¿Cuando se había escuchado de un frente frío tan frío en otoño en Monterrey? Pues nunca en lo que tengo de memoria. Ana y Agustín, dos buenos amigos se casaron el 19 de este mes. Habían soñado con una hermosa recepción al aire libre en uno de esos pueblos mágicos. Ese era el día, esa la temporada, pero nadie pensó que la temperatura bajaría hasta 4° centígrados.
Nos abrigamos bien y salimos hacia Arteaga, Coah. La carretera presentaba una neblina cerrada que no permitía ver mas allá de treinta metros adelante. Peligrosa. Lo mas prudente era conducir a baja velocidad. No se sabe que pueda uno encontrarse adelante.
Nos encontramos con una situación mucho más peligrosa ya en Arteaga, la temperatura había descendido aún más y la llovizna mojaba la carretera haciéndola resbaladiza. Llegamos bien después de todo.
El lugar era una vieja hacienda, renovada y acondicionada para eventos. Ya habían llegado algunos invitados a los que hubimos de saludar y casi hacer reverencias para tener el gusto de su saludo. Inmediatamente nos alejamos de ellos para no sentirnos incómodos. Seguimos una vereda empedrada y llegamos a una carpa debajo de la cual ya estaban dispuestas las mesas de la recepción. Una chica que cargaba una lista de invitados en sus manos, me pregunto mi nombre; me encontró, y me indico que mi lugar estaba en la mesa nueve. Nos sentamos Nora y yo cerca de un calentador apagado -cuando lo prendan, pensamos, estaremos más a gusto-. El clima empeoraba a cada minuto. Empecé a sentir mis sentaderas húmedas, la llovizna arrecio y los invitados corrieron a ocupar sus lugares.
Los novios tardaron en aparecer; mientras, la música ambiental nos hacia el momento agradable. Era música instrumental con un volumen agradable y adecuado para favorecer las conversaciones. Los planeadores de boda acercaron una mesa y la llenaron con «marinitas» para el consumo de los invitados que ya se veían hambreados. Se acabaron todas en unos minutos.
Cuando llegaron los novios, supe qué era lo que esperaba un hombre de edad avanzada que ocupaba el lugar preparado para los novios, era el juez civil que los casaría por la ley. Bueno, el hombre se aventó tan largo discurso que poco faltó para que le gritáramos, ¡ya hombre, decláralos marido y mujer! Y la temperatura seguía en descenso. Llegaron los meseros y empezaron a distribuir las bebidas, todos pedían tequila. Nosotros no fuimos la excepción.
Llegaron unos buenos amigos y conocidos; primero David, recién divorciado, con quien iniciamos el consumo de bebidas alcohólicas, luego Carlos, que llegó acompañado -había perdido a su esposa durante la pandemia, aunque no a causa del virus-, a Nora y mi nos alegró verlo rehaciendo su vida. Cristina, su novia, es una hermosa morena, muy agradable y empática mujer ya en sus cuarentas. Minutos más tarde, la mesa se ocupó por completo con gentes que venían de Matamoros, Tamaulipas, con quienes entablamos grata conversación y quizá una buena amistad. Las bebidas seguían llegando, cada vez con más frecuencia. Y luego, algo raro pasó: se nos quitó el frio.
Otros amigos ocuparon mesas diferentes, igual los saludamos pero no tuvimos ocasión de conversar con ellos. Los critique porque uno de ellos llevaba a su bebe de meses. «Lo traigo bien arropadito», decían.
Al filo de la medianoche sentí que era ya prudente dejar el lugar. Nos despedimos y salimos. La niebla se había asentado en la superficie y la visibilidad era nula. ¿Qué vamos a hacer! ¿Como nos vamos a ir? Pues arranque el auto y me fui detrás de otro que salió antes que yo. Con las intermitentes encendidas nos fuimos todo el camino hasta que llegamos al hotel. Esta parecerá una pequeña aventura, pero considerando que después del encierro de los dos años anteriores nos trataron valentía, para nosotros fue una gran y divertida aventura. Nos sentimos tan a salvo ya en el hotel, que caímos rendidos y en profundo sueño en pocos minutos.
Al día siguiente nos enteramos que la temperatura había caído hasta los dos grados centígrados. Muy frío si, pero los sentidos se confunden cuando se enfocan en disfrutar la grata compañía de los amigos.





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