Un día, hace muchos años, busqué a mis viejos amigos y los encontré. Tan sólo habían pasado cinco años y ya poseían sus propios negocios. Luego, volví a alejarme de ellos por un buen tiempo hasta que un día...
«Papá, me llegó esto por Whatsapp», me decía Adrián mediante un mensaje de texto en aquella plataforma.
Aquel mensaje decía: Adrián, soy un viejo amigo de tu papá, estoy tratando de localizarlo. Te dejo mi número telefónico.
Firmaba Enrique Boone. Un temor me agobio, y sentí un calor correr por mis venas. Enrique es el esposo de una vieja amiga de mi juventud y miembro de esa familia de amigos que dejé de ver. Cierto que pasaron muchos años, pero nunca los olvidé. Siempre había un motivo para revivir alguna anécdota del tiempo que pasé con ellos. La más reciente, de hecho, se convirtió en un entrada de este diario (ver aquí)
En el chat, mis hijos preguntaban quien era esa persona. Nora se encargó de contestarles mientras yo me apresuraba a llamar al número proporcionado por Enrique. El teléfono sonó tres veces, estuve a punto de colgar cuando una voz femenina contestó: Bueno…?
«¿Enrique Boone?», pregunte.
Instantáneamente, la voz femenina me reconoció. Era Eda Sifuentes, la esposa de Enrique. Hice la llamada durante mi horario de trabajo pero con la emoción olvide advertirle que tendríamos que hablar a otra hora. No, no podía postergar el momento. Platicamos por casi media hora. Ella trató de ponerme al día. ¡Imposible! Al colgar la llamada, le siguió una serie de fotos del recuerdo.










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