Dia 2. Reunión en Kemah
El 31 de diciembre desperté temprano, y con hambre. Eran las 8:30 AM. Abrí el refrigerador y solo había tortitas de picadillo. Salí en el auto a la tienda más cercana, una clase de tiendita de barrio con gasolinera, Angels se llamaba; el dueño era un hindú, de rostro oscuro y tosco, y de voz grave. Compré algunas cosas y aproveché para llenar el tanque de combustible de mi auto. Pagué, tomé mis víveres y regresé a casa. Cuando llegué todos seguían dormidos. Puse el café y el delicioso aroma despertó a todos instantáneamente.
Teníamos que aprovechar el tiempo pues habíamos quedado con la tia Gaby que llegarían a nuestro lugar en Kemah a las 2:30 PM. Ya habíamos decidido despedir el año allí, para hacerlo diferente y librar a mi hermana del trabajo de limpiar al dia siguiente, si lo hicieramos en su departamento. Asi que, una vez que cada uno se preparó su almuerzo, comimos y nos dispusimos a salir. Hicimos un tour de compras relámpago con paradas en Ross, Marshal’s y otras. Luego nos fuimos por víveres para la cena. El tiempo pasó muy rápido y para las 2:30 PM aún andábamos de tiendas. Conduje el auto de regreso a casa con celeridad. Llegamos después de la hora acordada, pero no habian llegado aún.
Cuando llegaron los Rosales
Dos SUVs negras entraron por la amplia cochera del lugar. Mis hijos corrieron a recibir a los invitados. De uno de los autos salió Gaby quien, emocionada, inició una sentimental rutina de abrazos. Ya habían pasado diez y seis años desde que vio a mis hijos la última vez.
Con ellos llegó una pareja: una hermana de Gregorio, Rocío, y su esposo Joel, viejos conocidos de la adolescencia.
Mis hijos no conocían al menor de mi hermana, Gerardo, pero ya tenian antecedente de que era una amenaza. El mismo nos dijo que era «Denise, the menace». El mayor, Gregory, lo encontramos bastante crecidito. Rebasaba al mas alto de mis hijos. El es un chico muy centrado, educado y algo reservado.
Goyo y Joel se apresuraron a preparar el fuego en dos asadores, uno que habia en la casa y otro que ellos llevaron. Las mujeres subieron viandas a la cocina y empezaron a preparar los complementos para la cena. Cuando acabaron, Goyo tomó posesión de la cocina, sazonó la carne a su manera (sal y limón), luego la dejó marinando alli por un buen rato. Yo mire asombrado la cantidad impresionante de carne que había llevado y le advertí que » oye, tranquilo viejo, nosotros no acostumbramos ingerir mas de trescientos gramos de alimento en cada sentada». Goyo gruñó y sugirió que entonces habríamos de sentarnos varias veces a comer.
Abajo, en el patio, los primos empezaban a conocerse. Bajé y me alarmé al ver que de los asadores salían enormes llamaradas. Seguramente mi rostro reflejó mi temor de que se iniciara un incendio pues Joel se apresuró a calmarme y asegurarme que tenian todo bajo control. Aun así me apliqué a localizar los extintores.
La Cena
Empezamos a cenar a eso de las 7:00 PM. Joel había llevado jugosos rib-eye y costillas cargadas de la San Juan, en México; Goyo preparó tambien dos cazuelas de queso flameado con chorizo;las salsas picantes las preparó Gabriela, guacamole y tortillas de nixtamal. Fue un verdadero festin.
El clima de ese 31 de diciembre en Kemah estaba muy agradable. No fue necesario usar suéter, ni chamarras. Yo esperaba a que Goyo se sentara a la mesa para empezar a comer hasta que Gaby me advirtió que no lo haría: «cuando asa la carne, no come».
Los rib-eye estaban en su punto óptimo de cocción y la carne era suave para masticar. El sabor, ni se diga, fue una perfecta delicia. Al terminar de cenar, la tia Rocío sugirió que empezara la música, «para bajar la cena». Miré el reloj de mi smartphone, apenas eran las nueve de la noche, asi que le subimos el volumen a la música e iniciamos nuestra fiesta. Me dio tanto gusto observar a los niños Rosales disfrutando el momento. El más pequeño, Gerardo, tomaba video con su smartphone mientras también animaba a los danzantes con alegres ¡Ajúa! En ocasiones tambien se bajaba a la pista y mostraba sus graciosos pasos de cumbia. Asi demostraba su orgullo por las raices y las tradiciones mexicanas.
¡Queremos pastel!
El dia 31 de diciembre, además de ser fin de año, es el cumpleaños de mi esposa. Dependiendo de cómo se mire, puede o no ser una ventaja. Es un día en que toda la familia asistirá, además es dia de fiesta y la festejada es ella.
Gaby la recibió con un pastel de chocolate que ella misma horneó para la ocasión. El café humeante, despedía un delicioso aroma que intensificaba el deseo de darle una buena tarascada al pastel. Nos dejamos caer, ¡estaba riquísimo!
Alguien puso las mañanitas en la television más cercana y juntos seguimos la melodía a coro. Mientras cantabamos, Nora no quitaba la vista del pastel. Y es que, ¿Que más puede hacer uno mientras los demás cantan una melodia que dura tres minutos?
Se realizó la simplona ceremonia de cortar el pastel e incitar a la festejada a dar la primer mordida. Todos gritamos ¡mordida, mordida!» mientras observamos curiosos para ver quien sería el osado que le estrellaría el pastel en la cara. Adrián lo intentó y las caras de los invitados brillaron de alegría, pero no, Adrián solo hizo el intento y luego se arrepintió. Ya sabe…
Pasamos a cortar cada uno su pieza. Gerardo se adelantó, tomó el filoso cuchillo y lo acercó al pastel. Su madre, aprehensiva, le ordena que lo suelte diciendo «tú no puedes, Gerardo, te vas a cortar»
«¡Sí puede, déjalo!», intervine.
El chico tajó una rebanada perfecta y yo terminé con un halago,
«¡Perfecto!»
Fuegos Artificiales
El Boardwalk de Kemah programó un espectáculo de fuegos artificiales para las 11:00 PM. El boardwalk esta a diez minutos, caminando. Goyo queria que nos fuéramos en auto, pero la mayoría votamos por ir a pie. Iniciamos la caminata bajo la noche húmeda y tibia. Las calles, muy oscuras, apenas si eran visibles por la luz de las casas del vecindario de Clear Shores. Avanzando, unos más lentos otros más veloces, de pronto ya éramos grupos separados caminando en la oscuridad. Mario y Adrián salieron sorpresivamente brincando desde una oscura barda. Se aventuraron a mear allí arriesgándose a que una cámara los hubiese captado.
Al llegar al cruce, por la carretera 146, el tránsito de autos era fenomenal. Docenas de autos hacian fila para disfrutar del mismo espectáculo. Mi hermana, más acostumbrada a los reglamentos de tránsito de EEUU, nos advirtió del peligro de ser multados. Nosotros, mexicanos, mas acostumbrados a hacer lo que se nos pega la gana, la obligamos a cruzar. Aún con eso, fue hasta que Raúl animó a otros estadounidenses que también estaban indecisos y nos fuimos todos juntos, obligando a los autos a frenar mientras pasábamos, éramos quince almas cruzando.
A mitad del camino, los miones tuvieron que hacer escala. Faltaban pocos minutos para el inicio de los fuegos artificiales asi que los dejamos en su asunto y los demás seguimos caminando.
Llegamos a la entrada del parque en el justo momento en que iniciaba el espectáculo. No se qué hubiera sido más memorable: tomar video o admirar a ojo pelón. Yo alterné entre ambas. El espectáculo duró quince minutos con explosiones, luces multicolores y mucho humo. Mi hermana se la pasó buscándonos -según dijo-, pero en realidad, estaba preocupada por su hijo mayor que habia caminado junto a nosotros. Cuando iniciamos el retorno, Raúl no estaba en el grupo, pero aún sin él, iniciamos el camino. Gabriela insistía que debíamos buscarlo antes de partir.
«Gabriela -le dije-, ¡es un hombre de treinta años!»
Al fin y al cabo, mientras discutíamos, llegó el muchacho y pudimos regresar juntos. Mi hermana caminó ya mas tranquila.
El Chuky
El viaje de regreso fue más lento pues íbamos cansados. La neblina se hizo mas densa y la visibilidad era de no mas de diez metros. Cruzamos la autopista y entramos al complejo de residencias. Ahora caminábamos en grupo, platicando y riendo de las puntadas de los más jóvenes. De pronto, allá adelante, nos pareció ver un hombrecito corriendo hacia nosotros. Sus pasitos eran como de un bebé, pero no estábamos seguros, mas bien, sentimos temor de lo que pudiera ser. Nos detuvimos. Los más coyones se protegieron detrás de los demás. Cuando aquél ente estaba a tres metros ya frente a nosotros pudimos ver claramente que se trataba de un bebé. Este habia salido a caminar ante el descuido de sus padres.
Me dieron ganas de orinar y mis hijos me invitaban a usar el mismo oscuro lugar que ellos utilizaron antes. Me aguanté hasta que llegamos a la casa.
Puse mas café pensando que nos sentariamos a platicar, pero como la neblina empezaba a tornarse peligrosa, mis invitados decidieron partir cuanto antes. Asi terminó otra noche de nuestro grato viaje.





Deja un comentario