Todos tenemos un horario específico para cada una de nuestras tareas, rutinas y necesidades fisiológicas.

A mí por lo general me llama la naturaleza a las 9:00 AM. Si, en punto. Cuando viajo, mis horarios biológicos se salen de control. Así, es probable que el llamado me llegue muy temprano, más tarde, o no llegue en todo un día. Cierto día aprendí que debo observar bien lo que como. Una mezcla incorrecta de alimentos y la desgracia se anunciará por si sola.

En 2008, aprovechando uno de esos puentes del 5 de febrero, realicé un viaje de vacaciones no planeadas con mi familia a León, Guanajuato. Allá tengo un primo muy querido, Arturo González, y a su hermosa y numerosa familia.

Nos alojamos en el Holiday Inn de la López Mateos, frente al Centro de Convenciones. La primera mañana, Arturo desayunó con nosotros. Se aventó unos chistoretes y luego nos pidió razón de las familias de Monterrey.  Después de ponerlo al corriente, nos comunicó a mi esposa y a mi que tenían intención de reunirse en familia para ver el Superbowl en su casa esa tarde. Toda la familia estaría reunida y, por supuesto, estábamos invitados. Los Patriotas enfrentaban a los Gigantes de Nueva York en Arizona, un juego que prometía un buen espectáculo.

Al terminar el desayuno y después de la charla de sobremesa, Arturo se retiró; el reloj marcaba las 10:30 a.m. Nosotros subimos a nuestra habitación y apresuramos a los chicos para salir a «turistear».

Salimos a caminar al centro histórico y alli entramos a la basílica. Tuvimos un encuentro sobrenatural con una anciana, que por cierto, lo cuento a detalle en otra historia. Luego pasamos a admirar el Arco Triunfal  que está sobre la Calzada de los Héroes. Sobre este se observa un enorme león de bronce que me pareció haber visto antes al centro de una plaza, cuando yo era niño. Cuando pregunté a los lugareños para comprobar mi recuerdo, solo decían que ese león siempre había estado allí.

Era el sábado 2 de febrero, la temperatura había descendido a unos dieciocho o veinte grados. Una temperatura por demás agradable para un norteño, razón por la que vestíamos de pantalones cortos y «T-shirts». Había llovido un poco más temprano y los lugareños que nos topamos en el camino, enfriolentados, vestían gabardinas, algunos llevaban suéter, otros chamarra. mientras pasaban a nuestro lado, nos miraban con el rabillo del ojo, sorprendidos.

Después de un rato de andar caminando, nos sentimos hambrientos; encontramos la tortería de Doña Martha, justo frente a una plaza y entramos. Nos sentamos y una chica nos llevo el menú. Nunca me había pasado que a los chicos no se les antojara nada. Yo sí tenía hambre así es que ordené una torta de pierna que acompañe con agua de horchata. Después de comer, regresamos al hotel. Fue allí donde los chicos entraron al restaurante para ordenar del menú. A mí me había quedado un huequito así que ordené algo ligero para mi.

Ya en mi habitación, tomé una bolsa de Cheetos Poffs y me puse a ver la tele mientras llegaba la hora de la reunión a con mi primo. Me acabe los Cheetos y me quedo un rico sabor en la boca.

Cerca de las seis de la tarde subimos de nuevo al auto y nos dirigimos a la reunión.

Llegamos antes que todos, mi primo y su esposa estaban solos. Arturo me ofreció una cerveza. Sobre la mesa, dos platones llenos de botanas que incluían una buena ración de Cheetos  y de nuevo le entré con esa incontrolable adicción mía. Arturo me acercó una cerveza. La etiqueta azul llamo mi atención, mi primo me observó algo inseguro y exclamó

—Es una cerveza artesanal de la región.

«Bueno, la probaré” —pense. El primer trago confirmó un sabor diferente, agradable al paladar, aunque algo más ácida para mí gusto. Cuando ese primer trago llegó a mi estómago, empecé a sentir que las cosas se pondrían mal: mi abdomen empezó a crecer, los gases viajaban a placer entre mis dos intestinos, luego subían vertiginosos hasta mi boca para convertirse en eructos.

Los demás invitados empezaron a llegar. Las cervezas se multiplicaron sobre la mesa. Más botana. Todo empezó a ser menos apetitoso; yo no aguantaba más la incomodidad; algo me estaba pasando y sabía que tenía que regresar al hotel, pero ¿cómo iba a desairar la invitación de mi primo así tan rápido? Me aguanté. Sin embargo, los gases seguían acumulándose en mi estómago a tal grado, que hube de ponerme de pie, sabía que en cualquier momento, tendría que salir disparado al sanitario.

En preparación, ya había recorrido con la vista la habitación para saber hacia donde correr.

El baño estaba localizado justo a la derecha de la puerta principal. La ventana del baño se abría hacia el exterior de forma que los olores salieran hacia la calle, pero, con la puerta principal abierta era inminente que se internaran en la sala donde se desarrolla a la reunión. Yo no podía aguantar más.

—Discúlpenme —anuncié, —necesito entrar al sanitario.

Mi primo señaló con su índice hacia donde tenía que dirigirme.

Mientras la conversación se escuchaba animada allá afuera, yo estudiaba detenidamente el baño. Si había papel, si usaban bote de basura, el tamaño y la forma del asiento del retrete, aromatizante, etc. Todo lo que pudiera necesitar  estaba allí, a la mano. Sin más, me senté.

Con pleno control de mi esfínter aflojé poco a poco, pero la presión desarrollada en mis entrañas expulsó el producto en forma violenta y se produjo un chisporroteo al caer en el agua del retrete. Sentí un torrente escurriendo por mis nalgas. Imploré al cielo que fuera agua solamente. No había terminado, aún sentía que más venía en camino. Para entonces, el fétido gas encontró un camino fácil para esparcirse por completo, no sin antes evacuarse por la ventanilla y penetrar hacia la sala de visitas. Yo mismo me vi forzado a cubrir mis fosas nasales. ¡Que bárbaro! Ni yo me aguantaba.

Tenía que hacer algo y rápido. Localicé el aromatizante, estaba fuera de mi alcance. Si quería tomarlo, habría que pararme de retrete, pero ¿cómo hacerlo sin que el agua me escurriera por las piernas? Estiré mi brazo lo más que pude inclinando mi cuerpo hacia el bote de aerosol. Lo alcancé con el dedo medio de mi mano derecha y el impulso lo mandó al suelo, rodando, afortunadamente hacia mi. Aromaticé el ambiente lo más que pude, aunque sabía que ya era demasiado tarde. Era momento ahora de limpiarme.

Después de una rápida lluvia de ideas sobre cuál sería el método más apropiado, al fin determine lo que habría de hacer: realizaría un secado inicial con papel sanitario y luego me desplazaría hasta el lavabo para limpiarme con jabón. Con presteza realicé la operación. Rogaba a Dios que fuera solo agua lo que habría que limpiar, así pues. palpé con el secante una de mis nalgas una y dos veces, temeroso, saqué el papel para observarlo. El papel mostraba unas horripilantes manchas marrón, señal de que no era solo agua lo que había salpicado.

Realicé la operación una y tres veces hasta que estuve seguro de que no había más que limpiar en mi trasero. Aún así, no quise subir mi ropa interior. Me incorporé para dirigirme  hacia el lavabo. Fue en ese momento que descubrí otro problema: las paredes del retrete también estaban horriblemente salpicadas de marrón. «Arreglaré eso luego», pensé.

Abrí la llave del lavabo, y con mis manos enjabonadas, froté mis nalgas para limpiarlas, luego las enjuagué. Para secarme, observé las toallas colgadas a un lado, «no, no debo hacerlo» pensé, pero entonces ¿cómo me iba a secar? Recurrí de nuevo al papel sanitario. Ya seco, terminé de vestirme. Ahora debía limpiar el retrete.

Por más que busqué, no encontré cepillo ni limpiador de sanitarios dentro del baño. Nervioso, me resignaba a usar más papel sanitario. Tomé una buena cantidad para envolver mi mano. Así, pasé cuidadosamente el papel por la pared interior del retrete limpiando todo cuanto pude. No fue un trabajo profesional, pero tenía como aliado a la oscura noche y la tenue luz del sanitario. Nadie lo notaría.

Ya había ocupado demasiado tiempo en el baño. Me disponía a salir cuando observé la gran cantidad de papel que desbordaba del cesto. Más papel fue necesario para compactar, ahora con la punta de mi zapato, aquella sucia masa producto de mi accidente. Antes de salir, revisé que todo estuviera en orden. Me aseguré que quienquiera que entrara al baño después de mi, no vería rastros de mi odisea. Las toallas estaban totalmente secas, eso podría dar una pista de que algo había pasado allí, así que mojé nuevamente mis manos y luego me sequé.

Salí disimuladamente a la sala, y aunque la conversación estaba muy animada en ese momento, todos los presentes voltearon a verme. Rogué a Dios que mi ropa estuviera limpia, mi bragueta cerrada. Si, todo estaba bien; los presentes solo querían saber a quien tenían que culpar por la peste que había invadido el ambiente que respiraban.

Sigilosamente, me integré en el grupo. Mi primo se inclino hacia mí murmurando a mi oído,

«Que te cosan el cenizo».

Serían las tortas de Doña Martha, los Cheetos Poof, la cerveza artesanal, o una combinación de todo esto. Nunca lo supe y tampoco lo sabré porque no pienso mezclarlos de nuevo en toda mi vida.

Deja un comentario

Tendencias