Después de casi un año que me decidí por adquirir un auto nuevo el agente de ventas de Kia Motors llamó a casa notificando que ya habían llegado un par de unidades y que yo estaba en prioridad de seleccionar.
Abril 2021
En casa tenemos varios autos. Es hasta ahora que es así, pues antes, solo conducía un Chevy Monza 1988. En el 2011, se lo pasé a mi hijo mayor para que fuera a la Universidad, yo compré un Ford Fiesta. Cuando se graduó, en 2018, lo premiamos obsequiándole un Ford Figo, que aún conserva. Seis años después, mis otros hijos salían de la Universidad también y les urgía tener en qué desplazarse. Mario se compró un Audi de medios uso, que luego vendió para cambiarlo por una SEAT Arona 2021. Adrián no se quedó atrás, me pidió el Fiesta para venderlo y también comprarse un auto de agencia y se decidió por el SEAT Ibiza – ¡cómo me gusta ese auto! -. Así es que, al final, me quedé sin auto.
Nora, mi esposa, ya tenía meses insinuado que ya era tiempo de que tuviéramos una SUV, yo que soy en todas formas más práctico, era de la idea de que un auto grande nos restaría espacio en la cochera para los demás autos. Pero, en fin, me convenció y anduvimos de agencia en agencia seleccionando, porque “de la vista nace el amor”. Vimos, nos subimos y manejamos varias SUV. Cuando vi la Sorento, ya no quise ver más.
Pedimos informes, cotización y dejamos un depósito para separarla.
Pues nada, que, a causa del COVID, la producción de “chips” (circuitos integrados que se usan en los controles automáticos de los autos modernos) bajó drásticamente. Los productores de estos chips dieron prioridad a un mercado que – también por la misma causa – observó un disparo en la demanda de estos microcomponentes para la producción de consolas de juegos. Un mercado que utiliza chips menos complicados y que reditúan mayores ganancias a las productoras. La producción de chips para la industria automotriz tuvo que esperar y conformarse con una provisión disminuida y más tardada.
Pues, para no hacer el cuento largo, pasaron dieciocho meses.
Febrero 2022
A principios del mes, el agente de ventas de Kia se comunicó con mi esposa. Habían llegado dos unidades. Este chamaco realmente había estado en constante comunicación con Nora. Contaba con ella para realizar su venta. Cuidaba de que se mantuviera interesada y esperanzada, así que de vez en cuando, le llamaba para darle las nuevas. El viernes 11 llegué del trabajo, Nora me recibió con la noticia de que le habían llamado de Kia para informarle que estábamos en primera fila para escoger la nuestra.
Había pasado ya tanto tiempo que mi interés se había disipado. Mis ojos ya habían escogido otra marca, un auto pequeño, económico y del año.
“No voy a comprar esa SUV, Nora”, le advertí.
“Mira, pues vamos y allí desengañamos al muchacho. Está tan ilusionado por hacer esa venta”, sugirió Nora.
Acordamos que iríamos a verlas y a desistir de nuestra compra. Pediríamos el reembolso de nuestro anticipo.
Al siguiente día nos presentamos en la agencia de Sendero ya tarde. Una Sorento estaba lista para ser entregada a su nuevo dueño; no había ninguna otra a la vista. Cuando llegó el agente nos invitó a subir a su auto y condujo por una rampa hasta un estacionamiento en la parte posterior del edificio de la agencia. Habían escondido dos hermosas Sorento, una roja y la otra gris.
Bajé del auto, caminé hacia la roja. No me llenó el ojo; luego caminé hacia la gris que ya tenía sus puertas abiertas pues el agente se la estaba mostrando a Nora.
“Súbete viejo” me invitó Nora. Era su táctica de convencimiento.
Lo pensé dos veces, yo sabía lo que sucedería si me sentaba al volante.
“Ya te la mereces”, insistió
Pues subí, y me senté en el lado del piloto. En ese momento tuve la misma sensación que cuando me subí a probar una Ford Escape en el 2017. Era como si yo hubiera vivido la misma experiencia en otro tiempo. Quizá en ese tiempo, sobre un caballo, o una carreta, no sé.
“¡La quiero!”, exclamé. “Solo que no estoy seguro de poder pagarla”.
Nora me lanzó una mirada, estaba incrédula y decepcionada a la vez. Sabía que su técnica de convencimiento era infalible. Además, ella conoce muy bien mi capacidad de pago.
“Vamos a ver los números”, sugerí.
Para cuando salimos de la agencia, llevaba en mis manos dos presupuestos: uno a tres años – por sugerencia de Mario, mi hijo menor, que consideraba mi jubilación en ese tiempo. La otra, por cuatro años, el plazo acostumbrado por mí. Había que decidir de inmediato, pues había una larga lista de espera. Si no la tomaba yo, la unidad pasaría al siguiente en la fila. Llegué a casa revisando mi presupuesto anual. Nora se quedó despistadamente cerca de mí. Los números eran francos, podía pagarla sin problema y hasta en tres años.
“Nora, llama al agente. Dile que la Sorento gris es mía.
Y, pues así, el 18 de febrero fuimos a recogerla. Nos tomaron la foto, hicieron el pedo ese de los confetis y luego trepamos para llevarla a casa.
Al siguiente lunes me fui al trabajo manejando mi nueva SUV. Los guardias me detuvieron en la entrada, no me reconocieron. Antes me habían visto en el Monza, o en el Fiesta y, días atrás en el Figo.
Cuando llegué a mi oficina y encendí mi computadora, el sistema me pidió que renovara mi contraseña de doce dígitos alfanuméricos con caracteres especiales; era fácil, sin titubear puse: Al71n!tengomiSorento.





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