica también. Ya a eso de las 6:30 PM, me llama la chica: «Ya puede pasar». Me regaló nuevamente su falsa sonrisa que parecía más bien burla.

Subimos al restaurante, había varias mesas disponibles y pensé «¡Pinche vieja!

La atención de los meseros allí arriba era diferente, más amable, más sincera. Me cambió el humor. Con el menú en las manos empezamos a seleccionar nuestros platillos  Kim Chee Kalamari y Sizzling Mushroom, como entrada. Yo pedí ensalada y el «Cedar Plank Salmon». Todos aprovechamos la oportunidad para comer desde langosta hasta gruesos cortes de rib-eye. De postre, la recomendable «Lava Cake» de chocolate, ¡una verdadera delicia!

En una de esas se acercó un hombre ya grande vistiendo un caro casimir, era Joseph Trotti, el gerente. Tuvimos una agradable conversación con el caballero que incluso nos agradeció que visitaramos su restaurante. «Los dejo en manos de Dorothy, es una gran chica» – dijo antes de retirarse-. Pues en verdad que si, la mesera se esmeró tanto en el servicio que me convencí de dejarle una muy buena propina.

Quedamos satisfechos de más. Salimos de allí con la barriga abultada, no le cabía nada mas. Afortunadamente, la caminata de regreso a la Riverband colaboró en acelerarnos la digestión.

No recordamos cómo llegar al estacionamiento, lo encontramos con la ayuda del Waze de Adrián.

Ya en la máquina para pagar, saque mi boleto y lo introduje en la ranura. La pantalla se iluminó y, sin recato alguno me cobró. ¡Fueron quinientos cuarenta pesos!

Subimos al auto y nos alejamos. Dejamos el centro sintiendo una gran satisfacción por una noche agradable. Risas alegres y comentarios graciosos de mis hijos nos acompañaron todo camino hasta el Spring Hill Suites del aeropuerto. Hicimos el chequin, y nos dieron nuestras habitaciones; allí descansaríamos por dos noches.

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