Un dolor persistente es la señal para consultar a un médico

—Socha
No fueron días, sino años. 
Cuando el doctor explicó cómo sus vértebras se habían deteriorado por la falta de atención, a mis hijos y a mi nos quedó un mal sabor de boca. Ya nos habíamos acostumbrado a no solo ignorar, sino también a hacer mofa de las dolencias de mi esposa.

Febrero 20, 2022

A las 6:30 de la mañana Nora se sentó a la orilla de la cama, estaba preparando sus cosas para internarse en el Swiss Hospital de Miravalle. El neurocirujano la había citado temprano para prepararla para un procedimiento que le llevaría tres horas. Llegamos, nos registramos e inmediatamente la internaron.

Los Parientes al pendiente

Nora le había comunicado a sus parientes que la ingresarían a las 8:00 AM. A esa hora ya estaba acomodada en uno de los amplios pabellones del Swiss Hospital. Una enfermera inició el procedimiento con preguntas preliminares sobre las alergias, medicamentos recientes, presión arterial, y todo eso. Luego llegó una nutrióloga que hizo la pregunta incómoda, “¿cuánto pesa?” La respuesta no le gustó y la invitó a tomar acción. Mi teléfono empezó a sonar, era mi suegra. Ocupado como estaba yo con los enfermeros, ignoré la llamada. Volvió a llamar e igual la volví a ignorar. Afuera del preparatorio sonó otro teléfono; mi suegra llamó a uno de mis hijos. Mi teléfono sonó nuevamente, ahora era una tía.

Llegó el anestesista y empezó con su propia rutina de preguntas. El se encargó de explicarle a mi esposa cómo sería todo y de los posibles malestares que tendría después de la intervención. “La vamos a hacer taquito, para evitar que tenga movimientos involuntarios durante la cirugía”, le dijo. También le indicó que sentiría dolor en sus brazos y espalda como si hubiera hecho mucho ejercicio. Le inmovilizarían también los brazos, halándolos hacia abajo para dejar el cuello lo más libre posible. Bueno, cerca de las 9:15 terminó el interrogatorio y los enfermeros se la llevaron en una camilla con ruedas. Me despedí desde lejos, aunque ella esperaba otro tipo de despedida. “¿Ni un besito me das?”, reclamó.

El Procedimiento explicado

Un mes antes de la cirugía Nora y yo fuimos a consultar al traumatólogo. Otro colega de el nos lo había recomendado después de analizar las posibilidades de reducir, con terapia electromagnética los dolores de ella. Él mismo nos explicó, usando un diagrama del cuerpo humano que resaltaba la columna vertebral con detalle. Allí observamos que Nora sufría una radiculopatía por una estenosis de las vértebras C6 y C7. Las vértebras cervicales estaban lastimando la médula.

“Yo puedo calmarle el dolor por medio de un método que utiliza pulsos de radiofrecuencia o por medio del bloqueo de los nervios simpáticos”, explicó el doctor de la Clínica del Dolor, como si pudiéramos entenderle. Luego, siendo sincero, aseguró que en el caso de mi esposa, eso solo ocultaría un problema que ya estaba en estado crónico. Nos recomendó consultar a un traumatólogo urgentemente.


Nora llegó primero que yo al Doctor’s Hospital East. Ya la habían pasado al consultorio de Manuel Sánchez Lugo. Mientras esperaba a que llegara el doctor, me llamó.

“¿Donde vienes?”

“Ya casi llegó”, le anuncié.

“Te va a gustar el consultorio del doctor”, dijo para que empezara a adivinar. Lo primero que pensé es que tenia colección de LEGOs, o algo así. Acerté.

Llegué. Después de pasar por la sanitización requerida, me indicaron dónde encontrar el consultorio: el piso 12.

Llegué, abrí la puerta. La recepcionista me señaló hacia otra puerta más adentro. Entré, ahí estaba Nora, sin embargo, lo primero que percibí fueron las enormes naves de LEGO, armadas y dispuestas a modo de exhibición sobre un librero. Un hermoso Discovery Space Shuttle, y la Apolo 11 Lander. Tuve un raro sentimiento de envidia, aún cuando yo, tengo el Saturn V rocket. Mi opinión es que es el mejor ser de LEGO.

Llegó el doctor. Es un muchacho de 37 años, bajo de estatura, panzoncillo, con una mirada y voz rítmica y pausada. Sus títulos y diplomas colgados en la pared. Una desktop de última generación de Apple y sobre su cabeza en la pared detrás de él, una pantalla de alta resolución. Después de hacer su obligada plática para crear rapport, analizó los estudios de imagen y nos mostró el problema. En efecto, había una complicación ya muy avanzada. La cirugía era inminente. Nos explicó.

“Es un proceso delicado, pero yo realizo la misma intervención casi a diario”. Nos sorprendió al informarnos que los pacientes han sido mayormente jóvenes desde los doce años. Lo adjudica al uso cada vez mas extendido del smartphone. “El problema es la postura y, desgraciadamente, los padres le damos smartphone a los niños desde muy pequeños “, se quejó.

“Aplicamos una anestesia total. Es importante que el paciente no se mueva ni siquiera un poco. Luego, hacemos una incisión en el cuello, por el frente”. A Nora y a mi nos sorprendió, pues pareciera mas sencillo y accessible por detrás. Él decía que, de esa forma, la cirugía se hacía muy invasiva y dolorosa la recuperación.

“Una vez abierta, yo palpo con mis dedos para identificar el esófago y el esternocleidomastoideo, los separo para abrirme paso y poder actuar”. Dijo que, para proteger el esófago, se aplica un congelante que le da mayor resistencia, y evita el peligro de daño accidental, “pero si sucede algo, allí mismo lo arreglamos”. ¡Ay qué miedo! Volteé a ver a Nora y parecía no importarle mucho. Era como si de entrada ya se hubiera puesto en manos del doctor, y principalmente de Dios y María Santísima.

Los Síntomas que ignoramos

Casi por cinco años estuvo sufriendo de un dolor agudo en el codo. Era un dolor que llegaba sin avisar y de vez en cuando. Con el paso del tiempo, se agudizó y se tornó en una molestia continua que le restaba fuerza para asirse o cargar cosas pesadas. En casa nos mofábamos de su persistente queja: “es que yo no puedo cargarlo, por mi brazo”.

Su médico de cabecera, el doctor Juan Martin, le recetaba para calmar el dolor. A veces funcionaba, pero otras veces no. Yo, como para todo, le echaba la culpa a la Stevia, ese sustituto de azúcar que tanto le gusta a mi esposa, y culpable -según yo que tengo título honorífico de especialista geriátrico-, también de su sobrepeso.

Como dije antes, todo parecía rutinario hasta que Nora empezó a batallar para acomodarse en la cama. Se ponía de un lado, luego del otro. Empezó a sufrir de adormecimiento de sus extremidades. Yo le decía que sin quererlo se dormía sobre ellas por eso se le entumecían. Así avanzó su incomodidad hasta que un mal día, ya solo podía dormir casi sentada. A falta de un buen sueño reparador, ella se quedaba dormida hasta mucho después de que yo había salido hacia el trabajo. Ni siquiera me sentía. Mucho tiempo estuvo alertándome de que algo le causaba ese problema. Yo solo le recomendaba que viera a un médico especialista, ella volvía con su doctor de cabecera. “Ya me recetó para el dolor”. Calmantes y desinflamatorios eran siempre el remedio. Un día simplemente me cansé de escucharla y verla batallar. Empecé a buscar un especialista yo mismo. Así fue que llegué a Manuel Sánchez.

Las horas de espera en el hospital

Las primeras tres horas no nos causaron preocupación. Una vez que Nora desapareció por la puerta del quirófano, mis hijos Mario, Adrián y yo salimos a almorzar. Adrián abrió el Waze y localizó un Vips. Caminamos siguiendo las indicaciones de la aplicación. Nunca lo encontramos. Descaminado el camino, vimos un tendajo de tacos, los llamados “matutinos”. Sin pensarlo más, en caliente nos dirigimos hacia allí. “Dos de barbacoa y dos de chicharrón”, pedí. Mis hijos hicieron lo mismo. El aire a la mitad del invierno aún soplaba muy frío. Cruzamos la calle hacia un Seven-Eleven por un café. Cuando regresamos, nos sentamos a la mesa de madera que tenían allí. El taquero estaba sirviéndonos. Otro hombre se acercó con sus tacos en la mano, dudando si sentarse a la mesa. Era un albañil que trabajaba en una construcción cercana. Adrián lo invitó. Se sentó a nuestro lado en silencio. Un silencio seguramente incómodo pues estaba deglutiendo sus tacos casi sin masticar. Iniciamos una conversación con él, para calmarlo. Eso le dio confianza y se inició una amena charla ocasional, sin sentido, solo amable. El hombre nunca nos regaló una mirada directa. Regresamos, la cirugía apenas llevaba una hora.

Nos quedamos en la sala de espera. Cada uno en su mundo virtual, otras veces charlando. A la sala llegó más gente, otras cirugías, quizá más peligrosas. De pronto los que esperaban parecían sollozar en silencio. Pasaron los minutos, luego las horas. El doctor Manuel había dicho que sería una cirugía de tres horas; pero nadie salía a informarnos nada. Me levanté y caminé hacia la recepción.

“Señorita, ¿sigue mi esposa en cirugía?

“Si señor. Aún no sale el doctor. Quizá se tarde una hora más y luego pasarán a la paciente a recuperación por un par de horas. Por favor regrese a la sala de espera”

Ya no podía estar allí más tiempo. Salí a caminar. Mario y su novia, que también llegó para estar al pendiente de la operación, me siguieron. Agarramos la Calzada San Pedro, cruzamos el Río Santa Catarina, llegamos a una maraña de caminos elevados y retornamos. Entramos de nuevo al hospital, ahora ya eran cuatro horas, y nada.

El resultado de la operación

Pasadas más de cuatro horas, el doctor Sánchez me encontró en la sala de espera. Había concluido la cirugía y quería darme los pormenores. Mandó llamar a su equipo y se reunieron en torno a él, en un pequeño despacho contiguo a la amplia sala: el anestesista y una cirujana plástica.

«Todo salió muy bien – me dijo-. Tuvimos complicaciones..” En ese momento recordé lo que había dicho que posiblemente podría dañar el esófago. Afortunadamente no era eso. “Las cervicales de su esposa estaban terriblemente deterioradas. Hubo necesidad de reconstruirlas. Es por eso que nos tardamos más de lo programado.”

Imagen después de la cirugía

Me explicó que habían tenido que elaborar una mezcla especial con hueso molido -de puerco- y un epoxy grado médico el cual usaron para reconstruir las vértebras dañadas. “Una vez que fraguó, ya pudimos colocar los implantes que harán la función de suspensión de ahora en adelante”

“¿Ella como está? – lo interrumpí.

«Pues más que bien. Ella sintió el alivio inmediatamente. Ahora que la hemos metido a recuperación se ha quedado dormida con sus brazos tirados por encima de su cabeza”

“¿En serio, doctor?¡Eso no podía hacerlo ayer!”

“Y cuando despierte se va a poner más contenta. Aquí la cirujana le hizo el favor de quitarle unas verrugas del cuello. (Algo que ella nos pidió de favor hacer antes de iniciar la operación).”

“Por supuesto, eso no lo reportarán, ¿cierto?”

“Pierda cuidado. Ya sabemos qué pasaría con los del seguro”. Me informó que la recuperación le tomaría un par de horas. Solo entonces la pasarían a su habitación. “Tiene tiempo de irse a comer por ahí” sugirió.

“Vamos a caminar a Galerías”, sugirió Adrián. O vamos al cine. Están dando Uncharted, dura casi dos horas.”

“Es buena idea, pero vámonos ya”

Llegamos al cine y entramos sin complicaciones. Nos sentamos a ver la película cómodamente.


Nora se recuperó bastante rápido y por lo mismo o cumplió las dos horas que el doctor había indicado. La trasladaron, casi unos minutos después de que nos fuimos de allí, a la habitación 210 que se le había asignado

“¿Como se siente madre?”, le preguntaba la enfermera.

Como pudo, Nora contestó que bien. “Le voy a llamar a sus familiares para que vengan a verla”, le anunció.

En la sala de espera se escuchó a la enfermera llamar

“Familiares de Nora Jiménez”, gritó una y dos veces más. Nadie atendió.

Cuando regresamos al hospital, me dirigí nuevamente con la recepcionista. Pregunté por la paciente del doctor Manuel Sánchez.

“Ya pasó a cuarto. La encontrará en el 210. Ya tiene más de una hora allí. ¿Donde andaba?” Ese reclamó no debiera venir de ella. La ignoré. Subí al 210.

La Recuperación

Adrián y yo fuimos los primeros que entramos. El hospital aún tenía medidas estrictas para prevenir el contagio de los internos y solo dejaban entrar a un familiar. Las medidas estrictas parecían ser celosamente practicadas únicamente por el guardia de recepción, porque cuando llegamos al cuarto, nadie nos detuvo.

Abrimos la puerta y vimos a Nora recostada, aún un poco adormilada pero consciente.

“¡Ay!¿Donde andaban? -se quejó- Ya tengo dos horas aquí sola.”

Le explicamos lo que habíamos hecho y las razones. Nunca nos perdonaría el haberla dejado sola y esa sería su queja preferida por varios días.

Como yo me quedaría con ella durante su convalecencia, empecé a familiarizar me con los aparatos que le rodeaban. Empecé por la cama. Era una Hil-Rom nada complicada de operar, de todas formas pullsé todos los botones para comprobar su funcionamiento. El otro aparato era un dosificador -que nunca usaron- y la inevitable percha del suero y medicamentos.

No es por nada, pero esas dos noches que fui su enfermero tuve que aguantarle sus chiflazones, por que eso eran: Que súbeme la cama, que ponme otra almohada, arréglame la venda, que dame agua, que acércame la mesa. ¡Pues si esa misma tarde ya andaba caminando!

Raul llegó al día siguiente con un ramo de rosas. El guardia no le permitió entrar. Raul se regresó al auto a dejar el ramo y luego llegó al 210. Platicó con su madre un buen rato, luego se fué.

Dicen que en la cama y en la cárcel se conoce a los amigos. Solo nosotros estuvimos con ella. Todos los amigos y demás familiares prefirieron el smartphone para estar al pendiente. Lo que no sabían es que a mi, no me gusta dar razones por teléfono.

Una Nueva Vida

Cuando el doctor llegó a darla de alta, le dijo que había ordenado unas imágenes para evaluar el resultado por segunda ocasión y que afortunadamente todo estaba bien. Dijo el galeno que no debía temer mover su cuello ya con libertad. Le dio las últimas recomendaciones: Que no se quitara el parche, que no cargara cosas pesadas por un par de semanas y que no manejara el auto por un mes.


Llegamos a casa. Ella parecía cuidarse de moverse mucho, volteaba con el cuerpo dejando su cuello inmóvil. Tenía temor aún.

Su teléfono sonaba a cada instante. Eran sus amigas y familiares que llamaban para saber cómo estaba. A cada uno de ellos les contaba toda la historia con detalle, desde sus primeras dolencias, la incredulidad de su familia, la incapacidad, la cirugía y hasta como se iría recuperando poco a poco. Es su forma de ser, parlanchina a detalle. Desde esos momentos, ya se apreciaba lo bien que estaba y que se sentía. Había dejado atrás su continua penitencia; ahora sólo le quedaba una cosa por hacer: recuperar la calidad de vida que había perdido.

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